viernes, 15 de abril de 2011

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Un movimiento continuo. Una dicción del pensamiento y esas ganas enormes de un interruptor que lo apague.

domingo, 3 de abril de 2011

Vestime que me gusta…


Para muchos, la ropa es solo el trapo que sirve para cubrir sus intimidades y no andar en pelotas. Y está bien, esa es su función original. Un taparrabos que cubriera las terlipes y las chuchis de aquellos y aquellas (como diría la Presidenta) que habían pecado (¿?) y recién comenzaban a sentir el calor del pudor.

Pero afrontemos la modernidad, la pos modernidad y el principio del fin del mundo. La ropa dejó de ser funcional en un solo sentido. La ropa es parte de nuestra cultura y por lo tanto también es ¡arte, arte! Y si, el arte tiene varias funciones, pero para no caer en el regocijo de los escritores de manuales de antropología, vamos a dedicarnos tan solo a uno: a la que se relaciona con la variante “humor”.

Volvamos a la ropa. La gente siempre tuvo problemas a la hora de encasillarme. Un día soy rollinga, al otro hippie, retro o alternativa. No me importa cual sea la pertenencia etérea o étnica de los trapos, lo importante es que refleje lo que me pasa. Para los días de madurez repentina, trajecito sastre y zapatos de tacón. Para los días de panza hinchada por birras de más, polleras hippies de telas expandibles. Violeta para la época pre menstrual y, si es posible, vestidos con bolsillos, para esconder los paquetes de galletitas dulces. El negro oculta los rollitos y lo dejamos para las noches en las que es posible encontrarnos con los zombis de placard. Y los rosas… los rosas mejor evitarlos, al igual que los marrones que me hacen parecer un chocolate marmolado.

La ropa usada o “de muertos” como la llama mi papá, es la que más satisfacción me trae. “Es que todo vuelve” y encontrar una campera de jean a 5 pesos cuando en el shopping cuesta $ 260 (como mínimo) me cuida el alma y el bolsillo. Para conseguir lo que uno quiere hay que tener paciencia. Saber que revolver cajones con carteles de “2 x $50” no es humillante y que cuando escuchás el “Ay, donde te lo compraste” puedas decir la marca o no marca con resolución. Porque seamos francos, todos tenemos algo de etiqueta laga en el placard. A veces, la representación textil de nuestro humor vale sus buenos pesos.

Pero escuchemos también el otro timbre: para muchos la indumentaria es la  superficialidad de maniquí encarnada en desfiles de palos flacos. De acuerdo, si es lo único en lo que pensás durante todo el día no me cabe la menor duda, como si te dedicaras solamente a rascarte la oreja o juntar pelusa en el ombligo. Pero he aquí la cuestión: la moda ni manipula ni te extrae de la vida. Tan solo te acompaña. Con sus telas, sus colores, su locura y sus precios.

“Mucha ropa”, “te olvidaste la parte de abajo” o “¿hace falta que te vistas así?” son frases que escucho con frecuencia. Mi ropaje siempre despierta un pro o un contra. Y eso es parte del encanto. Como leonina (si, leo en casa de leo, para los creyentes) tengo un poco de eso que suelen definir como “llamar la atención”, no lo niego. Y la ropa me ayuda, es el disfraz perfecto para la fiesta de elegante sport.

Por eso, cuando te encuentres ensimismada, viendo tu reflejo en la ropa de alguna vidriera (aún siendo fin de mes, con bolsillos flacos y tarjetas de crédito al límite) no te preocupes, no te cuestiones, no es solo una cuestión de actitud, sino también de humor.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Están todos cordialmente invitados a la boda real



Los gritos se escuchan desde el Buckingham palace hasta la abadía de Westminster. Por un momento, el tema del exagerado presupuesto que rodea al evento deja de ser la cuestión principal. Las banderitas se agitan y las remeras que recuerdan el gran día son lucidas con orgullo, a pesar del frío y la fina llovizna que empieza a caer.

Pero no, ni revivió Freddie Mercury ni por un acto divino Los Beatles vuelven a transitar por las calles de Londres. El día D es otro: están todos cordialmente invitados a la boda real.

