Las propagandas más pegadizas son las de la radio...
"alfajor Grandote.... doble y triple saborrrr"
"Dale fútbol, quiero fútbol... pasión que nunca se a bandonaaa"
cada vez que escucho la radio, termino tarareando todo el día.
miércoles, 27 de agosto de 2008
lunes, 25 de agosto de 2008
Mirar hacia atrás...
Esto es algo viejo, tiene su tiempo ya, pero lo encontré en la contra tapa de la Guia T y me di cuenta de los cambios que vive uno a través de los diferentes momentos, diferentes etapas... y otra vez ese sentimiento de padre que mira orgulloso a su hijo mientras comete sus primeras travesuras. Mirar al pasado, a lo que dolió, pero ya pasó, a veces saca sonrisas de crecimiento.
Ni transitar las mismas calles
ni disipar las mismas nubes
ni correr entre los mismos atavios
Es el desamor el que corre por tus venas
saboreando la sangre y a amarga
Mi casa llena de calas
anticipan tu luto.
por una cabeza de acero
y un corazón de carne.
Ni transitar las mismas calles
ni disipar las mismas nubes
ni correr entre los mismos atavios
Es el desamor el que corre por tus venas
saboreando la sangre y a amarga
Mi casa llena de calas
anticipan tu luto.
por una cabeza de acero
y un corazón de carne.
Salta la cuerda...
Ella saltaba la cuerda con la inocencia de una niña pero no se daba cuenta del movimiento de sus pechos que se movían a des ritmo. Sacaba su lengua, teñida de rojo, por un chupetín que, ante la impaciencia infantil, había destrozado con los dientes. No era una lolita, eso estaba claro desde un principio, pero parecía querer seguir siéndolo. Sus casi veinte años estaban disfrazados bajo una pollera demasiado corta y unas medias cancán de lana.
Sin embargo, su felicidad parecía excitarla y aún más a los que la rodeaban. Nada la motivaba más que una soga sumbándole al oído. Nadie podía ganarle, eran años de experiencia, décadas de saltar la cuerda...
Mis ojos siguieron caminando, ya no se posaron más en su pantorrillas. Sabía que al día siguiente volvería a verla, no me preocupaba. Seguramente con un día más de vida, con un salto más de sus formas exageradas, cubiertas por un querer infantil que cada vez se apoderaba menos de ella.
Sin embargo, su felicidad parecía excitarla y aún más a los que la rodeaban. Nada la motivaba más que una soga sumbándole al oído. Nadie podía ganarle, eran años de experiencia, décadas de saltar la cuerda...
Mis ojos siguieron caminando, ya no se posaron más en su pantorrillas. Sabía que al día siguiente volvería a verla, no me preocupaba. Seguramente con un día más de vida, con un salto más de sus formas exageradas, cubiertas por un querer infantil que cada vez se apoderaba menos de ella.
lunes, 18 de agosto de 2008
Domingo de invierno
Penetré el bosque con tan solo unos pasos. Cerré los ojos mientras me acurrucaba contra un árbol y escuché al mar rodeándome. La tierra, escasa de pasto, mojó mis pies descalzos y humedeció mi vestido blanco.
Escuché pasos de charol y abrí tan solo un ojo. Una niña de trenzas largas perseguía a un conejo y con la torpeza característica de su edad, cayó al suelo tras tropezarse con una rama. Enojada, y con la cara enrojecida, se levantó y consiguió ubicar nuevamente a su presa, para salir corriendo detrás de él.
Volví a cerrar los ojos y recordé que cuando era niña quería ser carnicera. Me encantaba la perfección con la que la máquina cortaba la carne, pero odiaba su irritante chillido. También quise ser "juguetera" y "quiosquera"... quería ser tantas cosas... y soy tantas otras...
Cuando desperté de la siesta, mi perra roncaba a mi lado. Me acerqué a la casa y vi a los mismos cinco patos de siempre nadando en la pileta, ya convertida en un lago. Una voz me dijo: "no pises las margaritas" y sin querer me encontré haciéndolo. Es que el pasto estaba atestado de esos soles amarillos, tantos que hasta me producían asco, rencor por su honorable magnitud. Me agaché para cortar una y no pude. Un remordimiento me llevó a morderme el labio y encoger la mano, con el movimiento exactamente inverso que me había llevado a estirarla.
Abrí la puerta de vidrio y me sumergí en el embotellado aire caliente de domingo por la tarde y fútbol en la radio. Mi mamá tomaba mate mientras miraba, entre pausas de diario, hacia afuera. Los patos seguían ahí y la escena era tan poco obscena que hasta daba una especie de dulce e irritante ternura. Como la de los caramelos ácidos. Mi papá hablaba con la radio, sin respuesta alguna... "un medio de comunicación unilateral..." pensé yo, pero no hay caso... hace casi cien años que la radio está en el país y los argentinos no entendemos que nunca nos va a responder...
