martes, 9 de julio de 2013

No sé si te diste cuenta



Nunca me gustó lavar los platos. No sé si te diste cuenta, porque cada vez que venías a casa no te dejaba ni levantar la mesa, escondía los guantes y lavaba todo a mano pelada, sin dejar un resto de comida, puteando por dentro porque se me saltaba el esmalte. En tu casa hacía lo mismo, aunque comiésemos siempre la misma pizza con servilletas. Lavaba los platos de toda la semana, las tazas de café acumulada, sospechando que eran demasiadas para los días que habían pasado desde mi última visita, las dos copas de vino y los siete vasos con resto de cerveza que habían dejado tus amigos el fin de semana. Hasta metía en el tarrón de las llaves el arito que había encontrado tirado, al lado del sillón.
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No sé si te diste cuenta, pero nunca me gustó la combinación de tu perfume y el jabón berreta que usaba tu vieja para lavarte la ropa. Pero no podía decir nada, por lo menos no la lavaba yo.

Odiaba los gustos de helado que elegías. No sé si te diste cuenta, pero ya nadie pide menta granizada y menos combinada con crema del cielo. Tu falta de buen gusto a la hora de elegir un chocolate demostraba la mezquindad de tus bolsillos. Ahí me di cuenta que ni billetera mata galán, ni galán mata billetera.

Estoy segura que no te diste cuenta, pero fueron más años de desamor que de amor. Pero una vez que rompí el cerco barato de plástico de segunda mano que no me dejaba olvidar, a pesar de ser la más olvidadiza de todas, lo logré. Y ahí estoy segura que sí te diste cuenta. Mi sonrisa valió más que la extensión de la garantía de la heladera que pagamos entre los dos, la que iba a ser reina del departamento que nunca llegó. Te la dejé, yo quería una con freezer no frost y menos peso sentimental en los cajones de la verdura. Y me fui feliz, livianita, con menos tazas para lavar y el orgullo comprado de pozo, baratito y de construcción lenta, ganándole a la inflación con el precio del ladrillo todavía desfasado.  

martes, 2 de julio de 2013

La extraña sensación de no extrañar


Vi a un nene correr, escapando de su hermano, y lo sentí. Ese miedo feliz, lleno de nerviosismo y con la contradicción a cuestas de querer huir y ser atrapado. Esa que sólo le pertenece a la niñez, cuando el escapar es un placer.

Y vi a una nena, desesperada, comiendo el helado que ya cubría toda su mano. Y recordé esas ganas de lo inmediato, de la rapidez, pero saboreando cada minuto, cada pliegue de los dedos.

Hay momentos que sólo se pueden recordar con sensaciones, que ya no vuelven. Y ahora, que miro para otro lado, me acuerdo de aquella vista, la de hace días, meses, años, no tan lejana, pero a la vez tan distante, que sólo se siente con el recuerdo. Y aunque vuelva a los mismos lugares, ya son otros. Y aunque quiera saborear y oler lo que el tiempo me alejó, el hoy ya es otro, y el ayer no es más que un extraño al que miro con la bipolaridad de la simpatía y la pena.

Y lo feliz se mezcla con la extraña sensación de no extrañar lo que ya no está. Los cambios son raros, más aún cuando te sientan bien.

martes, 15 de enero de 2013

La Reja



Los fines de semana y veranos de mi primera infancia transcurrieron en Moreno. En una alpina diseñada y construida por mi papá, bajo el ojo contador de su mujer y el nombre de La Reja.
Es poco lo que recuerdo en imágenes, son los sentidos los que cada tanto me la traen a la memoria. Y esos primeros años inmensamente cargados, sentidos, vuelven a mi. Solos, pensantes, con olores, sonidos, pesos y sabores.

El olor a las gomas quemadas en la ruta cercana, el empacho con nueces verdes, el arenero y el reinado de sus hormigas. La lluvia húmeda, mojando el naylon que cubría la pelopincho, y las gotas sonoras rebotando en la pileta de Oscar, el vecino, que cada tanto visitábamos y se nos asemejaba a un mar de infinitas posibilidades. Y las castañas de cajú, como olvidarlas.

El ladrido de Alan, el perro policía de al lado, al que nunca me dejaban tocar pero que yo creía mío. Las gotas de sudor en verano, al subir la escalera caracol que conducían a los cuartos y que nos habría la puerta al mismísimo infierno, embotado en ese techo a dos aguas. El peso de la máquina de hacer pastas de mi abuela, que ni los ladrones soportaron y abandonaron a mitad de la calle de tierra, llevándose todo lo demás.

