lunes, 20 de junio de 2011

Prontos, listos, ya

Un juego de palabras en twitter llevó a una búsqueda inocente en google. Y de ahí a saber que esa frase infantil era un libro. “Prontos, listos, ya” de Inés Bortagaray. Enseguida, el capricho literario quiso tenerlo, mail madiante a mi prima, iba a ser un envío desde las tierras orientales.
Pero esta mañana el razonamiento irracional de una mente con problemas, me despertó temprano. Salí rumbo a Libertad, en busca de los complementos necesarios para preparar a Renata para su próximo viaje. Y la calle corrientes me recibió con la Hernández abierta. Fue sencillo, bastó preguntar y el libro que parecía inexistente en las librerías porteñas apareció como arte de magia. Al principio, mezcla de desilusión y dedos demasiados largos en búsqueda de un tomo cuantificado que me acompañara en los bares madrileños, la mueca de “es demasiado pequeño” apareció en mi cara. Agregándole que la letra era por lo menos un +16, me di cuenta que no me acompañaría más que un par de horas en algún café barrial. Y ahí partí, con una bolsa demasiado grande para tan pocas páginas.
El libro no me desilusionó. Una mezcla extraña de estar leyendo mi infancia y saber que el final agridulce de un comienzo se acercaba. Fueron las palabras, las sensaciones exactas que me hicieron leer lo vivido. Y después todo volvió. Como siempre, la vida real vuelve cuando la última página se termina. Y esa angustia de último sueño, de final despierto, de semiinconsciencia interrumpida. 
Los libros son como mi sonambulismo, cuando los disfruto, cuando los siento, me despierto con la impresión de haber creado un mundo paralelo donde digo lo que pienso y hasta yo desconozco. 


  
 

domingo, 19 de junio de 2011

No soy tu flor



"Sos como una flor, mi flor”, me dijiste mientras revolvías tu café frío. Por lo menos no una natural, pensé. Tal vez una de plástico o una marchita. Pero las tetas no me las hice y arrugas no tengo, así que mejor no soy una flor. Soy una persona. Si, eso creo ser, una persona. Por lo menos cuando me pincho me duele.

El otro día leí en una Cosmo vieja de consultorio que la sensibilidad de la piel se corresponde con la del alma. No, prefiero no creerlo, sino mi alma estaría llena de cicatrices y moretones de cajones amorosos puestos en lugares incorrectos y puertas cerradas en dedos de sentimientos. Me niego rotundamente a que mi sensibilidad sea tan superficial como mi piel. 

De fondo sigo escuchando el chamuyo del típico "cuantas minas que tengo" y completo mentalmente tus oraciones de libretita de bolsillo. Ese "te quiero a vos, bichito de luz" ya no va. Bichito de quien, si soy un bicho en todo caso seré un bicho mío, de propiedad física e intelectual, y no sé si elegiría exactamente una luciérnaga, viven poco, las suelen atrapar en frasquitos de mermeladas y su muerte más común suele ser la asfixia. Ese "Yo te quiero a vos" que me repetís con una sonrisa de oreja a oreja mientras seguís mirando tu café ahora vacío, es tan falso como tus planteos filosóficos sobre la vida. Hiciste fondo blanco con lo que te quedaba en la taza. Hubiese querido leerte la borra del café pasa saber de una vez por todas que va a pasar.

A ese “te quiero” ya lo escuché miles de veces y creo que solo una de diez fue verdad. Por qué no mejor haces una lista de las cosas que odias de mí y me las gritas mientras nos tomamos un helado. Por lo menos así nos vamos a divertir los dos. Y sí, estoy segura de no ser una flor. Te lo prometo. Creo haberlo comprobado. Tal vez en otra vida.

Tus regalos son siempre incorrectos. Que los bombones tengan relleno de licor me da asco, y si vienen en caja con forma de corazón, peor. Prefiero que me regales la entrada para ir a ver a Silvio Rodríguez que bastante cara está, aun pagándola en cuotas.

Abrís el paquete de Mogul por el lado de los verdes. Te pasaste media hora frente al estante del kiosco tratando de elegir el que tenía menos naranjitas, mientras yo te esperaba paciente. Te metes uno a la boca y con la lengua le sacas primero el azúcar para luego morderlo. No los comes todos, guardas algunos para después de la cena y ni siquiera me ofreces el que menos te gusta.

