miércoles, 24 de octubre de 2012

La razón de su vida



Buscó la calle más tranquila para caminar y leer, a la vez. El problema era la luz, la calle más tranquila carecía de luz. Tres cuadras y lo vio. Pelado por elección, estaba invertido. La barba era su mayor atributo. Lo miró, sabía que era él. Se había enamorado, quiso decirle que era la razón de su vida, pero no se animó, siguió caminando y cruzó de calle, justo cuando él tenía que pasar a su lado. Siempre se enamoraba de los hombres del subte, pero esta vez era diferente, había elegido esa calle, esa cuadra.

Se dio cuenta que buscaba el éxito del personaje. La historia de su personaje carecía de cualquier triunfo, pero ella lo buscaba. Le faltaban nueve páginas y sabía que el final era peor. Pero no se imaginó que el desconsuelo estaba escrito. El final le produjo tanta angustia que quiso volver, buscarlo, decirle que su final, “nuestro” final, no iba a ser tan determinante. Determinante, pensó en esa palabra. Pensó en recorrer sus pasos desafiando al tiempo, buscarlo, decirle que iba a cuidar de su perro, que sería de los dos. “Nuestro” perro. “Nuestra” vida.

Recordó lo mal que le hacían los finales, los libros. Su mamá siempre de decía que leyera más despacio, que las páginas no se comían, se disfrutaban. Decidió que tenía razón, pero que la razón no era tan fácil de cumplir. Se acordó de aquel, el que tenía el pelo en el orden correcto, pero la mente desordenada, invertida. Recordó como había vivido a través de esa historia que sí le pertenecía, pero que se había convertido en leyenda, en una fábula con moraleja negativa.

Enseguida cambió sus pensamientos. Su mamá también le decía que invirtiera su tiempo en los pensamientos correctos. Nunca le gustó esa compañía. Era “poca cosa para su hija”.

Releyó el final por última vez. La primera había sido al principio, después de las tres palabras que marcaban el comienzo siempre leía las últimas tres. Era un hábito difícil de cambiar. Y le volvió esa sensación de cómo vivir sin esa historia. De no poder parar de pensar a través de esas oraciones cortas, como de largometraje bizarro.

Su vida, la que le había tocado, le resultaba a veces tan insoportable que necesitaba vivir de ellos, los libros, las historias que la robaban de su tiempo, de su lugar inexistente.

Finalmente pensó que era mejor, la historia con el pelado no iba a resultar, no podía ser tan hipócrita consigo misma, no le gustaban los perros y el estaba acompañado por un ovejero alemán. Decidió que hasta era mejor la conclusión de esa historia, ese cuento, porque habría otros, otras páginas por revolver, a velocidades irreconocibles, total, la vida le iba a alcanzar para vivir otras vidas, reinventar esas otras personalidades. Llegó a su casa y, tras ponerle nombre y fecha, lo guardó en la biblioteca izquierda, en la más importante, según su disposición. Y pensó en ese otro aquel, el de la sonrisa china, quizás ese otro aquel fuese, finalmente, el personaje de su historia.    

miércoles, 29 de agosto de 2012

Nuevas palabras para callar



Sabías que me estaba quedando sin secretos, te los había contado todos. Pero no podía quedarme callada, el miedo a tu ausencia me llevó a explicarte mi sensación más extraña:

A veces, siento que mi vida es una película. Argentina. De esas que tienen silencios prolongados, cotidianos, sin nudo o desenlace. O quizás los tienen, pero son irremediablemente borrosos, como su principio y su final. Me pasa bastante seguido, cuando llego a Constitución y, dueña de un cerebro agotado que no quiere parar, sólo puedo mirar mis pasos. Mis pies saliendo del vagón, pisando el rectángulo amarillo que antecede a la puerta, pisando el cemento sucio de la estación. Pisando sus quebraduras, líneas que memoricé en la primera semana de viajes. Mi cuerpo rebotando con ajenos, la cartera apretada contra el pecho.