La casa en el árbol que nunca fue, inconclusa, prometiendo ser para alguien más. Las hamacas de ruedas de tractor, fuertes, eternas, con agua acumulada en sus canaletas. El juego de living para tomar el té, todo de caña y solo apto para menores de seis o cuerpos delgados que pudiesen ser contenidos por sus brazos. Las antorchas improvisadas con el fuego del asado, con mi amigo de turno; las guerras con semillas de sandía y mi mamá gritando que las íbamos a levantar una por una. Las bolsas con agua colgando en cada esquina, como un rezo para ahuyentar a las moscas y avispas.

El árbol de Navidad más grande del mundo, nunca antes visto, y con las raíces en la tierra, que abrigó mi primer juego de Playmóvil y mi primera Nenuco, que sufrió un corte drástico de pelo y, sin ser reemplazada, tras llantos desconsolados, tuvo a su melliza, con su cabellera hermosamente intacta.

Cuando paso cerca y veo la punta de la alpina, no puedo evitar que mis ojos sean usurpados por la humedad. Quizás porque la viví poco o porque los primeros recuerdos, por más que sean a través de olores, sabores y pesos, son siempre los más fuertes.

Hoy un rayo de día, casi nocturno, y el olor húmedo de las vías del Roca me la devolvieron por un instante, intacta, sentida, inmensamente pesada. A ella y al sapo Carlitos, al barrilete de Bart Simpson que debe seguir colgado, entre los cables que bordean al Acceso Oeste. A las tardes en trineos de cartón y colinas de pasto que parecían eternas en sus caídas.

Sólo un olor, y su poder de recuerdo. Y esa primera infancia, ya tan lejana, pero tan presente, real como el día que la dejamos atrás, con sus rejas verdes y esa sensación de infinidad.

miércoles, 24 de octubre de 2012

La razón de su vida



Buscó la calle más tranquila para caminar y leer, a la vez. El problema era la luz, la calle más tranquila carecía de luz. Tres cuadras y lo vio. Pelado por elección, estaba invertido. La barba era su mayor atributo. Lo miró, sabía que era él. Se había enamorado, quiso decirle que era la razón de su vida, pero no se animó, siguió caminando y cruzó de calle, justo cuando él tenía que pasar a su lado. Siempre se enamoraba de los hombres del subte, pero esta vez era diferente, había elegido esa calle, esa cuadra.

Se dio cuenta que buscaba el éxito del personaje. La historia de su personaje carecía de cualquier triunfo, pero ella lo buscaba. Le faltaban nueve páginas y sabía que el final era peor. Pero no se imaginó que el desconsuelo estaba escrito. El final le produjo tanta angustia que quiso volver, buscarlo, decirle que su final, “nuestro” final, no iba a ser tan determinante. Determinante, pensó en esa palabra. Pensó en recorrer sus pasos desafiando al tiempo, buscarlo, decirle que iba a cuidar de su perro, que sería de los dos. “Nuestro” perro. “Nuestra” vida.

Recordó lo mal que le hacían los finales, los libros. Su mamá siempre de decía que leyera más despacio, que las páginas no se comían, se disfrutaban. Decidió que tenía razón, pero que la razón no era tan fácil de cumplir. Se acordó de aquel, el que tenía el pelo en el orden correcto, pero la mente desordenada, invertida. Recordó como había vivido a través de esa historia que sí le pertenecía, pero que se había convertido en leyenda, en una fábula con moraleja negativa.

Enseguida cambió sus pensamientos. Su mamá también le decía que invirtiera su tiempo en los pensamientos correctos. Nunca le gustó esa compañía. Era “poca cosa para su hija”.

Releyó el final por última vez. La primera había sido al principio, después de las tres palabras que marcaban el comienzo siempre leía las últimas tres. Era un hábito difícil de cambiar. Y le volvió esa sensación de cómo vivir sin esa historia. De no poder parar de pensar a través de esas oraciones cortas, como de largometraje bizarro.

Su vida, la que le había tocado, le resultaba a veces tan insoportable que necesitaba vivir de ellos, los libros, las historias que la robaban de su tiempo, de su lugar inexistente.