Tal vez me hubiese convenido ser, no como una flor, pero algo parecido. Un grano de polen en la nariz de un alérgico o un pétalo disecado entre las hojas de un libro, algo que te moleste lo suficiente como para que te dignes a levantar tu mirada y dirigírmela, por lo menos por un segundo. Pero ya está, soy esto. Ahora a vivirlo. No como una flor, pero por lo menos como lo que soy, una persona que en algún momento debe tomar sus propias decisiones, no leyendo tu borra del café, ni esperando a que levantes la mirada, sino eligiendo su propio camino.

(Publicado en el Diario La Unión el 19 de junio de 2011)

domingo, 12 de junio de 2011

Quereme redondita

Me compré un jogging. Salió caro, pero espero que mi coditis aguda funcione de incentivo para empezar el gimnasio. No hay momento del año para “comenzar a cuidarse”, pero siempre me pasa lo mismo: me acuerdo a esta altura, en septiembre llego al “peso ideal” y un mes después empieza la temporada de helado. Y todo de vuelta. El bikini no encaja, el talle aumenta y el esfuerzo se vio ocultado bajo la polera de lana que no nunca dice nada.

La culpable de todo, además de mi misma, son las calzas. Si, las calzas y su elástico de pantalones para embarazada. Y cuando llega el momento de ponerse el jean, el botón no llega al ojal o, luego de tirarte y retorcerte cual pescado fuera del agua, el resultado son dos redonditos flota flota que acompañan la cintura con un glamour que hay que saber llevar.

Viandita light, omisión de galletitas en el trabajo, mirar para otro lado en las tortas de cumpleaños, los dos permitidos para el fin de semana y unas ganas tremendas de nadar en una pileta de panqueques de dulce de leche con bochitas de crema americana.

Pero no nos vamos a volver locas. Los rollitos a veces pueden ser amigables y sirven para apoyar las manos cuando una está cansada.

“Las gordas” de Botero es una prueba artística de lo sexy que pueden ser esos gramos de más. Como siempre, “es solo cuestión de actitud”. Por que no hay nada mejor que tener una buena cadera y un gran culo para mover. Saber llevar las curvas es un arte que se aprende con el paso del tiempo, y con las caídas del tiempo.

Y al final, me tomo dos termos de mate para evitar las galletitas de la redacción y a los flotadores se le suma una hinchazón digna de panza de cervecero. Y la promesa de salir a caminar tres veces por semana, hasta que el cierre logre llegar a su lugar, queda hundida bajo la frazada de la siesta.

La última vez que quise empezar el gimnasio, hace un mes, se cortó la luz en todo el barrio. Si esa no fue una señal de apoyo a mis queridos rollitos, que quieren seguir estando en su lugar, no sé que fue. En ese momento decidí creer en el destino.

Pero la verdadera cuestión es “quererse” redondita. Y acá le damos un pisotón al título. Porque nadie te va a aceptar si no te aceptás vos primero. Recordemos que los beneficios que su cadera le dio a Shakira. O el tan famoso (y es cierto, me lo han dicho) “me gusta tener de donde agarrar”. Amigarse con los rollitos es como llegar a la paz mundial: no importa que otros problemas surjan (y acá una voz en off grita “¡Piel de naranja!” forma coqueta de llamar a la celulitis) una vez que entendemos que llegaron para quedarse, la amistad es irreprochable. Bienvenidos, y ojala, el próximo verano cuando me toque estrenar la pileta sigan ahí, y me ayuden a flotar, en una y elegante planchita.

(Publicado en el Diario La Unión el 12 de junio de 2011)

lunes, 6 de junio de 2011

Cómo contratar un novio


Los domingos, después de leer el diario y antes de sumergirme en el maravilloso mundo de Cuevana.tv, suelo leer las notas “info tontas” de los portales web. Y fue exactamente hace una semana que, sin querer queriendo, leí “Cómo casarse con el hombre de tus sueños”. La nota no era más que un resumen refrito de un libro de autoayuda. Es así que mientras me comía media docena de churros sin culpa decidí analizar punto por punto.

1. Cada mujer debe pensar en qué atributos “realistas” quiere encontrar en un hombre.
Dale, vamos a cada cita con la listita hecha. Músculos si, pero no tanto. Inteligente y que le guste el fútbol pero en dosis pequeñas. Que sea sensible pero no metrosexual. Que se banque a mis amigas, que rompa con los estereotipos, y así podría seguir por horas… Seamos realistas pero en serio, hay que ceder: las pancitas de cerveza cuando se las mira con amor son tiernas y esta bueno que se tome un fin de semana entero para ir a la cancha. Cuando se le pone un poco de voluntad, la lista se va armando a medida que la relación se va formando.