Antes de llegar al final, o al principio, justo donde el piso se vuelve diagonal, miro el reloj. Pero la hora no me dice nada. Los ruidos rebotan antes de llegar. Y todo parece detenido en el tiempo, en un tiempo ajeno a ese reloj, tan importante para los que se van y tan sin sentido para los que llegan. El no lugar, el no tiempo me prometen la escena más conmovedora del film.

Cuando llegué a ese punto, ya no me escuchabas. La mitad de tu cuerpo se había ido. Por suerte, tu mitad inferior. ¿Por suerte? Pero igual ya no me escuchabas. Continué con mi relato, intentando seducir a lo que quedaba de vos.

La sensación extraña me pasa cuando estoy rodeada de otros. De demasiados otros. Si hay música de fondo mejor. Pero no te preocupes, nunca tengo el coraje suficiente para piantarme y obligar al resto a cantar conmigo o a bailar una coreografía de movimientos descoordinados. Es que en estos momentos raros, si la música es lo más ajena posible a la situación, mejor. Mucho mejor. Un cha cha chá, por ejemplo, o una cumbia de pasitos cortos y frentes sudadas.

Cuando terminé de explicarte mi extraña sensación me di cuenta que sólo quedaba tu sombrero. Te lo habías olvidado. Quizás lo dejó a propósito, pensé. Y quise también pensar que era tu carta de despedida, que me lo habías dejado para que lo usara el resto de mis días. Pero antes de elaborar el origen de mi ilusión, tu mano volvió por él. Sólo tu mano, el resto de tu cuerpo se quedó esperando a lo lejos, para no sentir la alergia que le producía mi piel.

Y tomé la decisión de alejarme yo también, de tomar el camino opuesto, aunque no fuese mi camino, para dejar de ver tu cuerpo a la distancia, para que los sonidos fuesen directo a mis oídos, sin rebotes, sin ecos. 
Primero se alejó mi cabeza, la madama de la decisión. La siguió el tórax, propietario de mis latidos, y los pies, para no arrepentirme de la apuesta ya jugada. Finalmente el resto, regidos por un orden de importancia que se basó en mi dependencia a tu cuerpo.
 

Y así nos quedamos, vos con mis viejos secretos, yo con mis extrañas sensaciones, transitando un camino ajeno que pensaba hacer mío, buscando nuevas palabras para callar y un nuevo cuerpo a quién contárselas. 

lunes, 27 de agosto de 2012

Le Shoebox



Hace un tiempo, ya casi un mes, que vivo en Le ShoeBox (para los que no la conocen, mi pequeño pero adorable monoambiente). Vivir en pocos metros cuadrados tiene sus desventajas, pero también sus beneficios. En la no tan larga lista de contras se destaca el orden: si dejas una remera tirada, parece que acumulaste la ropa de una semana y las paredes te empiezan a acorralar. Una pelusa se asemeja a esas bolas que dan vueltas por el desierto. Tener una mesa sin sillas está bárbaro, porque ocupa poco lugar, pero su utilidad pasa a ser nula. Sin embargo, esas cuatro paredes, por más encima que se te vengan, son tuyas. Encantadoramente tuyas. 

Debo admitir que me volví más pulcra desde que tengo menos baldosas. Me involucro con cada azulejo, los platos están siempre limpios y las manchas en los vidrios se están volviendo una nueva adicción. Levantarse y mirar por esa ventana, saludar al sol, respirar profundo y desperezarse con una sonrisa. Por más que dure lo que tardo en atravesar la puerta, vale la pena.

En la cocina entramos yo y yo, pero desde su ventana veo los árboles más altos de la plaza, la misma que me vio crecer.