Finalmente pensó que era mejor, la historia con el pelado no iba a resultar, no podía ser tan hipócrita consigo misma, no le gustaban los perros y el estaba acompañado por un ovejero alemán. Decidió que hasta era mejor la conclusión de esa historia, ese cuento, porque habría otros, otras páginas por revolver, a velocidades irreconocibles, total, la vida le iba a alcanzar para vivir otras vidas, reinventar esas otras personalidades. Llegó a su casa y, tras ponerle nombre y fecha, lo guardó en la biblioteca izquierda, en la más importante, según su disposición. Y pensó en ese otro aquel, el de la sonrisa china, quizás ese otro aquel fuese, finalmente, el personaje de su historia.    

miércoles, 29 de agosto de 2012

Nuevas palabras para callar



Sabías que me estaba quedando sin secretos, te los había contado todos. Pero no podía quedarme callada, el miedo a tu ausencia me llevó a explicarte mi sensación más extraña:

A veces, siento que mi vida es una película. Argentina. De esas que tienen silencios prolongados, cotidianos, sin nudo o desenlace. O quizás los tienen, pero son irremediablemente borrosos, como su principio y su final. Me pasa bastante seguido, cuando llego a Constitución y, dueña de un cerebro agotado que no quiere parar, sólo puedo mirar mis pasos. Mis pies saliendo del vagón, pisando el rectángulo amarillo que antecede a la puerta, pisando el cemento sucio de la estación. Pisando sus quebraduras, líneas que memoricé en la primera semana de viajes. Mi cuerpo rebotando con ajenos, la cartera apretada contra el pecho.

Antes de llegar al final, o al principio, justo donde el piso se vuelve diagonal, miro el reloj. Pero la hora no me dice nada. Los ruidos rebotan antes de llegar. Y todo parece detenido en el tiempo, en un tiempo ajeno a ese reloj, tan importante para los que se van y tan sin sentido para los que llegan. El no lugar, el no tiempo me prometen la escena más conmovedora del film.

Cuando llegué a ese punto, ya no me escuchabas. La mitad de tu cuerpo se había ido. Por suerte, tu mitad inferior. ¿Por suerte? Pero igual ya no me escuchabas. Continué con mi relato, intentando seducir a lo que quedaba de vos.

La sensación extraña me pasa cuando estoy rodeada de otros. De demasiados otros. Si hay música de fondo mejor. Pero no te preocupes, nunca tengo el coraje suficiente para piantarme y obligar al resto a cantar conmigo o a bailar una coreografía de movimientos descoordinados. Es que en estos momentos raros, si la música es lo más ajena posible a la situación, mejor. Mucho mejor. Un cha cha chá, por ejemplo, o una cumbia de pasitos cortos y frentes sudadas.

Cuando terminé de explicarte mi extraña sensación me di cuenta que sólo quedaba tu sombrero. Te lo habías olvidado. Quizás lo dejó a propósito, pensé. Y quise también pensar que era tu carta de despedida, que me lo habías dejado para que lo usara el resto de mis días. Pero antes de elaborar el origen de mi ilusión, tu mano volvió por él. Sólo tu mano, el resto de tu cuerpo se quedó esperando a lo lejos, para no sentir la alergia que le producía mi piel.

Y tomé la decisión de alejarme yo también, de tomar el camino opuesto, aunque no fuese mi camino, para dejar de ver tu cuerpo a la distancia, para que los sonidos fuesen directo a mis oídos, sin rebotes, sin ecos. 
Primero se alejó mi cabeza, la madama de la decisión. La siguió el tórax, propietario de mis latidos, y los pies, para no arrepentirme de la apuesta ya jugada. Finalmente el resto, regidos por un orden de importancia que se basó en mi dependencia a tu cuerpo.
 

Y así nos quedamos, vos con mis viejos secretos, yo con mis extrañas sensaciones, transitando un camino ajeno que pensaba hacer mío, buscando nuevas palabras para callar y un nuevo cuerpo a quién contárselas. 

lunes, 27 de agosto de 2012

Le Shoebox



Hace un tiempo, ya casi un mes, que vivo en Le ShoeBox (para los que no la conocen, mi pequeño pero adorable monoambiente). Vivir en pocos metros cuadrados tiene sus desventajas, pero también sus beneficios. En la no tan larga lista de contras se destaca el orden: si dejas una remera tirada, parece que acumulaste la ropa de una semana y las paredes te empiezan a acorralar. Una pelusa se asemeja a esas bolas que dan vueltas por el desierto. Tener una mesa sin sillas está bárbaro, porque ocupa poco lugar, pero su utilidad pasa a ser nula. Sin embargo, esas cuatro paredes, por más encima que se te vengan, son tuyas. Encantadoramente tuyas. 