2. No abalanzarse y hacerse ilusiones sólo porque nos parezca atractivo. Dice que el hombre ideal existe, pero es uno entre cien.
Es verdad que el hombre ideal es uno entre cien (yo diría entre miles) y es verdad que abalanzarse, y sobre todo hacerse ilusiones, no nos sirve para nada, pero soy de las que les gusta el riesgo. Y aunque mi suelo dármela contra la pared aún cuando hay cientos de señales al costado del camino, prefiero estamparme la ñata contra el ladrillo.

3La mujer debe estar siempre preparada para abordar una conversación de manera memorable, no pidiendo la hora o hablando del clima.
Ok. No más “¿Tenes hora?” o “¿Me darías fuego?”. Descartemos el chamuyo barato que a nosotras tampoco nos gustan. Estoy a favor de “romper el hielo” (o mejor dicho derretirlo), pero seamos realistas (de nuevo) la mayoría de los hombres huyen despavoridos cuando los intentás levantar.

4. Lo más importante es que la mujer se dedique a escuchar sin interrumpir. Aquellas que hablan demasiado no interesan a los hombres.
Ah no. No señora y no señor. Yo hablo, hablo mucho y el que me quiere que me escuche. Obvio que también escucho, pero tiene que ser 50, 50. Hablás vos, pregunto yo. Hablo yo, preguntás vos. Así es la cosa.

5. La llave de su corazón es balancear los halagos con las críticas.
¿Llave del corazón? ¡Alguien sáquele a esta mujer las poemas que vienen en el chocolate! Quien alguna vez haya estado enamorada sabe que cuando el bichito te picó es difícil que él tenga algo malo. Pero con el tiempo, la pata sobre la mesa empieza a molestar y el eructo deja de ser un chiste. Es cuestión de aceptar y ser aceptada.

6. La perseverancia es la clave para encontrar al hombre ideal, sólo hay que saber enfocar la búsqueda.
¡Odio la perseverancia! Digamos no a la perseverancia y si a las salidas con amigas, quizás en medio de un boliche aparece tu sapo azul y le podes contar a tus nietos, “a tu abuelo lo conocí en un baile”.

(Publicado en el Diario La Unión el domingo 5 de junio de 2011)

lunes, 30 de mayo de 2011

Mis primeros amores (II)

57 libros. Cuatro personas. El baúl del auto se asemejaba más a una mudanza que a un viaje en familia. Cualquiera hubiese pensado que el objetivo era no hablarse durante todo el viaje. Cualquiera no hubiese entendido la adicción a la literatura que tiene mi familia.

Corría el primer mes del 2003. El destino era el sur. Cruzar la Pampa argentina para llegar a la Patagonia. Tres semanas y un auto con tanque de gas que amenazaba con pararse en cualquier carretera. 11, 13, 12, 11. Esa era la distribución de libros. Cada uno tenía los suyos. Sus gustos, sus ideas, pero cada uno había pispiado los libros de los otros, por si se queda sin material de carretera.

Desde Tolstoi hasta Ángeles Mastretta. La mezcla en ese baúl hubiese hecho vomitar a cualquier literato conservador. Rayuela, de Julio Cortázar, fue el primero en caer en mis manos. Recorriendo sus capítulos de forma tradicional, lo literalmente deboré durante los primeros días en Monte Hermoso. Mi miedo era que su gran volumen no me dejara seguir adelante con mi lista de libros. Si, los libros de mi caja tenían un orden particular: un libro “serio”, alguna novela más “liviana” para descansar, un clásico, alguna crónica periodística y así. Recuerdo como la violencia de La naranja mecánica, de Anthony Burgees, me golpeó con fuerza y me maravilló.

Y luego llegaron ellas, que me acompañan hasta el día de hoy, cuando alguna venita emocional está a punto de explotar y solo sus palabras me hacen entender que el sufrimiento, el amor y la obsesión, son eso, circunstancias pasajeras que uno hace durar según el largo del tiempo que le quiera dar a sus sufrimientos.
Llegaron Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik en medio de un viaje que poco tenían que ver con ellas. Pero lo oportuno del tiempo lo crea uno. Y aunque los gritos de las playas de Las Grutas se alejaban bastante del mar de Alfonsina y del mundo obsesivo de Alejandra, cada palabra resonaba en mi vacío interno.