Me comí un vigilante, le robé el mate a mi mamá y sonreí, sumergida en una manta y con las últimas hojas de un libro entre mis manos. Mi cuerpo se inundó con ese gustito amargo de terminar algo que nos gusta y a la vez, esa sensación de realización de una obra terminada. Es que el lector también construye el libro mientras lo lee.
Se fueron las horas y el domingo comenzó a partir. El día terminó con anécdotas de niñez subidas en un auto que avanzaba a poco más de veinte, en una caravana de autos volviendo de un día de campo. Sin duda, no hay finales perfectos pero si encajables.
Escuché pasos de charol y abrí tan solo un ojo. Una niña de trenzas largas perseguía a un conejo y con la torpeza característica de su edad, cayó al suelo tras tropezarse con una rama. Enojada, y con la cara enrojecida, se levantó y consiguió ubicar nuevamente a su presa, para salir corriendo detrás de él.
Volví a cerrar los ojos y recordé que cuando era niña quería ser carnicera. Me encantaba la perfección con la que la máquina cortaba la carne, pero odiaba su irritante chillido. También quise ser "juguetera" y "quiosquera"... quería ser tantas cosas... y soy tantas otras...
Cuando desperté de la siesta, mi perra roncaba a mi lado. Me acerqué a la casa y vi a los mismos cinco patos de siempre nadando en la pileta, ya convertida en un lago. Una voz me dijo: "no pises las margaritas" y sin querer me encontré haciéndolo. Es que el pasto estaba atestado de esos soles amarillos, tantos que hasta me producían asco, rencor por su honorable magnitud. Me agaché para cortar una y no pude. Un remordimiento me llevó a morderme el labio y encoger la mano, con el movimiento exactamente inverso que me había llevado a estirarla.
Abrí la puerta de vidrio y me sumergí en el embotellado aire caliente de domingo por la tarde y fútbol en la radio. Mi mamá tomaba mate mientras miraba, entre pausas de diario, hacia afuera. Los patos seguían ahí y la escena era tan poco obscena que hasta daba una especie de dulce e irritante ternura. Como la de los caramelos ácidos. Mi papá hablaba con la radio, sin respuesta alguna... "un medio de comunicación unilateral..." pensé yo, pero no hay caso... hace casi cien años que la radio está en el país y los argentinos no entendemos que nunca nos va a responder...
Me comí un vigilante, le robé el mate a mi mamá y sonreí, sumergida en una manta y con las últimas hojas de un libro entre mis manos. Mi cuerpo se inundó con ese gustito amargo de terminar algo que nos gusta y a la vez, esa sensación de realización de una obra terminada. Es que el lector también construye el libro mientras lo lee.
Se fueron las horas y el domingo comenzó a partir. El día terminó con anécdotas de niñez subidas en un auto que avanzaba a poco más de veinte, en una caravana de autos volviendo de un día de campo. Sin duda, no hay finales perfectos pero si encajables.
viernes, 15 de agosto de 2008
Para eso está
"Hay mira! ella pone foto en el perfil"
Y si, para que te ponen una ventanita con la inscripción "suba su foto"...
Parece que es mas cool no ponerla.
¿Seré demasiado flogger?
Sic
esa es la cuestión.
Y si, para que te ponen una ventanita con la inscripción "suba su foto"...
Parece que es mas cool no ponerla.
¿Seré demasiado flogger?
Sic
esa es la cuestión.
Casi casi como en Centroamérica
"Que horror, estamos rodeados de asesinatos, ya nos parecemos a Colombia"
Le dijo una señora a su marido en el subte,
cuando ojeaba "La razón".
Faltan los 22° promedio señora.
jueves, 14 de agosto de 2008
A los tambores
Salí de la Facultad y caminé rumbo al Parque Centenario, como de costumbre, como cada jueves.
A mitad de camino, el redoble de unos tambores me erotizó la piel. Hace mucho que no escuchaba a unos tambores sonar con tanta sensualidad. Me perdí... dejé de lado mi camino cotidiano y me encaminé hacia la penumbra erizante del parque. Llegué hasta su lago y con la poca luz de unos faroles lejanos, tan lejanos como la luna, que iluminaba aún más, los vi. Eran más negros que la tierra, más brillantes que el agua... Sus pupilas se posaron en mi, pero la música nunca paró. Mi cadera automática se despegó del tedioso caminar para moverse a un ritmo desconocido.
No duró mucho, no creo que haya pasado el minuto... Pararon para descansar y yo desaparecí con el doble de rapidez con la que había llegado.
Tomé el 15 y volví rumbo a mi casa.
Pero los pelos de la nuca segían tan erizados, tan erotizados... bailando al ritmo de esos tambores que todavía laten en mi dolor de cabeza.