Los ingleses dejaron de lado su paso ajustado por Oxford Street y olvidaron la crisis económica por un rato. Kate y William. William y Kate son el tema del día (y de la semana, y del mes…). Su historia de amor podría encajar en la de “el príncipe y la plebeya”. Ambos se conocieron en la facultad en 2001, y hasta compartieron un departamento con otros amigos durante aquellos tiempos. Entre apuntes y parciales, surgió el amor. Luego de nueve años de noviazgo (se tomaron su tiempo), él se le declaró en Kenia, y los preparativos empezaron.
Se dice que la música de la boda la eligieron juntos, escuchando cada uno por un auricular de su reproductor de mp4. Nada de reaggeton o baile carioca, música clásica e instrumental para ellos y hasta algunas de las melodías interpretadas en la boda de Carlos y Diana, allá por los 80. El tema de la boda fue lo británico, acentuando lo tradicional y las formas reales, pero las celebrities locales también estuvieron presentes. Entre ellos, Victoria y David Beckham y Elton John. Y también están aquellos que se autoinvitaron.

The teenage village (el campamento de las adolescentes) captó la atención de la prensa local, que las calificó como locas, pero simpáticas. La centena de carpas que se montó días antes de la ceremonia en las cercanías de la abadía se mezcló con los turistas que aprovechaban para visitar la zona antes que se cerrara su acceso al público.

Las jóvenes que no consiguieron permiso de sus padres para acampar optaron por pijamas parties y desayunos grupales. Para los mayores de 18, los pubs de moda fueron el lugar elegido, aún durante el desayuno.

Quienes optaron por levantarse muy temprano y desafiar al frío y la lluvia que amenazó durante toda la mañana, se acercaron hasta el Hyde Park, uno de los parques donde se ubicaron pantallas gigantes para que aquellos que no recibieron la invitación oficial. Tortas con leyendas como “William loves Kate”, coronas de plástico, cestas de mimbre y manteles a cuadrillé (sí, como un verdadero día de campo inglés) y unas cuantas cervezas tempraneras, cubrieron el pasto húmedo.

La fiesta continuó durante todo el día (y la noche). Feriado nacional para todos los ingleses, las familias aprovecharon para pasear y los adolescentes comenzaron el fin de semana antes. Por suerte, Leandro Penna (el ex bañero de Marley) y su novia británica Jordan (algo así como la Karina Jelinek de Inglaterra) dejaron de ser tapa de los diarios por unos días (¡gracias a la realeza!).
Kate, que entró siendo Kate Middleton y salió siendo una princesa (que no se diga que los títulos nobles arrinconan la individualidad), fue bien recibida por la gente. Y a pesar de todo, de las campanas ensordecedoras y las normas reales que acartonaron un casamiento que no podía tener nada fuera de lugar, la mirada entre ellos (la pequeña sonrisa que se les coló durante la pesada ceremonia) y su primer beso como príncipe y princesa demostró que, detrás de toda etiqueta, el amor realmente existe.

(Publicado en el Diario La Unión el 30 de abril de 2011)

sábado, 26 de marzo de 2011

Un grande Chico


De chiquita me encantaba encerrarme en el baño. Con miedo a que la traba fallara y mis padres lograran abrir la puerta, depositaba mi pila de libros colección Robin Hood justo en el vértice. ¿El motivo? Abusar de los maquillajes de mi madre y de la tijera para cortar pollo que se convertía en la herramienta más fina de mi doble personalidad de coiffeur.

Los maquillajes estaban prohibidos, no solo por el precio sino porque solían ser un regalo de mi papá para los aniversarios o como disculpa de algún viaje demasiado largo. Mi obsesión con las Pupas (vale quemar la marca porque es la única forma de reconocer a esas cajitas rojas, cuadrados o redondas, de varios pisos y llenas de colores) iba más allá del “coqueterismo” que cada tanto me afloraba, a pesar de mi fanatismo por los autitos de carreras y las tortugas ninjas. Siempre me maquillé bien. Aun de pequeña. El gusto por la combinación de colores, el olor casi rancio del pinta labios, me generaba una sensación de madurez que aún no consigo sentir.