Una vez un amigo hizo la cuenta de todos los libros que tendría que leer por semana para cumplir con la “lista universal de recomendados”. Algo así como siete, sin importar la cantidad de hojas. Recuerdo que esa frase me retumbaba, mientras pensaba que yo solo había llevado 13 para tres semanas. Pero luego, cayendo en la tranquilidad de la confianza, recordé que lo importante no era la cantidad sino lo que cada uno de ellos me da.

Y hoy, que con duras penas llego a leer tres por mes, y el estante de “libros no leídos” sigue en aumento (en poco tiempo van a estacionar en doble fila)… hoy, que el trabajo y la profesión me recuerdan que las siestas de los fines de semana a veces son tan importantes como las páginas por leer, pienso: que lo bueno de mis primeros amores, es que siguen en mi cuarto, cada uno en su lugar, recordándome que puedo volver a ellos, sin el rechazo lógico hacia una ex arrepentida, y siendo recibida con las hojas abiertas, sin importar cuándo, dónde y porqué, alguna vez tuvimos ese primer amor.


(Publicada en la contratapa del Diario La Unión el domingo 29 de mayo de 2010)

lunes, 23 de mayo de 2011

Mis primeros amores (I)


De chiquita, cuando mi mamá me anunciaba que íbamos al Parque Centenario a cambiar libros, me angustiaba. Por dentro me debatía entre la idea de tener nuevas páginas usadas por leer y el horror de no poder concretar mi sueño: de viejita juntaría todos los libros que alguna vez leídos e inauguraría una biblioteca pública. Si, lo sé, era una nena extraña.
Con el tiempo, y solo con el tiempo, aprendí que hay libros que es mejor no guardarlos. Aún me sigue costando cambiar libros, es más, creo que los únicos libros que vendí en los últimos 15 años son los manuales de matématica, física o química (los de historia y geografía los sigo teniendo). Es verdad, mi biblioteca no es impoluta, está lleno de clichés y alguna vez las novelas rosa poblaron sus estantes. Pero lo que intento decir( y no porque me haya quedado sin material amoroso, de eso tengo para rato) es que lo libros son una parte importante de mi historia, a partir de los cuales puedo recorrerla, como lo son los días para un año.
Enumerar todos los libros que dejaron alguna huella en mí sería imposible, pero he aquí un simple y totalmente subjetivo recordatorio de algunos libros que acompañaron los momentos D, de mi vida.
Sinfonía para Ana, de Gaby Meik. Jamás diría que es el mejor libro que leí, pero si el que más me marcó. Ana es una niña-mujer de tan solo 13 años. Ana empieza el secundario en 1974. Ana es una niña que conoce por primera vez el amor y una mujer que aprende lo que es la política. A Ana la leí por lo menos seis veces, y no exagero. Cada vez que siento que mis lagrimales están secos y mis angustias constipadas, leo a Ana. Así de triste es Ana.
Secretos de Familia, de Graciela Cabal. Secretos… fue mi primera gran novela. Fue la primera vez que un libro “gordito” cayó en mis manos, con la aclaración de que podía ser un libro “demasiado fuerte para una chica de mi edad”. A Secretos… lo recorrí nueve veces. Una por cada vez que quise, durante mi temprana adolescencia o tardía infancia, recordar que no era elúnico bicho raro de esta extraña tierra.
Los años con Laura Díaz, de Carlos Fuentes. A Laura la agarré demasiado joven, me aburrió y decidí abandonarla. Casi diez años después la redescubrí y me enamoré. Si, de ella. Del libro también. De su historia y sus amores perdidos. De su fuerza y de su amistad con Frida Khalo, que por más imaginaria que fuese, nunca deje de envidiar.
Y a tantos otros les debo todo. A Demian, de Hermann Hesse y a Lolita, de Vladimir Nabokov, de ser como soy. A Romeo y Julieta, de William Shakespeare, ser una empedernida enamorada de las tragedias. ADesayuno en Tiffany´s, de Truman Capote, el divismo mediocre pero siempre fielmente construido de una miope con aspiraciones de estrella.
Y ni la tinta, ni las páginas de este diario me alcanzaría para nombrarlos todos. Quizás, el próximo sábado, logre hacer justicia con algunos más de aquellos que con sus páginas, lograron que sea la soltera (dis)conforme

(Columna publicada el 22 de mayo en el Diario La Unión)

viernes, 13 de mayo de 2011

Hagamos terapia


Sesión de terapia. Tema nuevo. Conflicto nuevo. Psicóloga nueva. Una nueva relación de confianza por construir. Hay que ser realistas, empezar terapia de nuevo da mucha fiaca. Te devuelve a los conflictos de tu adolescencia, a las sombras ocultas entre tu infancia utópica y esas ganas inmensas de saber quien sos.