A mitad de camino, el redoble de unos tambores me erotizó la piel. Hace mucho que no escuchaba a unos tambores sonar con tanta sensualidad. Me perdí... dejé de lado mi camino cotidiano y me encaminé hacia la penumbra erizante del parque. Llegué hasta su lago y con la poca luz de unos faroles lejanos, tan lejanos como la luna, que iluminaba aún más, los vi. Eran más negros que la tierra, más brillantes que el agua... Sus pupilas se posaron en mi, pero la música nunca paró. Mi cadera automática se despegó del tedioso caminar para moverse a un ritmo desconocido.
No duró mucho, no creo que haya pasado el minuto... Pararon para descansar y yo desaparecí con el doble de rapidez con la que había llegado.
Tomé el 15 y volví rumbo a mi casa.
Pero los pelos de la nuca segían tan erizados, tan erotizados... bailando al ritmo de esos tambores que todavía laten en mi dolor de cabeza.
martes, 12 de agosto de 2008
Vestido rojo

Deseoso por tener ese vestido rojo entre sus manos, entrecerró los ojos y suspiró como la pava al hervir el agua. Ssssssss. No pudo hacer otra cosa. Las caderas se le marcaban y su ropa interior tendía a desaparecer mientras retrocedía.
No quiso mirarla a la cara, tenía miedo de perderse en la locura y no volver nunca más. Por vistazo sabía que era morocha y que los labios acompañaban a su vestido. Era del largo perfecto. Era la perfección. Por encima de las rodillas, por debajo de la mitad del muslo. La imaginación estaba salvada.
Ella se sentó tan solo un asiento más adelante y al correrse el pelo hacia un costado, dejó ver su hombro acaramelado. Sus palpitaciones aumentaban pero parecían estar por detenerse en cualquier momento. Resultaba ofensivo respirar cerca de ella, pero respirar el mismo aire era una adicción que no podía controlar.
Sin ese vestido rojo, nada hubiese sido igual. Seguramente no la hubiese mirado, ni notado su existencia. Era como una gota de sangre en un mar oscuro, triste, recién desenterrado.
No sabía su edad, ni le interesaba. Podía tener doce y ser una exquisita lolita o cincuenta y ser la mujer más exuberantemente madura y hermosa que alguna vez haya visto.
Ella notó la presencia de una mirada a boca abierta e inclinó la cabeza hacia un lado, queriendo observar el dueño de aquella energía. Pero él, negado a saber la verdad, cerro los ojos con fuerza, como queriendo cegarse. Incómoda, avergonzada por los ojos que no querían mirarla, pero sin saber el por qué, se paró y marchó hacia la otra punta de la sala. La función estaba por comenzar y las luces se apagaron en su camino. El no pudo ver donde se sentaba, ni la encontró cuando las luces volvieron a encenderse. Repudiándose por su actitud, marchó lento hacia su casa, como tratando de olvidar esa espalda que lo había cautivado, seguramente, de por vida.
No volvió a verla, pero la seda de ese vestido quedó grabada a la perfección en su mente. Cada noche, cada luna nublada, creía sentir ese vestido rojo rozarlo, Pero al abrir los ojos, solo encontraba a la misma mujer de siempre, con un baby doll que su mujer se obstinaba en llamar colorado.
No quiso mirarla a la cara, tenía miedo de perderse en la locura y no volver nunca más. Por vistazo sabía que era morocha y que los labios acompañaban a su vestido. Era del largo perfecto. Era la perfección. Por encima de las rodillas, por debajo de la mitad del muslo. La imaginación estaba salvada.
Ella se sentó tan solo un asiento más adelante y al correrse el pelo hacia un costado, dejó ver su hombro acaramelado. Sus palpitaciones aumentaban pero parecían estar por detenerse en cualquier momento. Resultaba ofensivo respirar cerca de ella, pero respirar el mismo aire era una adicción que no podía controlar.
Sin ese vestido rojo, nada hubiese sido igual. Seguramente no la hubiese mirado, ni notado su existencia. Era como una gota de sangre en un mar oscuro, triste, recién desenterrado.
No sabía su edad, ni le interesaba. Podía tener doce y ser una exquisita lolita o cincuenta y ser la mujer más exuberantemente madura y hermosa que alguna vez haya visto.
Ella notó la presencia de una mirada a boca abierta e inclinó la cabeza hacia un lado, queriendo observar el dueño de aquella energía. Pero él, negado a saber la verdad, cerro los ojos con fuerza, como queriendo cegarse. Incómoda, avergonzada por los ojos que no querían mirarla, pero sin saber el por qué, se paró y marchó hacia la otra punta de la sala. La función estaba por comenzar y las luces se apagaron en su camino. El no pudo ver donde se sentaba, ni la encontró cuando las luces volvieron a encenderse. Repudiándose por su actitud, marchó lento hacia su casa, como tratando de olvidar esa espalda que lo había cautivado, seguramente, de por vida.
No volvió a verla, pero la seda de ese vestido quedó grabada a la perfección en su mente. Cada noche, cada luna nublada, creía sentir ese vestido rojo rozarlo, Pero al abrir los ojos, solo encontraba a la misma mujer de siempre, con un baby doll que su mujer se obstinaba en llamar colorado.
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