Cajas de navidad empresarial, llenas de culpa por la falta de fiestas de fin de año, copan la ciudad. Papa noeles de todos los colores transpiran las camisetas de los shoppings y en una madrugada que siente la calle, unas chicas de vestidos Ona Saens y zapatos Ricky Sarkany llaman grasas a otras, de pollera de jean de cuarenta centímetros, estrapless rojo y gorrito de papa noel con luces de colores. Al fin y al cabo van a terminar bailando en la misma fiesta, compartiendo los mismos hombres y moviendo el culo al ritmo de la misma canción.
La mayoría cree en sus padres que traen regalo y no en el nacimiento de alguien al que nunca llegaron a conocer por que lo crucificaron a destiempo. Comidas hipercalóricas que no acompañan el clima y garapiñada con más azúcar que garra. Las cajas que nadie entiende por que llaman canastas (canasta básica, canasta que queda más coqueta, canasta que tiene nombre más festivo) se van vaciando y el cartón sirve para el asado del veinticinco al mediodía casi tarde.
Por fin ya pasó la navidad. Natividad de quien sabe qué. Hallmark pasará "Cuentos de Navidad, el musical" por una cuantas horas más y después todo estará destinado a pensar que el año, 365 días más negros que blancos (deducido por encuesta general de espíritus desinflados) por fin está por terminar.
jueves, 25 de diciembre de 2008
martes, 23 de diciembre de 2008
Adicciones
Estoy a punto de agarrar Sinfonía para Ana, cuando otra mano me detiene. "No lo hagas, después no podés ni abrir los ojos". Y con un que me importa de hombro borracho y dos manos estiradas que tiemblan al son de la cortina metálica del baño, lo tomo igual. Veo su tapa, la mujer desnuda que se estira, paso los dedos entre sus hojas y con afán de leerlo, pero ganas de dejarlo, lo acuesto abierto, encima de la cama, justo donde la hoja suelta manchada de café me indica una lágrima.
Tomo el teléfono y la llamo, para que tras un ¿Cómo estás? haya un bien tembloroso, lleno de mocos y ganas de parar. Juro que me voy a poner mejor, que es solo una etapa, que la temporalidad esta vez va a ser mi amiga y puteo por lo bajo por que mi psicóloga me cambió el día de la sesión. Después rió a carcajadas pensando en la adicción que me provoca el psicoanálisis y mi libro de cabecera para llorar y al fin y al cabo me digo: "por lo menos no son el whisky y el porro".
Tomo el teléfono y la llamo, para que tras un ¿Cómo estás? haya un bien tembloroso, lleno de mocos y ganas de parar. Juro que me voy a poner mejor, que es solo una etapa, que la temporalidad esta vez va a ser mi amiga y puteo por lo bajo por que mi psicóloga me cambió el día de la sesión. Después rió a carcajadas pensando en la adicción que me provoca el psicoanálisis y mi libro de cabecera para llorar y al fin y al cabo me digo: "por lo menos no son el whisky y el porro".
lunes, 22 de diciembre de 2008
Todo Pasa
No me gusta como sabe, es como esos remedios amargos que en el momento los odias pero con el tiempo te hacen bien. Como cuando te dan una inyección y enseguida te agarra fiebre.
No, no me gusta ni quiero que pase, aunque se que me va a hacer mejor...
Ahora voy a empezar a contar los días que faltan, o los que sobran, y mis ojos se van a clavar en agujas ficticias, que giran sin tiempo. No encuentro música apropiada para este baile, ni cadenas que chillen, todas están bien aceitadas y listas para encarcelar.
Pero es el ciclo, es la vida, cualquiera de esas estúpidas metáforas que la gente utiliza para decir que todo va a pasar, que nada es permanente, y que con el tiempo uno termina burlándose de todo aquello que lo supo preocupar.
Sin embargo en el momento es horrible, y nadie te entiende y nadie sufre, ríe, llora, como uno, pero pasa, sabe que pasa.
Aunque sepa a remedio sublingual, o a mondongo rancio.
Aunque las raíces no se quieran separar de la tierra, ni las hojas caer...
pasa, como decía la Negra Sosa, todo pasa
No, no me gusta ni quiero que pase, aunque se que me va a hacer mejor...
Ahora voy a empezar a contar los días que faltan, o los que sobran, y mis ojos se van a clavar en agujas ficticias, que giran sin tiempo. No encuentro música apropiada para este baile, ni cadenas que chillen, todas están bien aceitadas y listas para encarcelar.
Pero es el ciclo, es la vida, cualquiera de esas estúpidas metáforas que la gente utiliza para decir que todo va a pasar, que nada es permanente, y que con el tiempo uno termina burlándose de todo aquello que lo supo preocupar.