Debo admitir que me volví más pulcra desde que tengo menos baldosas. Me involucro con cada azulejo, los platos están siempre limpios y las manchas en los vidrios se están volviendo una nueva adicción. Levantarse y mirar por esa ventana, saludar al sol, respirar profundo y desperezarse con una sonrisa. Por más que dure lo que tardo en atravesar la puerta, vale la pena.

En la cocina entramos yo y yo, pero desde su ventana veo los árboles más altos de la plaza, la misma que me vio crecer.

Tengo un cactus, una máquina de escribir, una cama y una heladera que, por ahora, no enfría. Tengo cuatro paredes, o más, pero que no dejan de ser cuatro. Tengo una silla que no combina, que incomoda, pero que espero que sean más.  Y que lleguen con un espejo y un sillón violeta. O quizás fucsia. Y con una cafetera de medio litro. O quizás mejor de litro entero.
Mi biblioteca es la de siempre, ordenada de la misma forma, pero diferente. Cambió el capricho: ahora los autores se mezclan más, salvo ellos, los imprescindibles. Ahora, por lógica arquitectónica, los imprescindibles están a la derecha, entre la mesita de luz y la cama. 
No tengo cortinas, o casi. Tengo cortinas que dejan entrar a la luz con una visibilidad que impacta. Bienvenida luz, qué haremos cuando llegue el verano…
Y finalmente tengo está esta experiencia nueva, singular pero no solitaria. Ahora vivo sola, o mejor dicho, conmigo misma. Vivimos nosotras, las de siempre, las que tienen tres sueños que por las dudas se callan, aunque eso nunca impidió que no se cumplieran. Las cuatro, con su bipolaridad a cuestas y su extraña, a veces incómoda, locura. Bienvenido sea.

lunes, 16 de julio de 2012

Ana



No le pidas que duerma con los ojos abiertos porque no es posible. Los sueños no son los mismos, no le agradan, nunca se cumplen.

Ana giró la cabeza, la torció lo suficiente como para que se le desprendiera. Los músculos se tensaron, la piel pidió ser arrancada, el dolor se volvió costumbre. Sólo quería girar sus pensamientos, tornarlos hacia el otro lado, el lado que debía ser. Como si la mental se construyera en semejanza a la fuerza física, entendiendo que el cerebro es un órgano que puede ser entrenado. Entendiendo que el corazón, aunque simplemente fuese la máquina de bombear, también.

A Ana la llena el pasado inventado y el futuro con pocas oportunidades. De todos los vicios, es su preferido. El que más sonrisas le saca. Aunque lamenta que su eje principal sea la falta de realidad. Ana es fantasiosa, pero no tarada. Sabe que lo que hace está mal. Sabe que le podrían cortar las manos por ello. Pero al final nunca le importa. Al final vale más ese viaje con sueños que los callos por caminar descalza y sentir el suelo.
Ana, solo ella, sabe su destino. Y lo acepta, por la simple razón de no tener el valor para cambiarlo. Escupir para arriba, y no tener la fuerza para moverse, siempre trae el mismo resultado.
Ana finalmente pide que le corten la cabeza, es la mejor solución. El andar del cuerpo será más liviano y los pies no tendrán callos por la falta de sobrepeso. Pero antes de arrodillarse, sonríe una vez más. Ana está pensando en su pasado imaginario, el futuro con pocas oportunidades ya dejó de ser una opción.

jueves, 23 de febrero de 2012

El Flaco


No recuerdo la primera vez que escuché “Muchacha ojos de papel”, pero sí esas vacaciones en Gessell, las primeras sola, los que me hacían sentirme “grande”, conviviendo con cinco o seis amigas en un departamento de tres ambientes.

Algunas pedían que por favor eligiéramos otro disco, que dejáramos de escuchar el cd grabado con 11 canciones entre las cuales estaba esa, y que poníamos una y otra vez mientras nos arreglábamos para salir. Teníamos 15 y 16. Recuerdo un silencio sepulcral, primero, y un coro desafinado que intentaba entonar “no llores más muchacha, corazón de tiza”. Lo otro que se me aparece segundo en la memoria, salteándose unos cuantos escalones en la cronología de mí vida, es que uno de esos amores cortos, pero lindos, de los que quedan como un guiño feliz en el alma, me regaló Cantata de puentes amarillos. Me la pasó por msn, y cuando la escuché literalmente me crujió el corazón. Y por último, volviendo caprichosamente atrás en el tiempo, aparece en mi memoria el campamento de sexto grado, cinco amigas y yo, rodeando los parlantes del discman, para aprendernos de memoria las canciones de Almendra y Sui Generis. Fue en uno de esos días que aprendí que la voz del Flaco era demasiado profunda para algunos momentos, que no iba con todos, que debía guardarse para esos, para los especiales. 