Y las tijeras eran un partido que nunca gané. Cortarse el flequillo con una herramienta para trozar pollo es algo que no le recomiendo a nadie. Tiempo después, décadas más tarde, descubrí que era una visionaria: el flequillo serrucho se empezó a usar cuando mi secundaria llegaba a su fin. Corte carré, flequillo desnivelado y achurado con navaja, ropa alternativa y casi todas se parecían a mi pequeña yo.

La tercera razón comenzaba cuando mis desastres terminaban. Tomar un libro de la pila y revivir algún capítulo de Mujercitas de Louisa May Alcott, llorar desconsolada junto a Corazón de Edmundo de Amicis o rebelarme como Robinson Crusoe de Daniel Defoe, era la parte que me hacía suspirar y pensar que quizás por dentro tenía más años de los que mis padres me afirmaban que llevaba a cuestas. Pero no, tenía exactamente los que mi documento marcaba. Lo libros tienen ese poder de sacarte de tu época. De hacer que los años valgan menos que lo que tu mente absorbe.

Y mientras recuerdo mi infancia de libros, serruchos y maquillajes prematuros, una triste noticia late en la pantalla de la televisión. Hugo, el querido Hugo Midón, deja la tierra para seguir creando en algún otro lugar. El primer suspiro fue un adiós a un grande que siempre supo ser chico. Luego me llegaron, como a todos, esas ganas de volver a sentirlo (como varias generaciones lo hicieron por youtube) y “Vivitos y Coleando” pasó una y otra vez por la pantalla de mi computadora. “broooocha gorda brocha gorda”, “mi padre no tiene corazón”. Solo Hugo pudo hacer de una brocha o un balde una canción que cantaron hasta mis papás. O recordarles a los que todavía éramos pequeños, que no había apuro por crecer, como todo el resto de la sociedad nos hacía creer.

Huguito, y me permito llamarlo así porque siempre va a ser parte de mi mundo, fue el primero que me enseñó la importancia de mirar a los ojos. “Los ojos son el espejo donde se mira la gente, balconcitos siempre abiertos, por donde el alma se asoma”. Hay maestros de todo tipo, los primeros, nuestros viejos, luego las maestras y maestros de profesión (nuestros segundos padres) y después están los de la vida, los que te nutren desde el escenario, la pantalla, el casette o el primer compac disck. Entre estos últimos está Midón, entre los maestros de la imaginación. Por eso, aunque esté lleno de tristeza, el segundo suspiro también es un adiós, pero esta vez a un grande que no solo siempre supo ser chico sino también entenderlos. Gracias Hugo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Escéptica



Es la misma sensación que te agarra cuando vas a una fiesta obligada, los brazos te pesan y al ritmo te lo dejaste al lado de las pantuflas. Es ese desgano que te retrasa los pensamientos y te deja a la deriva, preguntándote si el tren que te tomaste va en la dirección correcta.

La obsesión de contar cada uno de los escalones que subís es más para no perder la paciencia por compulsión. Si ahora no podés leer ningún libro es porque de heroína no tenés nada y el drama ya te aburrió.

La música tampoco te acompaña. Las canciones cursis del top 40 no dicen nada y Spinetta de repente se volvió demasiado filósofo para un momento tan banal. Los llantos del rock yorugua te deprimen porque tus historias no se parecen ni un cuarto a las de ellos y los clásicos que te angustiaban hasta la opresión, ya no significan nada. Los culebrones disfrazados de series yankees pierden la emoción a mitad de temporada, y lo único que quedan son tus pensamientos repetidos. No, eso tampoco.