Sin embargo en el momento es horrible, y nadie te entiende y nadie sufre, ríe, llora, como uno, pero pasa, sabe que pasa.
Aunque sepa a remedio sublingual, o a mondongo rancio.
Aunque las raíces no se quieran separar de la tierra, ni las hojas caer...
pasa, como decía la Negra Sosa, todo pasa
domingo, 21 de diciembre de 2008
Callejero
La noche te encontró en una esquina, botella de agua en mano por un calor enfermante, y escuchando ecos de una conversación que era tuya pero ya había dejado de serlo. Un perro callejero se te acerco, parte de su pelaje había desaparecido por una sarna fulminante, y ante las ganas de acobijarlo, se sentó a una distancia prudente, no queriendo contagiarte.
Te paraste de un salto y comenzaste a caminar. El te siguió a la distancia, como cuidando tu espalda de esos miedos que te apuntaban con un dedo. Tu vestido era demasiado corto y rezaste para que nadie se diera cuenta. Eran por lo menos las cinco cuando la llave entró en la puerta de tu departamento y tu nuevo amigo te miró con ojos de incondicional amor. Se te rasguñó el corazón. No podías dejarlo pasar... fueron segundos de intenso dolor en alguna parte de tu cuerpo, donde seguramente está el alma. Cerraste y no volviste a mirar hacia atrás. Seguramente el iba a estar ahí, esperando tu arrepentimiento que nunca llegó, o si, pero el comfort volvió a ganarte.
Por lo menos te había acompañado hasta la puerta de tu casa, no todos los hacen.
Te paraste de un salto y comenzaste a caminar. El te siguió a la distancia, como cuidando tu espalda de esos miedos que te apuntaban con un dedo. Tu vestido era demasiado corto y rezaste para que nadie se diera cuenta. Eran por lo menos las cinco cuando la llave entró en la puerta de tu departamento y tu nuevo amigo te miró con ojos de incondicional amor. Se te rasguñó el corazón. No podías dejarlo pasar... fueron segundos de intenso dolor en alguna parte de tu cuerpo, donde seguramente está el alma. Cerraste y no volviste a mirar hacia atrás. Seguramente el iba a estar ahí, esperando tu arrepentimiento que nunca llegó, o si, pero el comfort volvió a ganarte.
Por lo menos te había acompañado hasta la puerta de tu casa, no todos los hacen.
sábado, 20 de diciembre de 2008
viernes, 19 de diciembre de 2008
dejar ser
Si decís puto significa otra cosa. ¿Prostituto tal vez? No, tampoco. Gígolo lo deja bien parado y no es la idea. Esta sociedad machista que venera a los hombres con muchas mujeres y denigra a las mujeres con muchos hombres... por suerte algo está cambiando pero no lo suficiente. Son las miradas lanzadas, los bocas semi abiertas de sorpresa y las cejas levantadas que crucifican. Si en un boliche o un bar una pareja se pone demasiado fogosa, la culpa es de ella, la atrevida es ella, la que queda mal es ella.
No! los que quedan mal son los que miran! con ojos acusadores, y envida plena en la punta del líbido. Quien quisiera, quien pudiera sentir esa libertad de mandar el contexto a la mierda y hacer lo que uno quiera! dejar de sentirse sexy para serlo!
Para algo se habló de la liberación sexual, por algo existe el libre albedrío, aunque sea ficticiamente controlado.
Ser y dejar de ser, pero sobre todo, dejar ser.
No! los que quedan mal son los que miran! con ojos acusadores, y envida plena en la punta del líbido. Quien quisiera, quien pudiera sentir esa libertad de mandar el contexto a la mierda y hacer lo que uno quiera! dejar de sentirse sexy para serlo!
Para algo se habló de la liberación sexual, por algo existe el libre albedrío, aunque sea ficticiamente controlado.
Ser y dejar de ser, pero sobre todo, dejar ser.
Pelirroja

Sandwich de palta, queso y tomate. En la cartera, recalentándose bajo un sol de 31 grados.
Los pasos de tacos amarillos resuenan en las calles del centro, calles llenas, pero resuenan igual. Su vestido, demasiado largo para algunos, luce intacto, se mueve exactamente como en las propagandas y sus rulos artificialmente colorados hacen juego con la cadenita que lleva al cuello.
Mira para ver si la ven, y cuando ninguna mirada se le cruza, los tobillos se le llenan de inseguridad.
Pasa por la puerta del juzgado a ver si consigue un novio, pero las vistas clavadas en pilas de expedientes no suben ni siquiera por el reflejo del sol en su piel de cama solar.
Creer es su fuerte, que se cumpla es otra cosa. Aún con sus treinta hace bastante cumplidos, espera que el príncipe azul llegue en su caballo blanco, o en su defecto en el fitito verde, para rescatarla de la monotonía del centro.