Ya de grande, Spinetta se sumó a la cruzada de uno de los momentos más difíciles de mi vida. Cada vez que lo vi en un recital, en una foto o una entrevista con la remera de Conduciendo a Conciencia, recordando que el alcohol, la imprudencia y el volante no se mezclan, que con eso no se jode, se me personificaba una cuota de irrealidad en el presente. Eran dos cosas difíciles de mezclar, su voz y eso que tanto me marcó, y sin embargo ahí estaba el Flaco, recordándonos que todos podemos ser, que a todos nos puede pasar, y no con el oportunismo que genera una tragedia en el presente, sino manteniendo su apoyo en el tiempo. El si se dejo la camiseta siempre puesta. 

Alguna vez a mi viejo le sorprendió, le pareció simpático y hasta extraño, que disfrutara tanto la música de su juventud. Estoy segura que pensó que era una etapa más, una moda más. Y sin embargo esa música nunca me abandonó. Hoy mi columna es otra más de las miles que surgieron en los medios y que buscan homenajear a alguien que con su arte acompañó a muchos. Cuando una persona así se va (como leí en algún lugar, las palabras no son mías) uno siente que pierde a un familiar. Spinetta logró cercanía con su música. Estar en los momentos más íntimos de miles, por no decir millones. Es como cuando uno recuerda algo por un olor o una sensación. El Flaco es ese olor y esa sensación. 

Y aunque ya no pueda crear más música, desde donde esté, nos dejó de sobra. Sus canciones son de esas que no se gastan, que no se rayan, y que sirven de por vida, para acompañarnos tanto en la memoria como en la calle, cuando uno camina ensordecido por los auriculares, o en la intimidad del presente. Por eso, la mejor forma de agradecerle, por su sinceridad, su brutalidad y por saber combinar tan bien una letra con otra, una palabra tras otra, es seguir escuchándolo y dejándolo seguir acompañándonos en todos los momentos que vendrán.

lunes, 23 de enero de 2012

Muñeca atemporal



Hace algunos años, exactamente en enero de 2006, dejé de usar reloj. Las circunstancias son obviables, pero hacen de la historia algo más que un cuento.

El lugar era Brasil. A mi pesar, fui la única de nueve personas que decidí llevar reloj al viaje. Los celulares estaban desactivados, y salvo interpretar la posición del sol, era la única fuente de información.

Las nueve, yo incluida, teníamos la necesidad de saber a cada rato en qué momento del día nos encontrábamos. Si era la hora de comer, de la siesta, de sortear quién se bañaba primero o simplemente si el horario que imaginábamos se asemejaba o acercaba al que marcaban las agujas.

Al tercer de 24 días, me cansé. Mi mochila se llenaba de arena cada vez que la averiguación se llevaba a cabo en la playa. Mi lectura se veía interrumpida unas cinco, quizás seis veces, mientras esperaba paciente mi turno para el baño. Y ese día lo dejé. A pesar de los “peros” de mis amigas, mi decisión fue irrevocable.
A la vuelta intenté reincorporarlo a mi muñeca, pero libre de ese peso temporal, había cambiado su anatomía, ya no soportaba la molestia de la maya chocando contra ella o el desagrado del calor mezclado con el roce de la piel quemada.

Hace poco me di cuenta que en mi camino hacia la redacción miraba el reloj una vez por parada. En total tengo 19 estaciones y, por lo menos, promediando y sumando las diferentes caminatas, 20 minutos a pie. Eran muchas consultas al celular, hasta que me autoconvencí de que sin importar las veces que mirara el reloj, el tiempo no iba a pasar más rápido.

Los ambientes, las circunstancias, te llevan a apresurar el ritmo de la vida misma. La ansiedad se ve en la aceleración del paso, en la molestia del ritmo. Hasta los latidos se tranquilizan cuando uno decide no pensar, ni mirar, el tiempo.