Te dejás seducir por la sencillez de una nada blanca, larga, sin curvas ni médanos. Por el movimiento tibio de un colectivo que no va a ninguna parte que conozcas, pero va. Y eso es bueno, el movimiento es bueno. Dejar de creer en todo por un rato y que… todo te chupe un reverendo huevo, es bueno. Y sin embargo es tan difícil. Ya pensar en poner la mente en blanco es darle una orden a alguna parte de tu cerebro. Pero cuando los brazos pesen y ni el rock de los 80, ni el ya viejo éxito del verano te tientan a bailar, es mejor volver. Admitir la falta de ritmo y descansar, junto a las pantuflas, en pos de ir hacia la nada misma pero siempre en movimiento, sin dejar de avanzar.

sábado, 12 de marzo de 2011

En cada orilla del río



Piso tierra oriental y ya me siento mejor. El olor a cuero usado no me llega hasta que alcanzo el mercado del puerto, en Montevideo. A mis acompañantes de este viaje se les escapan sus primeras palabras. Ningún secreto: los otros pasajeros de este cruce son mis progenitores y sus primeras palabras ”Tú” y ”Ta”. Yo por vaga inercia, los imito.
Ahora todo huele a aliento de cerveza rancia y ”medio y medio” (bebida típica y de receta secreta del puerto). Paramos a comer un ”Chivito” (no el animal sino un sandwich de churrasco tomate, lechuga y huevo) en las cocinas de los restaurantes de ese gran galpón que alguna vez fue refugio de cuanta persona quisiera escapar de un destino condenado.
Ya llenos, caminamos hasta la galería de siempre. Señalamos los cuadros que cada año prometemos comprar y nos deleitamos con los nuevos. Entramos a un nuevo taller y su artista, hombre robusto de bigote finito y pincel en mano, nos recibe, manchado de azul y con una sonrisa amplia.
Escucho de lejos los tambores que me llaman y cuando me acerco, los músicos me saludan con un movimiento leve de cabeza para no perder la concentración. Creo ver a mis ancestros en cada esquina. Respiro aliviada porque acá nadie me pregunta cuántas sesiones de cama solar tomé o me compara con el color de una tostada quemada por la mañana. Volvemos a emprender viaje.
Pasamos por el Parque Rodó e incomprensiblemente mi papá pone un disco de los ‘90 que aúlla canciones de amor. Las calles de Montevideo me hacen pensar en una vieja Buenos Aires que nunca llegué a conocer. Uruguay tiene un ”no sé qué”. Es como si Uruguay se quedara en el tiempo. No el Uruguay de edificios altos con paredes de vidrio para ver el mar/río y sus atardeceres, sino el Uruguay nativo, el Maldonado de mi infancia. El de calles intransitadas por argentinos y brasileños que irrumpen cada verano, el que tiene bares oscuros de mesas de pool comidas por el tiempo, el de ”El dorado” y las torta fritas y panchos de carritos plateados en las esquinas.
También el de las murgas barriales que se preparan en los descampados para febrero y el de los barrios de casas de un solo piso donde los chiquilines juegan al fútbol en la vereda hasta las 2 de mañana. En el que las motos y bicicletas gobiernan.
Ése es el Uruguay que no cambia, el nativo, el de todos los días, el que impresiona porque tiene las mismas pintadas políticas de blancos y colorados ocultos en nuevos nombres.
Ese imposible de explicar, pero ese ”no sé qué” es tan real como su olor, ese olor a viejo, usado, lavado con una suavizante fragancia ”Maldonado”. Es el olor a mi segunda tierra, a mis veranos infantes, a ese dolor de panza por reencuentros familiares y a saber que en Uruguay está una parte de mí que se reencuentra en cada viaje, uniendo las dos orillas y uniéndome a mí.

(Publicado en el Diario La Unión el 12 de abril de 2011)

viernes, 11 de marzo de 2011

Este es tu año mujer



Tengo una obsesión con el amor. No con un amor puntual sino con el sustantivo amor y, sobretodo, con el verbo amar. Conseguirlo es un viejo objetivo, su necesidad, cada vez más recurrente.

Cuando las parejas tomadas de la mano te dejan de dar asco y pasás a verlas con ojos vidriosos, bajando las escaleras mecánicas de un shopping y a punto de hacer el papelón de tu vida por no calcular la distancia entre tus pensamientos y el último escalón, estás en problemas.

Cuando las películas de amor en vez de hacerte sonreír te duelen ahí, donde suelen suceder los ataques cardíacos, estás en problemas. Lo que antes era un mero comentario entre amigas ahora te invade a cada minuto. Mi querido colega Ema diría: “Ay gorda, Este es tu año mujer que vos necesitás es un chongo”.