Es difícil, nadie lo niega, pero útil. La terapia no reemplaza a las charlas de amigas, a los consejos de las que te conocen, al comentario perfecto de tu amigo gay que tiene el plus de entenderlos y ser a la vez. Le da un plus, reconfirma teorías y hecha por la borda las estupideces que solo se te ocurren un viernes a la noche, borrachera de dos copas de vino mediante y unas ganas increíble de que tu cama no esté tan vacía. No resuelve el Edipo, pero te lo muestra. No resuelve las lagunas mentales, pero las achica. No te da la fórmula mágica de la felicidad, pero te enumera los motivos para no sentirte tan desdichada.

Hagamos terapia. Grupal. Que sea de a dos, que sea de a tres. No importa. Pensemos. Imaginemos que tenemos esas ganas locas de que todo no sea tan complicado. Acerquémonos a la verdad de la ruptura de cráneos. Juguemos a que todo no sea tan complicado. Pensemos en la sencillez de la locura. De la bondad de la locura. Volvamos a ver las cosas lindas y sencillas del estar locos.

Hagamos terapia. Cada uno desde el rincón de su cuarto. Flexiones de sonrisas. Probemos hasta que queden fijas. Dicen, solo dicen, que la alegría se encuentra riendo cada vez más. Jugando a ser postre de chocolates. Bañándose en mousse de dulce de leche.

Vayamos a terapia. Y si ese día también vamos a la peluquería mejor. Cambio de cabeza, estiramiento de rulos para desenredar las complicaciones y arriba el ánimo, que esto es una fiesta.

viernes, 15 de abril de 2011

...


Un movimiento continuo. Una dicción del pensamiento y esas ganas enormes de un interruptor que lo apague.

domingo, 3 de abril de 2011

Vestime que me gusta…


Para muchos, la ropa es solo el trapo que sirve para cubrir sus intimidades y no andar en pelotas. Y está bien, esa es su función original. Un taparrabos que cubriera las terlipes y las chuchis de aquellos y aquellas (como diría la Presidenta) que habían pecado (¿?) y recién comenzaban a sentir el calor del pudor.

Pero afrontemos la modernidad, la pos modernidad y el principio del fin del mundo. La ropa dejó de ser funcional en un solo sentido. La ropa es parte de nuestra cultura y por lo tanto también es ¡arte, arte! Y si, el arte tiene varias funciones, pero para no caer en el regocijo de los escritores de manuales de antropología, vamos a dedicarnos tan solo a uno: a la que se relaciona con la variante “humor”.

Volvamos a la ropa. La gente siempre tuvo problemas a la hora de encasillarme. Un día soy rollinga, al otro hippie, retro o alternativa. No me importa cual sea la pertenencia etérea o étnica de los trapos, lo importante es que refleje lo que me pasa. Para los días de madurez repentina, trajecito sastre y zapatos de tacón. Para los días de panza hinchada por birras de más, polleras hippies de telas expandibles. Violeta para la época pre menstrual y, si es posible, vestidos con bolsillos, para esconder los paquetes de galletitas dulces. El negro oculta los rollitos y lo dejamos para las noches en las que es posible encontrarnos con los zombis de placard. Y los rosas… los rosas mejor evitarlos, al igual que los marrones que me hacen parecer un chocolate marmolado.

La ropa usada o “de muertos” como la llama mi papá, es la que más satisfacción me trae. “Es que todo vuelve” y encontrar una campera de jean a 5 pesos cuando en el shopping cuesta $ 260 (como mínimo) me cuida el alma y el bolsillo. Para conseguir lo que uno quiere hay que tener paciencia. Saber que revolver cajones con carteles de “2 x $50” no es humillante y que cuando escuchás el “Ay, donde te lo compraste” puedas decir la marca o no marca con resolución. Porque seamos francos, todos tenemos algo de etiqueta laga en el placard. A veces, la representación textil de nuestro humor vale sus buenos pesos.

Pero escuchemos también el otro timbre: para muchos la indumentaria es la  superficialidad de maniquí encarnada en desfiles de palos flacos. De acuerdo, si es lo único en lo que pensás durante todo el día no me cabe la menor duda, como si te dedicaras solamente a rascarte la oreja o juntar pelusa en el ombligo. Pero he aquí la cuestión: la moda ni manipula ni te extrae de la vida. Tan solo te acompaña. Con sus telas, sus colores, su locura y sus precios.

