viernes, 19 de diciembre de 2008
Pelirroja

Sandwich de palta, queso y tomate. En la cartera, recalentándose bajo un sol de 31 grados.
Los pasos de tacos amarillos resuenan en las calles del centro, calles llenas, pero resuenan igual. Su vestido, demasiado largo para algunos, luce intacto, se mueve exactamente como en las propagandas y sus rulos artificialmente colorados hacen juego con la cadenita que lleva al cuello.
Mira para ver si la ven, y cuando ninguna mirada se le cruza, los tobillos se le llenan de inseguridad.
Pasa por la puerta del juzgado a ver si consigue un novio, pero las vistas clavadas en pilas de expedientes no suben ni siquiera por el reflejo del sol en su piel de cama solar.
Creer es su fuerte, que se cumpla es otra cosa. Aún con sus treinta hace bastante cumplidos, espera que el príncipe azul llegue en su caballo blanco, o en su defecto en el fitito verde, para rescatarla de la monotonía del centro.
Quizás, cuando sea grande... pero ya lo es y su mente no lo entiende.
Quizás, solo quizás, cuando sea aún más grande, se anime a la minifalda roja que cuelga de su placard.
Pero lo que tiene de pelirroja lo tiene de miedosa. Y aunque se muestre segura, son tantas las fobias que la enredan que es mejor esconderlas.
La pelirroja llega al banco y hace la cola como todos, no son tantos sus encantos como para que la dejen pasar. Media hora después, entra y cobra el cheque. Se encamina a la plaza, y en un banco de cemento, saca el sandwich, el agua que ya está para té y se dispone a almorzar.
jueves, 18 de diciembre de 2008
PRETENDO
Ayer, un papel me dijo que soy periodista. A coro varias voces me gritaron: "vos ya eras periodista".
Si, los papeles no dicen nada pero a la vez, algo dicen.
Ahora pretendo escribir, producir, jugar con la máquina de escribir, editar y que mi mamá recorte aún más pedacitos de diario con mi nombre en ellos.
Pretendo ser parte del "paraperiodismo" y viajar por el mundo dibujando letras que conformen oraciones "perfectamente incorrectas". Pretendo que los temas ordinarios y tribiales me pisen los talones para salir a su caza, como en una pileta de pejerreyes cosechados.
Quiero que los anteojos me dejen marcas en la nariz por los seños fruncidos y que los dedos tengan callos de computación.
Pero sobre todo pretendo que escribir siempre sea parte de mi vida y que nunca se me agoten las ideas... Da terror el agotamiento de ideas, cosa que cada vez veo más en el periodismo argentino y mundial.
Pretendo ponerme un casquito de guerra y salir a relatar esos conflictos que tanto detesto, para algún día, con las palabras, poder detenerlos.
Pretendo y pretendo tantas cosas que me dan miedo no cumplir.... pero sin embargo prefiero pretender a no hacer nada... que la silla cómoda de mi escritorio no se acostumbre a mi culo, ni mi culo a ella.
Me dijeron que cada cierre te saca cinco minutos de vida, como cada pucho siete. La mayor causa de muerte en los periodistas son los paros cardíacos y el estress. Pero que más da, ¿vivir poco pero haciendo lo que a uno le gusta? ¿o vivir mucho, sentado en una silla mecedora mirando hacia la nada?
Pretendo pretender por el resto de mi vida, porque el periodismo me adoptó, pero yo lo había hecho antes.
Si, los papeles no dicen nada pero a la vez, algo dicen.
Ahora pretendo escribir, producir, jugar con la máquina de escribir, editar y que mi mamá recorte aún más pedacitos de diario con mi nombre en ellos.
Pretendo ser parte del "paraperiodismo" y viajar por el mundo dibujando letras que conformen oraciones "perfectamente incorrectas". Pretendo que los temas ordinarios y tribiales me pisen los talones para salir a su caza, como en una pileta de pejerreyes cosechados.
Quiero que los anteojos me dejen marcas en la nariz por los seños fruncidos y que los dedos tengan callos de computación.
Pero sobre todo pretendo que escribir siempre sea parte de mi vida y que nunca se me agoten las ideas... Da terror el agotamiento de ideas, cosa que cada vez veo más en el periodismo argentino y mundial.
Pretendo ponerme un casquito de guerra y salir a relatar esos conflictos que tanto detesto, para algún día, con las palabras, poder detenerlos.