Y si, puede ser… un chongo. O quizás aprender a vivir sin ese tipo de amor y saber que las novelitas rosas de Corín Tellado (una vez cometí el error de intentar leerlas y me agarró diabetes) son rositas rococó que nada tienen que ver con la vida real. Tan difícil no puede ser… en algún momento llegará… eso espero.

”Cuando menos lo esperes va a aparecer el indicado” dice el chiste malo que me repiten los más cercanos cuando se quieren hacer los psicólogos baratos o ven que mis 24 años se están por convertir en un cuarto de siglo de soltería. ¡Paren las rotativas!

¿La adolescencia no se había extendido hasta los 30? Por eso, cuando me invade la sed por la falta de amor, borro de mi cabeza la imagen de una casa llena de gato (o perros, porque detesto los gatos) y una cajita de bombones llenos de licor que ofrezco a los pocos visitantes que me vienen a ver, y me dedico a disfrutar del maravilloso mundo de la soltería (que demás está decir, tiene varios beneficios).

No hace falta aclarar que la exageración es cuota diaria en mi vida. Pero hagamos una encuesta virtual: de todas las mujeres de entre 20 y 30 años que están conectadas en este momento a las redes sociales y chats que frecuento, el 80 por ciento esta soltera o chongueando. Del 20 por ciento restante, solo un cinco es envidiable y el resto… mejor estar solterísima.

De esa gran mayoría de solas, una parte adjudica la carencia de una relación amorosa a la falta de tiempo, al estudio y al trabajo. Otro cuarto, a las cuales podemos denominar ”podría estar con cualquiera, candidatos no me faltan, pero mejor esperar a que llegue el indicado”, las dejamos en reserva.

Y finalmente están las del ”porqué” dramático, las que sufren la soltería como una enfermedad terminal que les acelera el reloj biológico. Sólo el 30 por ciento se lamenta su condición de libertad, el resto, se enfoca en ver los beneficios de una vida sin ataduras masculinas.

Entonces, ¿qué hacemos ante esta presunta ”epidemia” de soltería? ¿Obligamos a los hombres a que nos cortejen como es debido? ¿Cambiamos nuestras preferencias sexuales y buscamos el consuelo en alguna amiga cercana? ¡No! Disfrutemos queridas compañeras, que esta es nuestra semana y si queremos nuestro año.

En una conocida serie de televisión norteamericana donde todos bailan, todos cantan, (si, estamos hablando de Glee) el capítulo de San Valentín fue dedicado a los solteros de ambos sexos (no los dejemos de lado que ellos también tienen sentimientos) y al ritmo de ”silly love songs” (Canciones tontas de amor) canturrearon los beneficios de estar soltera: sabés que, sin importar cuanto tiempo cueste, lo mejor está por llegar.

jueves, 17 de febrero de 2011

Guardaespaldas emocional

Me despertó la agitación de su susurro ahogado. Mi guardaespaldas emocional le había denegado el acceso a mi mente. Se quedó totalmente atónito, nunca antes le habían prohibido el paso a ningún lado y menos a los sentimientos ajenos. Su tarjeta VIP esta vez no hizo click en el código de barra. Una cruz roja le recordó que el aire no es gratis cuando está dentro de los pulmones ajenos.
Mi sonrisa de autosuficiencia se terminó cuando vi sus ojos abarrotados de lágrimas falsas. Tuve que recordar quién era para que su capricho no se transformara en mi verdad. Ni su smoking, ni sus alpargatas, comprarían mi sueño esta vez. Y comencé con mi rezo privado de nuevo. Le pedí amablemente a mis ojos que se cerraran, a mis orejas que se apagaran, a mi mandíbula que se separara. Obligué a mis hombros a descender un piso, a mis brazos a pegarse al colchón, a mi torso a acostumbrarse al aire de mis pulmones. Le pedí a mi cadera que dejara de bailar, a mis piernas que no recordaran más los metros que habían caminado ese día. Y finalmente reté a mis dedos del pie, les pedí que reconciliaran el sueño, que por su culpa, el resto de nosotras no podíamos dormirnos.
Mi guardaespaldas emocional me sonrió, todavía con el brazo extendido para negarle el acceso a cualquier extraño que intentara invadir mi mente. Y aquel viejo conocido, el que volvió luego de encontrar la llave que le abrió la puerta del armario de madera, se dio media vuelta y se fue, con sus ojos explotados de frustración y sabiendo que, a veces, las historias malas, terminan en el basurero.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El hombre de mi biblioteca