“Mucha ropa”, “te olvidaste la parte de abajo” o “¿hace falta que te vistas así?” son frases que escucho con frecuencia. Mi ropaje siempre despierta un pro o un contra. Y eso es parte del encanto. Como leonina (si, leo en casa de leo, para los creyentes) tengo un poco de eso que suelen definir como “llamar la atención”, no lo niego. Y la ropa me ayuda, es el disfraz perfecto para la fiesta de elegante sport.

Por eso, cuando te encuentres ensimismada, viendo tu reflejo en la ropa de alguna vidriera (aún siendo fin de mes, con bolsillos flacos y tarjetas de crédito al límite) no te preocupes, no te cuestiones, no es solo una cuestión de actitud, sino también de humor.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Están todos cordialmente invitados a la boda real



Los gritos se escuchan desde el Buckingham palace hasta la abadía de Westminster. Por un momento, el tema del exagerado presupuesto que rodea al evento deja de ser la cuestión principal. Las banderitas se agitan y las remeras que recuerdan el gran día son lucidas con orgullo, a pesar del frío y la fina llovizna que empieza a caer.

Pero no, ni revivió Freddie Mercury ni por un acto divino Los Beatles vuelven a transitar por las calles de Londres. El día D es otro: están todos cordialmente invitados a la boda real.

Los ingleses dejaron de lado su paso ajustado por Oxford Street y olvidaron la crisis económica por un rato. Kate y William. William y Kate son el tema del día (y de la semana, y del mes…). Su historia de amor podría encajar en la de “el príncipe y la plebeya”. Ambos se conocieron en la facultad en 2001, y hasta compartieron un departamento con otros amigos durante aquellos tiempos. Entre apuntes y parciales, surgió el amor. Luego de nueve años de noviazgo (se tomaron su tiempo), él se le declaró en Kenia, y los preparativos empezaron.
Se dice que la música de la boda la eligieron juntos, escuchando cada uno por un auricular de su reproductor de mp4. Nada de reaggeton o baile carioca, música clásica e instrumental para ellos y hasta algunas de las melodías interpretadas en la boda de Carlos y Diana, allá por los 80. El tema de la boda fue lo británico, acentuando lo tradicional y las formas reales, pero las celebrities locales también estuvieron presentes. Entre ellos, Victoria y David Beckham y Elton John. Y también están aquellos que se autoinvitaron.

The teenage village (el campamento de las adolescentes) captó la atención de la prensa local, que las calificó como locas, pero simpáticas. La centena de carpas que se montó días antes de la ceremonia en las cercanías de la abadía se mezcló con los turistas que aprovechaban para visitar la zona antes que se cerrara su acceso al público.

Las jóvenes que no consiguieron permiso de sus padres para acampar optaron por pijamas parties y desayunos grupales. Para los mayores de 18, los pubs de moda fueron el lugar elegido, aún durante el desayuno.

Quienes optaron por levantarse muy temprano y desafiar al frío y la lluvia que amenazó durante toda la mañana, se acercaron hasta el Hyde Park, uno de los parques donde se ubicaron pantallas gigantes para que aquellos que no recibieron la invitación oficial. Tortas con leyendas como “William loves Kate”, coronas de plástico, cestas de mimbre y manteles a cuadrillé (sí, como un verdadero día de campo inglés) y unas cuantas cervezas tempraneras, cubrieron el pasto húmedo.

La fiesta continuó durante todo el día (y la noche). Feriado nacional para todos los ingleses, las familias aprovecharon para pasear y los adolescentes comenzaron el fin de semana antes. Por suerte, Leandro Penna (el ex bañero de Marley) y su novia británica Jordan (algo así como la Karina Jelinek de Inglaterra) dejaron de ser tapa de los diarios por unos días (¡gracias a la realeza!).
Kate, que entró siendo Kate Middleton y salió siendo una princesa (que no se diga que los títulos nobles arrinconan la individualidad), fue bien recibida por la gente. Y a pesar de todo, de las campanas ensordecedoras y las normas reales que acartonaron un casamiento que no podía tener nada fuera de lugar, la mirada entre ellos (la pequeña sonrisa que se les coló durante la pesada ceremonia) y su primer beso como príncipe y princesa demostró que, detrás de toda etiqueta, el amor realmente existe.

(Publicado en el Diario La Unión el 30 de abril de 2011)