Pretendo y pretendo tantas cosas que me dan miedo no cumplir.... pero sin embargo prefiero pretender a no hacer nada... que la silla cómoda de mi escritorio no se acostumbre a mi culo, ni mi culo a ella.
Me dijeron que cada cierre te saca cinco minutos de vida, como cada pucho siete. La mayor causa de muerte en los periodistas son los paros cardíacos y el estress. Pero que más da, ¿vivir poco pero haciendo lo que a uno le gusta? ¿o vivir mucho, sentado en una silla mecedora mirando hacia la nada?
Pretendo pretender por el resto de mi vida, porque el periodismo me adoptó, pero yo lo había hecho antes.
martes, 16 de diciembre de 2008
Peluquería
Todo gran cambio, o gran cierre, debe conllevar un buen corte de pelo. Es así, es nuestra forma barata y sin cirugía de exteriorizar un cambio profundo e interno. Sin ser esto superficial, la superficialidad pasa por otro lado, el ser humano siempre buscó y buscará, demostrar lo que lleva adentro. Algunos con nicks enigmáticos en msn, otros cantándolo a los cuatro vientos, y yo, si esta vez yo, con una visita a mi peluquero.
El día comenzó con un llamado sencillo: "por fa! haceme un huequito entre dos turnos". Imposible negarse ante mis voz ronca, recién levantada y todavía afónica por los nervios de la noche anterior. Un corte para periodista, un corte nuevo, un cambio que no implique raparme pero que implique... algo.
Marché con ojotas seguras y pies torcidos hasta la nueva peluquería de mi coiffeur por excelencia.
- Quiero flequillo
- Está bien pero si te lo alizás...
- ¿Te parece?
- Te obligo.
Minutos después, una cabeza de pelo cortito quedó aún más despoblada.
- Parezco un pinipon
- No! te quedó divino - que más me va a decir, el lo hizo.
Tras humos asfixiantes que terminaron por alizar mi fleco, marche, con colita puesta (odio el pelo recién salido de peluquería), rumbo al trabajo. Lo que suele llevarme por lo menos un día de "acostumbramiento" iba a durar media hora de subte.
Como toda mujer, y como la mayoría de los hombres, me reflejé en cada vidrio, busqué cada espejo y me escondí bajo los anteojos Sofia Laureen de mamá, por si alguien me reconocía.
En el vagón de la línea D no habían espejitos de ocho centímetros a los costados de las puertas y puteé al encontrar las ventanas bajas. El viento me volaba el pelo y no había reflejo a la vista.
"No te podés obsesionar, es un corte de pelo nada más, crece enseguida", me repetía, pero seguía buscando esa imagen ególatra.
Terminé por calmarme en la línea C, cuando encontré los pedacitos de vidrio que me reflejaban y al entrar a la redacción, donde no tuve un desaprobamiento generalizado.
Ahora lo vivo, el flequillo no me lo puedo lavar hasta mañana a la tarde (la belleza duele y ensucia) y el resto tiene olorcito a crema inglesa "que sale ochenta pesos", como me dijo Cristian, mi peluquero.
No se si exterioricé mi cambio o mi cierre se exteriorizó sin permiso, tampoco me importa. Son las ganas de explotar, a veces de felicidad otras por el futuro incierto que vendrá, las que me pueden más.
- Tenemos un cierre complicado...
No me importa, pido gancho, miro por la ventana y la bombacha roja de alguien se vuela y cae desde el piso cuatro.
Algo cambió, y aunque el resto siga todo igual, igual que ayer, yo ya me siento distinta... peluquería de por medio, los cambios también se proyectan.
El día comenzó con un llamado sencillo: "por fa! haceme un huequito entre dos turnos". Imposible negarse ante mis voz ronca, recién levantada y todavía afónica por los nervios de la noche anterior. Un corte para periodista, un corte nuevo, un cambio que no implique raparme pero que implique... algo.
Marché con ojotas seguras y pies torcidos hasta la nueva peluquería de mi coiffeur por excelencia.
- Quiero flequillo
- Está bien pero si te lo alizás...
- ¿Te parece?
- Te obligo.
Minutos después, una cabeza de pelo cortito quedó aún más despoblada.
- Parezco un pinipon
- No! te quedó divino - que más me va a decir, el lo hizo.