Me encanta contar los dedos de tus pies mientras dormís. Me encanta ver que a tu pie derecho le falta uno, el chiquito, el que no sirve para nada.
Me revuelve el estómago de excitación el olor agridulce de tu transpiración impregnada en la sábana. Cada vez que te vas, me enredo en ellas hasta perder el equilibrio por culpa de tu olor.
Y resulta que no es tan fácil decirte adiós cada vez que te escapas por la puerta secreta de mi biblioteca. Esa palabra de despedida tan solo se puede dividir en dos respiros y son pocos los segundos en los que te veo desaparecer. Pensé en decirte un “hasta luego”, lo pensé porque me entran por lo menos tres suspiros, pero nunca sé cuándo será la próxima vez que te tenga. Y la desilusión siempre me resultó más infiel que la traición.
Son solo las tres de la mañana y yo espero que te abras paso entre los libros polutos. Siempre dije que mi biblioteca se gana su simpatía por la mezcla de ejemplares que recorren cada etapa de mi vida. Y aunque muchos se encuentren empolvando sus tapas, en cajas de cochera, cada fase emocional de mi existencia se ve representada por un ejemplar que me recuerda, que ser estúpida, romántica, necia u obsesiva, también es parte del vivir.
Y finalmente apareces, primero tu brazo, luego tu hombro y finalmente tu cabeza, entre la caja de recortes de diarios y una novela que recelosa espera ser leída. Antes que nada me sonreís. Me regalas la sonrisa más hermosa que tus ojos pueden llegar a dar. Me repetís lo que yo estaba pensando, porque es tu forma de demostrarme que vos si me llegaste a conocer, no del todo, no poquito, pero sabes que esperar de mi. Y finalmente salís entero, bah, sin tu dedo pequeño del pie derecho. Y te veo ahí parado, desnudo, con todas las letras todavía picándote la piel. Y mi respiración vuelve a su ritmo normal, a la agitación que te precede, y recuerdo, que cada vez que te sueño, volvés a estar tan cerca de mí como la realidad, y mi buen sentido, me lo permite.

martes, 15 de febrero de 2011

Ser pez


Soy de las personas que necesitan llenar los silencios. Salvo que el no decir pese más que las palabras. Salvo que, aunque me resulte difícil, no me queden más palabras. Y la angustia del callar sobre la angustia del no tener que decir, me omite, me anula, me suprime.
Siempre dije que no soy buena para las despedidas, pero soy aún peor para los atascos. La marea baja y ya no puedo flotar. No se me ocurre como flotar. Arrastrarse no está en mi adn. Quedarme inmóvil tampoco.
Y si el silencio se mezcla con la falta de movimiento estoy frita. Se me ocurre esa escena triste de un pez convirtiéndose en pescado. De sus últimos movimientos en la arena, sintiendo en la piel un ambiente que no le pertenece. Y el drama se convierte en un chiste malo para mi cabeza. La escena pasa de ser triste a patética. Y recuerdo que alguien me dijo que cuando uno se cuestiona su capacidad de ser feliz, lo mejor es recordar lo bueno y agradecer por ello. No importa a qué o quién, tan solo mirar para arriba (o para abajo) y agradecer. Salir del centro del eje y sentir como el resto sigue girando, aunque uno se crea el motor. Y saber que uno para pero el resto sigue dando vueltas. Y por más autoayuda que pueda sonar, por más cliché que encierren las metáforas absurdas, a veces las cosas son tan simples como mirar hacia adelante y buscar un punto que nos ayude a seguir caminando, sin arrastrarse, sin marearse, sin flotar, con los pies, paso a paso.