Quizás, cuando sea grande... pero ya lo es y su mente no lo entiende.
Quizás, solo quizás, cuando sea aún más grande, se anime a la minifalda roja que cuelga de su placard.
Pero lo que tiene de pelirroja lo tiene de miedosa. Y aunque se muestre segura, son tantas las fobias que la enredan que es mejor esconderlas.
La pelirroja llega al banco y hace la cola como todos, no son tantos sus encantos como para que la dejen pasar. Media hora después, entra y cobra el cheque. Se encamina a la plaza, y en un banco de cemento, saca el sandwich, el agua que ya está para té y se dispone a almorzar.
jueves, 18 de diciembre de 2008
PRETENDO
Ayer, un papel me dijo que soy periodista. A coro varias voces me gritaron: "vos ya eras periodista".
Si, los papeles no dicen nada pero a la vez, algo dicen.
Ahora pretendo escribir, producir, jugar con la máquina de escribir, editar y que mi mamá recorte aún más pedacitos de diario con mi nombre en ellos.
Pretendo ser parte del "paraperiodismo" y viajar por el mundo dibujando letras que conformen oraciones "perfectamente incorrectas". Pretendo que los temas ordinarios y tribiales me pisen los talones para salir a su caza, como en una pileta de pejerreyes cosechados.
Quiero que los anteojos me dejen marcas en la nariz por los seños fruncidos y que los dedos tengan callos de computación.
Pero sobre todo pretendo que escribir siempre sea parte de mi vida y que nunca se me agoten las ideas... Da terror el agotamiento de ideas, cosa que cada vez veo más en el periodismo argentino y mundial.
Pretendo ponerme un casquito de guerra y salir a relatar esos conflictos que tanto detesto, para algún día, con las palabras, poder detenerlos.
Pretendo y pretendo tantas cosas que me dan miedo no cumplir.... pero sin embargo prefiero pretender a no hacer nada... que la silla cómoda de mi escritorio no se acostumbre a mi culo, ni mi culo a ella.
Me dijeron que cada cierre te saca cinco minutos de vida, como cada pucho siete. La mayor causa de muerte en los periodistas son los paros cardíacos y el estress. Pero que más da, ¿vivir poco pero haciendo lo que a uno le gusta? ¿o vivir mucho, sentado en una silla mecedora mirando hacia la nada?
Pretendo pretender por el resto de mi vida, porque el periodismo me adoptó, pero yo lo había hecho antes.
Si, los papeles no dicen nada pero a la vez, algo dicen.
Ahora pretendo escribir, producir, jugar con la máquina de escribir, editar y que mi mamá recorte aún más pedacitos de diario con mi nombre en ellos.
Pretendo ser parte del "paraperiodismo" y viajar por el mundo dibujando letras que conformen oraciones "perfectamente incorrectas". Pretendo que los temas ordinarios y tribiales me pisen los talones para salir a su caza, como en una pileta de pejerreyes cosechados.
Quiero que los anteojos me dejen marcas en la nariz por los seños fruncidos y que los dedos tengan callos de computación.
Pero sobre todo pretendo que escribir siempre sea parte de mi vida y que nunca se me agoten las ideas... Da terror el agotamiento de ideas, cosa que cada vez veo más en el periodismo argentino y mundial.
Pretendo ponerme un casquito de guerra y salir a relatar esos conflictos que tanto detesto, para algún día, con las palabras, poder detenerlos.
Pretendo y pretendo tantas cosas que me dan miedo no cumplir.... pero sin embargo prefiero pretender a no hacer nada... que la silla cómoda de mi escritorio no se acostumbre a mi culo, ni mi culo a ella.
Me dijeron que cada cierre te saca cinco minutos de vida, como cada pucho siete. La mayor causa de muerte en los periodistas son los paros cardíacos y el estress. Pero que más da, ¿vivir poco pero haciendo lo que a uno le gusta? ¿o vivir mucho, sentado en una silla mecedora mirando hacia la nada?
Pretendo pretender por el resto de mi vida, porque el periodismo me adoptó, pero yo lo había hecho antes.
martes, 16 de diciembre de 2008
Peluquería
Todo gran cambio, o gran cierre, debe conllevar un buen corte de pelo. Es así, es nuestra forma barata y sin cirugía de exteriorizar un cambio profundo e interno. Sin ser esto superficial, la superficialidad pasa por otro lado, el ser humano siempre buscó y buscará, demostrar lo que lleva adentro. Algunos con nicks enigmáticos en msn, otros cantándolo a los cuatro vientos, y yo, si esta vez yo, con una visita a mi peluquero.
