jueves, 17 de febrero de 2011

Guardaespaldas emocional

Me despertó la agitación de su susurro ahogado. Mi guardaespaldas emocional le había denegado el acceso a mi mente. Se quedó totalmente atónito, nunca antes le habían prohibido el paso a ningún lado y menos a los sentimientos ajenos. Su tarjeta VIP esta vez no hizo click en el código de barra. Una cruz roja le recordó que el aire no es gratis cuando está dentro de los pulmones ajenos.
Mi sonrisa de autosuficiencia se terminó cuando vi sus ojos abarrotados de lágrimas falsas. Tuve que recordar quién era para que su capricho no se transformara en mi verdad. Ni su smoking, ni sus alpargatas, comprarían mi sueño esta vez. Y comencé con mi rezo privado de nuevo. Le pedí amablemente a mis ojos que se cerraran, a mis orejas que se apagaran, a mi mandíbula que se separara. Obligué a mis hombros a descender un piso, a mis brazos a pegarse al colchón, a mi torso a acostumbrarse al aire de mis pulmones. Le pedí a mi cadera que dejara de bailar, a mis piernas que no recordaran más los metros que habían caminado ese día. Y finalmente reté a mis dedos del pie, les pedí que reconciliaran el sueño, que por su culpa, el resto de nosotras no podíamos dormirnos.
Mi guardaespaldas emocional me sonrió, todavía con el brazo extendido para negarle el acceso a cualquier extraño que intentara invadir mi mente. Y aquel viejo conocido, el que volvió luego de encontrar la llave que le abrió la puerta del armario de madera, se dio media vuelta y se fue, con sus ojos explotados de frustración y sabiendo que, a veces, las historias malas, terminan en el basurero.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El hombre de mi biblioteca

Me encanta contar los dedos de tus pies mientras dormís. Me encanta ver que a tu pie derecho le falta uno, el chiquito, el que no sirve para nada.
Me revuelve el estómago de excitación el olor agridulce de tu transpiración impregnada en la sábana. Cada vez que te vas, me enredo en ellas hasta perder el equilibrio por culpa de tu olor.
Y resulta que no es tan fácil decirte adiós cada vez que te escapas por la puerta secreta de mi biblioteca. Esa palabra de despedida tan solo se puede dividir en dos respiros y son pocos los segundos en los que te veo desaparecer. Pensé en decirte un “hasta luego”, lo pensé porque me entran por lo menos tres suspiros, pero nunca sé cuándo será la próxima vez que te tenga. Y la desilusión siempre me resultó más infiel que la traición.
Son solo las tres de la mañana y yo espero que te abras paso entre los libros polutos. Siempre dije que mi biblioteca se gana su simpatía por la mezcla de ejemplares que recorren cada etapa de mi vida. Y aunque muchos se encuentren empolvando sus tapas, en cajas de cochera, cada fase emocional de mi existencia se ve representada por un ejemplar que me recuerda, que ser estúpida, romántica, necia u obsesiva, también es parte del vivir.
Y finalmente apareces, primero tu brazo, luego tu hombro y finalmente tu cabeza, entre la caja de recortes de diarios y una novela que recelosa espera ser leída. Antes que nada me sonreís. Me regalas la sonrisa más hermosa que tus ojos pueden llegar a dar. Me repetís lo que yo estaba pensando, porque es tu forma de demostrarme que vos si me llegaste a conocer, no del todo, no poquito, pero sabes que esperar de mi. Y finalmente salís entero, bah, sin tu dedo pequeño del pie derecho. Y te veo ahí parado, desnudo, con todas las letras todavía picándote la piel. Y mi respiración vuelve a su ritmo normal, a la agitación que te precede, y recuerdo, que cada vez que te sueño, volvés a estar tan cerca de mí como la realidad, y mi buen sentido, me lo permite.

martes, 15 de febrero de 2011

Ser pez


Soy de las personas que necesitan llenar los silencios. Salvo que el no decir pese más que las palabras. Salvo que, aunque me resulte difícil, no me queden más palabras. Y la angustia del callar sobre la angustia del no tener que decir, me omite, me anula, me suprime.
Siempre dije que no soy buena para las despedidas, pero soy aún peor para los atascos. La marea baja y ya no puedo flotar. No se me ocurre como flotar. Arrastrarse no está en mi adn. Quedarme inmóvil tampoco.
Y si el silencio se mezcla con la falta de movimiento estoy frita. Se me ocurre esa escena triste de un pez convirtiéndose en pescado. De sus últimos movimientos en la arena, sintiendo en la piel un ambiente que no le pertenece. Y el drama se convierte en un chiste malo para mi cabeza. La escena pasa de ser triste a patética. Y recuerdo que alguien me dijo que cuando uno se cuestiona su capacidad de ser feliz, lo mejor es recordar lo bueno y agradecer por ello. No importa a qué o quién, tan solo mirar para arriba (o para abajo) y agradecer. Salir del centro del eje y sentir como el resto sigue girando, aunque uno se crea el motor. Y saber que uno para pero el resto sigue dando vueltas. Y por más autoayuda que pueda sonar, por más cliché que encierren las metáforas absurdas, a veces las cosas son tan simples como mirar hacia adelante y buscar un punto que nos ayude a seguir caminando, sin arrastrarse, sin marearse, sin flotar, con los pies, paso a paso.