Tras humos asfixiantes que terminaron por alizar mi fleco, marche, con colita puesta (odio el pelo recién salido de peluquería), rumbo al trabajo. Lo que suele llevarme por lo menos un día de "acostumbramiento" iba a durar media hora de subte.
Como toda mujer, y como la mayoría de los hombres, me reflejé en cada vidrio, busqué cada espejo y me escondí bajo los anteojos Sofia Laureen de mamá, por si alguien me reconocía.
En el vagón de la línea D no habían espejitos de ocho centímetros a los costados de las puertas y puteé al encontrar las ventanas bajas. El viento me volaba el pelo y no había reflejo a la vista.
"No te podés obsesionar, es un corte de pelo nada más, crece enseguida", me repetía, pero seguía buscando esa imagen ególatra.
Terminé por calmarme en la línea C, cuando encontré los pedacitos de vidrio que me reflejaban y al entrar a la redacción, donde no tuve un desaprobamiento generalizado.
Ahora lo vivo, el flequillo no me lo puedo lavar hasta mañana a la tarde (la belleza duele y ensucia) y el resto tiene olorcito a crema inglesa "que sale ochenta pesos", como me dijo Cristian, mi peluquero.
No se si exterioricé mi cambio o mi cierre se exteriorizó sin permiso, tampoco me importa. Son las ganas de explotar, a veces de felicidad otras por el futuro incierto que vendrá, las que me pueden más.
- Tenemos un cierre complicado...
No me importa, pido gancho, miro por la ventana y la bombacha roja de alguien se vuela y cae desde el piso cuatro.
Algo cambió, y aunque el resto siga todo igual, igual que ayer, yo ya me siento distinta... peluquería de por medio, los cambios también se proyectan.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Golpe energético
Es fácil, directo en la nuca. Un golpe seco, sin eco que lo arruine. De ahí en más empezás a caminar, como robot con ruedas recién aceitadas.
Es aún más fácil si el golpe te abre los ojos. Como un "golpe energético". Una descarga de tres mil voltios que electrifica tu sangre. Una mordida de cachete o una cahetada en la boca.
Como cuando te das cuenta de la cagada que te mandaste y sostenes el aire por un rato, pero positivamente.
Un golpe, de los que te echan a andar. De los que te hacen sonreír tanto que se te retuerce la mueca ante un calambre no doloroso.
Es fácil, directo en la nuca. y la muñeca no llora, ríe, y sus pestañas no se enredan, se separan.
Es aún más fácil, con solo decirte que el golpe es sorpresa, tal vez, ya lo estés esperando.
Es aún más fácil si el golpe te abre los ojos. Como un "golpe energético". Una descarga de tres mil voltios que electrifica tu sangre. Una mordida de cachete o una cahetada en la boca.
Como cuando te das cuenta de la cagada que te mandaste y sostenes el aire por un rato, pero positivamente.
Un golpe, de los que te echan a andar. De los que te hacen sonreír tanto que se te retuerce la mueca ante un calambre no doloroso.
Es fácil, directo en la nuca. y la muñeca no llora, ríe, y sus pestañas no se enredan, se separan.
Es aún más fácil, con solo decirte que el golpe es sorpresa, tal vez, ya lo estés esperando.
jueves, 11 de diciembre de 2008
Crecer
Será que me cuestan los finales...
Si, debe ser eso porque otra explicación no encuentro.
Terminar una etapa es cerrar una ventana y asfixiarse un poquito con el aire viciado del cuarto. Pero también se puede elegir estar del otro lado, haber salido antes por la puerta y mirar la caja desde afuera.
Cruzarse de sendero también es válido, porque sin intersecciones no habrían dudas, y sin dudas el aburrimiento terminaría tiñéndonos la piel de un azul pálido.
El brujo me dijo que pasaría fin de año cerca del mar. Tal vez se retrase un poco, como todo lo que suele decirme el brujo, pero también me avisó que los cierres duelen. De felicidad, de tristeza, melancolía o estupidez pero duelen. Y también definen. Es gente que vas a dejar de ver y otra que guardás para el resto de tu vida. Son recuerdos para borrar y otros para escribir.
Pero lo más importante es lo aprendido. Pestañeo tratando de borrar de mi cabeza mis ridiculeces, pero sin ellas no hubiese sido yo.