Se llega cuando se llega y se tarda en ir lo que se tarda en pensar el camino. No importa cuantos segundos conforman una cuadra o si el tren tardó dos minutos más de lo pautado en su cronograma. Cuando el tiempo se precipita, cuando urgen las ganas de alivianar el peso para llegar antes, hay que dejar de mirar el reloj. Pensar que las ganas no se condicionan con la duración, salvo que el tiempo se mida en historias recordadas, es saber que no hay prisa sin apuro.

(Publicado el 15 de enero en la contratapa del Diario La Unión)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Consejos de él, para una soltera como yo


Me quedo con la frase de un amigo: "se llama empezar a vivir".
Entre su ironía y mi cara de “no estoy para esos trotes” hay un viaje largo en el 160 y una historia de caminos.

Mi hipótesis central es que asociar un colectivo a una persona es perder un recorrido para siempre. Para él, esa asociación libre es cagarte un viaje con música deprimente y pensamientos que se terminan apenas pisa el cordón de la vereda.

Los bombones rellenos nunca son buenos, si no son de menta tienen licor rancio o algún relleno viscoso de origen desconocido. La misma sensación que me da retornar al sinuoso camino de las citas (sin saber cuando decidí alejarme de esas rutas con derrumbes programados) o como dice él, mi amigo (al cual vamos a mantener bajo el anonimato de ese pronombre), “volver al ruedo”.

Cada vez que huelo la lluvia próxima de verano pienso en el pobre desgraciado que será blanco de mi próximo enamoramiento. El olor de esas gotas despierta mis instintos más clichés y me nubla de romanticismo hasta el próximo invierno, o hasta que el verano le ponga fin a un sentimiento que en algún momento creo indeterminado.

Entre octubre y noviembre encuentro al amor de mi vida para luego abandonarlo (o ser abandonada, lo cual sensibiliza mi lado de drama queen) en febrero, cuando a la magia de los treinta grados le queda poco más de un mes.
“Esa soy yo, la que siempre comete el mismo error de creer que los amores de verano pueden llegar a durar más allá del 21 de marzo”, le digo a él, que ahora me mira con cara de “cuanto falta para tu parada o para que se termine este lamento”.

Y largo mi segunda hipótesis, esta vez cargándola de ironía para que el semáforo dure menos: “No se si es miedo a que baje la temperatura y los hombres decidan ponerse polera o al compromiso”.

Durante un silencioso autodebate, mientras mi amigo responde su teléfono de ringtone rockero, una pareja hace lucha de dedos en la vereda más cercana y acapara mi volátil atención. La historia es así: caminan agarrados de la mano. Instintivamente ella se la aprieta demasiado, por nervios supongo, él (que no es mi él sino el de ella…) intenta estirar los músculos sin que ella lo note. Ella, cada tanto, se la suelta, avergonzada. Él, con ternura, se la vuelve a tomar. Los dedos se estrangulan unos a otros, pero felices, son dedos que mueren entreverados, pero felices.

Mi amigo corta su misteriosa llamada y le digo: “ves, eso quiero yo”, como cuando pasaba por la vidriera de la juguetería que en su nombre tenía la palabra “mundo” y veía la nave espacial playmóvil que completaría mi vida con la misma intensidad que ahora lo haría un hombre. Su respuesta son dos ojos perdidos en las cuencas superiores de su cara.

“Esto lo vas a escribir ¿No?”, se sabe víctima de mi columna, pero hay una autorización oculta en esa frase y en la siguiente: “ya que le hablas a las minas solteras, poné que no sean tan histéricas”. Mi respuesta es un reproche verborrágico, un “no entendés nada”, un caes en la misma que todos lo hombres y en un suspiro que lo saca aún más.

Como todo viaje, se termina. Este colectivo, el 160 tiene una persona asociada, y mi amigo lo sabe. Después de pasar por el boliche donde nos dijimos el primer hola, el bar donde conocimos el adiós (que según mi memoria subjetiva fue mutua) y las cuadras que recorrimos de la mano, pero sin estrangular nuestros dedos, mala señal. No hace falta sacar el google map para explicarle a mi amigo el recorrido de esa frustración, la conoce más que yo.

Pero con miedo a deprimirme en plena cuenta regresiva hacia el verano, con la apertura mental para volver al sinuoso camino de las citas y las ganas de que todo sea más sencillo, me vuelvo a quedar con una frase, mejor dicho una palabra, que me dijo antes de bajarme, dos paradas antes que él: “relájate”.