lunes, 14 de febrero de 2011

Sin Valentin

Nunca llego a San Valentín. Los amores de verano terminan cuando empieza febrero y los más duraderos nunca pasan de diciembre. Pero la fiesta de este santo nunca se me pasa por alto, aunque lo de ”San” signifique poco y nada para mí.
He aquí la duda. A qué bando pertenecer. Están los que ese día compran cajas de corazones, recitan poemas de los que vienen dentro de los chocolates de corazones y atacan las florerías con miedo de quedarse sin siquiera una margarita. Esos son los que están enamorados y tiene a quien agasajar con su sueldo de mitad de mes. 
También están los otros, ”la contra”, los que sin importar si su amor tiene destino o no, materializar sus sentimientos a partir de la plata les resulta absurdo. Son los que defienden su postura con frases como ”el día de los enamorados no existe, son todos los días” o ”esto es una mentira más del capitalismo para que gastemos en cosas absurdas y sin sentido”. 
Bien, nos queda el tercer grupo, el de los que ni recuerdan la fecha y el 14 de febrero es un día más como cualquier otro.
Del primer grupo me excluyo por razones obvias, salvo que me autoregale algún osito de peluche o un chocolate de esos que superan el tamaño de mi bolsillo.
El segundo grupo depende del estado de ánimo que tenga el día de la fecha. Aunque los corazones con inscripciones como ”te amo” o ”siempre estaré a tu lado” no combinan con la decoración de mi cuarto, tampoco me da la cara para comprarlo y pedir que lo envuelvan para regalo.
Y está el tercer grupo, el de ”no me acuerdo”, al cual es difícil pertenecer por que las publicidades en la calle, los clasificados especiales donde la gente se declara su amor en formato telegrama, y los pasacalles que chorrean sentimentalismo, no me dejan olvidarlo.
La cuestión es que en el día de San Valentin, para las solteras, solteronas y solteritas, la mejor opción es juntarse con amigas que estén en la misma situación. No importa si es sushi, empanadas o pizza. El elemento es la charla. Hace poco, una de mis amigas me envió uno de esos mails en cadena tan odiosos. Como en el asunto pedía que por favor lo leyéramos, y mi amiga no es de llenar la casilla con mails basura, acepté el trato. El mail era la desgrabación de una conferencia en la prestigiosa Universidad de Standford, ahí una disertante hablaba acerca de los beneficios de la amistad femenina: ”Pasar tiempo para las amigas nos ayuda a fabricar más serotonina, un neurotransmisor que ayuda a combatir la depresión y puede producir una sensación general de bienestar. Dedicarles tiempo es tan importante para nuestra salud como ir al gimnasio”.
Es por eso que la mejor opción para las ”soy sola”, no está en los primeros tres grupos. A lo sumo, nos regalaremos cajas de bombones con forma de corazón entre nosotras y, panza para arriba, disfrutaremos de uno de los amores más poderosos que existe, la amistad.

                                                    (Publicado el domingo 13 de febrero en el diario La Unión)

martes, 8 de febrero de 2011

Chapita

Ordenando la pila de ropa de mi silla giratoria, de un bolsillo, cayó la chapita de una lata. Quién sabrá la letra a la que corresponde. Es que todavía sigo jugando a recitar el abecedario mientras intentó que ese pedacito de aluminio se separe de la lata, justo, en el momento que yo quiero.
La bipolaridad es tanto cosa de la mente como de la atmosfera que te rodea. El cambio de un aire puro al vicio del humo, hace arder los ojos.
Todavía dudo, ¿cuándo fue la última vez que use ese jean? ¿A quién corresponde esa chapita? No es común que las guarde en el bolsillo trasero de lo que lleve puesto. Pero tampoco es común que recuerde el porqué de ese atesoramiento. 
Y la verdad es que no lo sé. La verdad es bastante bipolar también. Le gusta histeriquearse con la mentira y termino confundiendo cual es cual. A veces prefiero creer en la mentira, hundirme en ella es como querer nadar en un pileta de gelatina. Avanzas poco, pero que lindo es mantenerse suspendida en el aire, creyendo que todo lo que te rodea es verdad, y sin perderte en el fondo, donde los pies se apoyan en el piso y no hay forma de evitar la realidad. Pero otras veces prefiero nadar ahí, donde el río se junta con el mar y los remolinos están listos para hundirte, para que camines en el fondo o te lleve el primer colectivo de corriente que te deje bien.
Quizás, si lo pienso bien, preferiría saber a quién pertenece esa chapita, para ver si vale la pena o simplemente la tiro por la ventana, esperando que la próxima lluvia la oxide, y el viento, el mismo que entra por mi oído, borra la materia gris ineficaz y la vomita por el otro, haga su trabajo y convierta lo oxidado en polvo. 