En estos últimos años aprendí a no esconderme, a ser quien soy. Y al que no le gusta que de vuelta la cara! pero que antes me lo cuente, a ver si a mi tampoco me agrada.
Crecer, cambiar, modificar, retroceder y achicarse... Todo es parte del juego que es la vida.
Pero lo más importante es jugar. Mover el dedo gordo para probar la temperatura del agua, es haber intentado el chapusón, y si después vino, aun mejor.
Si, debe ser eso porque otra explicación no encuentro.
Terminar una etapa es cerrar una ventana y asfixiarse un poquito con el aire viciado del cuarto. Pero también se puede elegir estar del otro lado, haber salido antes por la puerta y mirar la caja desde afuera.
Cruzarse de sendero también es válido, porque sin intersecciones no habrían dudas, y sin dudas el aburrimiento terminaría tiñéndonos la piel de un azul pálido.
El brujo me dijo que pasaría fin de año cerca del mar. Tal vez se retrase un poco, como todo lo que suele decirme el brujo, pero también me avisó que los cierres duelen. De felicidad, de tristeza, melancolía o estupidez pero duelen. Y también definen. Es gente que vas a dejar de ver y otra que guardás para el resto de tu vida. Son recuerdos para borrar y otros para escribir.
Pero lo más importante es lo aprendido. Pestañeo tratando de borrar de mi cabeza mis ridiculeces, pero sin ellas no hubiese sido yo.
En estos últimos años aprendí a no esconderme, a ser quien soy. Y al que no le gusta que de vuelta la cara! pero que antes me lo cuente, a ver si a mi tampoco me agrada.
Crecer, cambiar, modificar, retroceder y achicarse... Todo es parte del juego que es la vida.
Pero lo más importante es jugar. Mover el dedo gordo para probar la temperatura del agua, es haber intentado el chapusón, y si después vino, aun mejor.
Papelitos de la calle. Hoy: DIOS te habla por celular
Dios quiere hablarte
enviá DIOS al 1010
recibí SU MENSAJE diario en tu celular.
Si crees en mi, te daré todo lo que me pidas...
Yo te doy tranquilidad y sólo Yo te doy confianza...
Yo deseo que tú seas prosperado...
¿Te vas a perder esta bendición?
Valor del mensaje diario: $0.50 + imp
consultas a dios1010@gmail.com
Si hubiese sabido antes que DIOS tiene celular y casilla en gmail no me hubiese gastado rezando.
enviá DIOS al 1010
recibí SU MENSAJE diario en tu celular.
Si crees en mi, te daré todo lo que me pidas...
Yo te doy tranquilidad y sólo Yo te doy confianza...
Yo deseo que tú seas prosperado...
¿Te vas a perder esta bendición?
Valor del mensaje diario: $0.50 + imp
consultas a dios1010@gmail.com
Si hubiese sabido antes que DIOS tiene celular y casilla en gmail no me hubiese gastado rezando.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Delirio VIII
Y sin saber que la perdí, la pierdo. E n una estación de tren larga y fina, con guantes de hule recojo boletos de personas sin historia. La canción se me repite, rodando en mi cabeza, con infinita pobreza, me pierdo en una letra condensada de clichés.
Nunca quise ser tuya, pero en el juego de palabras me trastabille y dos mil veces en celo terminé siendo yo la que te persiguió. Ahora me río, con carcajada real, frente a recuerdos olvidados, ahorcados por mis fantasías.
Como mago que ve a su conejo suicidarse, colgándose de un pañuelo rojo, no se como sería esta nada sin vos. Tal vez más blanca, menos sumisa. Los carteles no indicarían lugares , los preguntarían con la libertad de no saber a quien corresponder. Pero mis manos, mis manos enfundados en guantes de hule, se sentirían solas, sin piel que rozar y sin puños que apretar.
Nunca quise ser tuya, pero en el juego de palabras me trastabille y dos mil veces en celo terminé siendo yo la que te persiguió. Ahora me río, con carcajada real, frente a recuerdos olvidados, ahorcados por mis fantasías.
Como mago que ve a su conejo suicidarse, colgándose de un pañuelo rojo, no se como sería esta nada sin vos. Tal vez más blanca, menos sumisa. Los carteles no indicarían lugares , los preguntarían con la libertad de no saber a quien corresponder. Pero mis manos, mis manos enfundados en guantes de hule, se sentirían solas, sin piel que rozar y sin puños que apretar.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Candela
Candela es así. Le gusta mezclar el pucho con el café y después meterse rápido un beldent sin azúcar en la boca. A Candela, canela para su mamá, le gusta el olor a nafta y repelente de mosquitos Off, no otro, solo Off.