El día comenzó con un llamado sencillo: "por fa! haceme un huequito entre dos turnos". Imposible negarse ante mis voz ronca, recién levantada y todavía afónica por los nervios de la noche anterior. Un corte para periodista, un corte nuevo, un cambio que no implique raparme pero que implique... algo.
Marché con ojotas seguras y pies torcidos hasta la nueva peluquería de mi coiffeur por excelencia.
- Quiero flequillo
- Está bien pero si te lo alizás...
- ¿Te parece?
- Te obligo.
Minutos después, una cabeza de pelo cortito quedó aún más despoblada.
- Parezco un pinipon
- No! te quedó divino - que más me va a decir, el lo hizo.
Tras humos asfixiantes que terminaron por alizar mi fleco, marche, con colita puesta (odio el pelo recién salido de peluquería), rumbo al trabajo. Lo que suele llevarme por lo menos un día de "acostumbramiento" iba a durar media hora de subte.
Como toda mujer, y como la mayoría de los hombres, me reflejé en cada vidrio, busqué cada espejo y me escondí bajo los anteojos Sofia Laureen de mamá, por si alguien me reconocía.
En el vagón de la línea D no habían espejitos de ocho centímetros a los costados de las puertas y puteé al encontrar las ventanas bajas. El viento me volaba el pelo y no había reflejo a la vista.
"No te podés obsesionar, es un corte de pelo nada más, crece enseguida", me repetía, pero seguía buscando esa imagen ególatra.
Terminé por calmarme en la línea C, cuando encontré los pedacitos de vidrio que me reflejaban y al entrar a la redacción, donde no tuve un desaprobamiento generalizado.
Ahora lo vivo, el flequillo no me lo puedo lavar hasta mañana a la tarde (la belleza duele y ensucia) y el resto tiene olorcito a crema inglesa "que sale ochenta pesos", como me dijo Cristian, mi peluquero.
No se si exterioricé mi cambio o mi cierre se exteriorizó sin permiso, tampoco me importa. Son las ganas de explotar, a veces de felicidad otras por el futuro incierto que vendrá, las que me pueden más.
- Tenemos un cierre complicado...
No me importa, pido gancho, miro por la ventana y la bombacha roja de alguien se vuela y cae desde el piso cuatro.
Algo cambió, y aunque el resto siga todo igual, igual que ayer, yo ya me siento distinta... peluquería de por medio, los cambios también se proyectan.
El día comenzó con un llamado sencillo: "por fa! haceme un huequito entre dos turnos". Imposible negarse ante mis voz ronca, recién levantada y todavía afónica por los nervios de la noche anterior. Un corte para periodista, un corte nuevo, un cambio que no implique raparme pero que implique... algo.
Marché con ojotas seguras y pies torcidos hasta la nueva peluquería de mi coiffeur por excelencia.
- Quiero flequillo
- Está bien pero si te lo alizás...
- ¿Te parece?
- Te obligo.
Minutos después, una cabeza de pelo cortito quedó aún más despoblada.
- Parezco un pinipon
- No! te quedó divino - que más me va a decir, el lo hizo.
Tras humos asfixiantes que terminaron por alizar mi fleco, marche, con colita puesta (odio el pelo recién salido de peluquería), rumbo al trabajo. Lo que suele llevarme por lo menos un día de "acostumbramiento" iba a durar media hora de subte.
Como toda mujer, y como la mayoría de los hombres, me reflejé en cada vidrio, busqué cada espejo y me escondí bajo los anteojos Sofia Laureen de mamá, por si alguien me reconocía.
En el vagón de la línea D no habían espejitos de ocho centímetros a los costados de las puertas y puteé al encontrar las ventanas bajas. El viento me volaba el pelo y no había reflejo a la vista.
"No te podés obsesionar, es un corte de pelo nada más, crece enseguida", me repetía, pero seguía buscando esa imagen ególatra.
Terminé por calmarme en la línea C, cuando encontré los pedacitos de vidrio que me reflejaban y al entrar a la redacción, donde no tuve un desaprobamiento generalizado.
Ahora lo vivo, el flequillo no me lo puedo lavar hasta mañana a la tarde (la belleza duele y ensucia) y el resto tiene olorcito a crema inglesa "que sale ochenta pesos", como me dijo Cristian, mi peluquero.
No se si exterioricé mi cambio o mi cierre se exteriorizó sin permiso, tampoco me importa. Son las ganas de explotar, a veces de felicidad otras por el futuro incierto que vendrá, las que me pueden más.
- Tenemos un cierre complicado...
No me importa, pido gancho, miro por la ventana y la bombacha roja de alguien se vuela y cae desde el piso cuatro.
Algo cambió, y aunque el resto siga todo igual, igual que ayer, yo ya me siento distinta... peluquería de por medio, los cambios también se proyectan.
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