lunes, 7 de febrero de 2011

Grises


Y el insomnio otra vez me traduce los pensamientos. El problema es creer en su sentido pero no saber interpretarlo. No es bueno tomar decisiones con la sensibilidad mensual. Los malos argumentos siempre vienen de la mano del dolor de ovarios.

¿Por qué la gente usa tu nombre entero cuando está enojada? Simplemente me hace temer a mi propia palabra y querer que se achique permanentemente, hasta en el documento.

Los ojos se hinchan por sueño, llanto y pocas ganas de ver. El problema de tener ojos chiquitos es que la hinchazón no deja que las retinas se impregnen de luz y todo se vuelve oscuro.

Los días de mares grises son eso, la mezcla de mucho negro y una pisca de blanco. Seguramente con la marea, el cambio de luna y el paso de la tormenta, el mar vuelva a su calma. Dejando de lado el negro, recobrando la serenidad del blanco y seduciendo de a poco con su verde. Y te volvés a ver los pies.

Y siempre pasa, los brazos dormidos vuelven a despertar, sabiendo que nunca fueron la bella durmiente. Las manos recobran su sentido táctil y las uñas quebradas comienzan a crecer. No es que siempre sea gris, es que hay que cambiar el lente de la cámara para saber de qué se vale la realidad.

martes, 1 de febrero de 2011

Joaquina


Joaquina no se llama así por “Un carrousel de niños”. Se llama así por su abuela, la abuela joaca o simplemente jo. A veces, Joaquina se sorprende cuando interpreta su inconsciente, cuando se da cuenta que está actuando en consecuencia de lo que, minutos antes escucho o vio. Y la debilidad la hace sentirse esponja, una estúpida y absorbente esponja.


A Joaquina le gustan los hombres pero admira la belleza de las mujeres. Por la calle, mira más culos femeninos que masculinos. La belleza de sus caras es otra cosa que la asombra. Sus ojos, la sinceridad oculta detrás de un dolor de vientre. Siempre pensó que las mujeres son más atractivas. Por naturaleza, o por que dios las creó así – todavía no decidió en que creer- la mujer, sin importar su edad, destila perfección. Se alegra de ser una.

A Joaquina los traumas de la vida no le impidieron seguir saltando al vacío. Los deportes extremos son su experiencia mental preferida, sobre todo hacer clavados en piletas vacías. Cree que la mejor forma de transitar los días es arriesgándose. Los arrepentimientos vienen después, y son parte del encanto. Y quien dice, quizás, algún día, no haga falta arrepentirse. Es que Joaquina tiene mucho de su abuela, y de sus tres divorcios, pero sigue creyendo que algún día la Susanita de adentro, mal que le pese, va a salir a flote.

Joaquina tiene entre 20 y 30 años, pero la ecuación que devela su edad tiene más restas que sumas. Joaquina tiene muchas edades. Una edad para comer, otra para pensar, otra para amar, otra para no crecer. Y le encanta ser la de múltiples edades, porque la edad solo denota lo que los demás piensan que quieren ver.

Joaquina no es ni abogada, ni contadora, ni filósofa, ni artista. Es tan solo ella, ella y sus 101 cursos de cómo aprender a controlar la atmósfera que la rodea. Es el curso de ajedrez seguido del de karate y las clases de salsa a 15 pesos los miércoles a la tarde.

Joaquina es alta para los chicos y baja para los hombres. Tiene la manía de colgar las medias de las perchitas con ganchito y guardar los libros en cajas, para sorprenderse al abrirlas, tiempo después.

Pero sobre todo, Joaquina es sensible a los síntomas ajenos. Le deprimen las fiestas de cumpleaños y adora el olor a hospital. Le da risa cuando la gente llora y se angustia con los berrinches de los niños en la calle. Josefina no tiene un lugar fijo donde vivir, a todos les falta algo y a la mayoría les sobra todo. Pero Joaquina es así, le gusta que los demás miren sus manos al caminar: una para la derecha, otra para la izquierda, movimiento de dedos y otra vez empezar. Es que a Joaquina, sin duda, le gusta que la atención se pose solo en ella.