Dice que está muy bien sola pero estaría mejor acompañada. Toca tres veces por semana el saxofón y juega a la rayuela cuando nadie la ve.
Cande, Candelaria cuando su papá se pone nervioso y confunde su nombre, se para en la puerta de ingeniería al 2200 en búsqueda de un candidato, como le enseñó su mamá, y se da el gusto a cuatro ojos.
Pero al ratito se aburre de tanto cuaderno cuadriculado y marcha rumbo a plaza Francia para apoyar la cabeza en las piernas de Mateo, mientras el junta algunas monedas tocando la guitarra. A Candela le gustaría vivir así, con un pastito apretado entre los dientes y rascándose el cachete izquierdo de la cola porque las pulguitas de pasto la picaron toda.
Cande hace dieta unas seis veces al año y otras seis la deja. Quiere estar flaca pero la comida es su único placer diario. A veces se pasa el día "desintoxicándose" solo con agua para entregarse a medianoche al cuarto de helado de dulce de leche con brownie y mascarpone, con una sonrisa que le toca la punta de la nariz.
Candela es una chica normal. Estudia ciencias políticas en la UBA y siente esa picazón cuando camina por los pasillos de la facultad y ve tantos hippies intelectuales a los cuales les tiraría de las rastas. Ella quiere mucho de la vida, sabe que se propone más de lo que puede y que el balance de fin de año siempre le da negativo. Pero así es feliz. Piensa que mientras más cosas haga menos le quedará por hacer.
Cande duerme en boxer y remera vieja, de esa que alguna vez le regalaron por contestar una encuesta. Cuando se levanta toma Redoxon y se baja por lo menos tres platos de zucaritas, de las que tiene azúcar escarchada, con leche descremada, por las dudas.
y así es Candela, una chica del 2000, que le gusta hablar hasta por los codos pero le da vergüenza enfrentarse al futuro. Quizás el año que viene retome sus clase de teatro o tal vez pruebe con aikido. Con Candela nunca se sabe, es más, es mejor no saberlo.
Dice que está muy bien sola pero estaría mejor acompañada. Toca tres veces por semana el saxofón y juega a la rayuela cuando nadie la ve.
Cande, Candelaria cuando su papá se pone nervioso y confunde su nombre, se para en la puerta de ingeniería al 2200 en búsqueda de un candidato, como le enseñó su mamá, y se da el gusto a cuatro ojos.
Pero al ratito se aburre de tanto cuaderno cuadriculado y marcha rumbo a plaza Francia para apoyar la cabeza en las piernas de Mateo, mientras el junta algunas monedas tocando la guitarra. A Candela le gustaría vivir así, con un pastito apretado entre los dientes y rascándose el cachete izquierdo de la cola porque las pulguitas de pasto la picaron toda.
Cande hace dieta unas seis veces al año y otras seis la deja. Quiere estar flaca pero la comida es su único placer diario. A veces se pasa el día "desintoxicándose" solo con agua para entregarse a medianoche al cuarto de helado de dulce de leche con brownie y mascarpone, con una sonrisa que le toca la punta de la nariz.
Candela es una chica normal. Estudia ciencias políticas en la UBA y siente esa picazón cuando camina por los pasillos de la facultad y ve tantos hippies intelectuales a los cuales les tiraría de las rastas. Ella quiere mucho de la vida, sabe que se propone más de lo que puede y que el balance de fin de año siempre le da negativo. Pero así es feliz. Piensa que mientras más cosas haga menos le quedará por hacer.
Cande duerme en boxer y remera vieja, de esa que alguna vez le regalaron por contestar una encuesta. Cuando se levanta toma Redoxon y se baja por lo menos tres platos de zucaritas, de las que tiene azúcar escarchada, con leche descremada, por las dudas.
y así es Candela, una chica del 2000, que le gusta hablar hasta por los codos pero le da vergüenza enfrentarse al futuro. Quizás el año que viene retome sus clase de teatro o tal vez pruebe con aikido. Con Candela nunca se sabe, es más, es mejor no saberlo.
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