Tengo un cactus, una máquina de escribir, una cama y una heladera que, por ahora, no enfría. Tengo cuatro paredes, o más, pero que no dejan de ser cuatro. Tengo una silla que no combina, que incomoda, pero que espero que sean más.  Y que lleguen con un espejo y un sillón violeta. O quizás fucsia. Y con una cafetera de medio litro. O quizás mejor de litro entero.
Mi biblioteca es la de siempre, ordenada de la misma forma, pero diferente. Cambió el capricho: ahora los autores se mezclan más, salvo ellos, los imprescindibles. Ahora, por lógica arquitectónica, los imprescindibles están a la derecha, entre la mesita de luz y la cama. 
No tengo cortinas, o casi. Tengo cortinas que dejan entrar a la luz con una visibilidad que impacta. Bienvenida luz, qué haremos cuando llegue el verano…
Y finalmente tengo está esta experiencia nueva, singular pero no solitaria. Ahora vivo sola, o mejor dicho, conmigo misma. Vivimos nosotras, las de siempre, las que tienen tres sueños que por las dudas se callan, aunque eso nunca impidió que no se cumplieran. Las cuatro, con su bipolaridad a cuestas y su extraña, a veces incómoda, locura. Bienvenido sea.

lunes, 16 de julio de 2012

Ana



No le pidas que duerma con los ojos abiertos porque no es posible. Los sueños no son los mismos, no le agradan, nunca se cumplen.

Ana giró la cabeza, la torció lo suficiente como para que se le desprendiera. Los músculos se tensaron, la piel pidió ser arrancada, el dolor se volvió costumbre. Sólo quería girar sus pensamientos, tornarlos hacia el otro lado, el lado que debía ser. Como si la mental se construyera en semejanza a la fuerza física, entendiendo que el cerebro es un órgano que puede ser entrenado. Entendiendo que el corazón, aunque simplemente fuese la máquina de bombear, también.

A Ana la llena el pasado inventado y el futuro con pocas oportunidades. De todos los vicios, es su preferido. El que más sonrisas le saca. Aunque lamenta que su eje principal sea la falta de realidad. Ana es fantasiosa, pero no tarada. Sabe que lo que hace está mal. Sabe que le podrían cortar las manos por ello. Pero al final nunca le importa. Al final vale más ese viaje con sueños que los callos por caminar descalza y sentir el suelo.
Ana, solo ella, sabe su destino. Y lo acepta, por la simple razón de no tener el valor para cambiarlo. Escupir para arriba, y no tener la fuerza para moverse, siempre trae el mismo resultado.
Ana finalmente pide que le corten la cabeza, es la mejor solución. El andar del cuerpo será más liviano y los pies no tendrán callos por la falta de sobrepeso. Pero antes de arrodillarse, sonríe una vez más. Ana está pensando en su pasado imaginario, el futuro con pocas oportunidades ya dejó de ser una opción.

jueves, 23 de febrero de 2012

El Flaco


No recuerdo la primera vez que escuché “Muchacha ojos de papel”, pero sí esas vacaciones en Gessell, las primeras sola, los que me hacían sentirme “grande”, conviviendo con cinco o seis amigas en un departamento de tres ambientes.

Algunas pedían que por favor eligiéramos otro disco, que dejáramos de escuchar el cd grabado con 11 canciones entre las cuales estaba esa, y que poníamos una y otra vez mientras nos arreglábamos para salir. Teníamos 15 y 16. Recuerdo un silencio sepulcral, primero, y un coro desafinado que intentaba entonar “no llores más muchacha, corazón de tiza”. Lo otro que se me aparece segundo en la memoria, salteándose unos cuantos escalones en la cronología de mí vida, es que uno de esos amores cortos, pero lindos, de los que quedan como un guiño feliz en el alma, me regaló Cantata de puentes amarillos. Me la pasó por msn, y cuando la escuché literalmente me crujió el corazón. Y por último, volviendo caprichosamente atrás en el tiempo, aparece en mi memoria el campamento de sexto grado, cinco amigas y yo, rodeando los parlantes del discman, para aprendernos de memoria las canciones de Almendra y Sui Generis. Fue en uno de esos días que aprendí que la voz del Flaco era demasiado profunda para algunos momentos, que no iba con todos, que debía guardarse para esos, para los especiales. 

Ya de grande, Spinetta se sumó a la cruzada de uno de los momentos más difíciles de mi vida. Cada vez que lo vi en un recital, en una foto o una entrevista con la remera de Conduciendo a Conciencia, recordando que el alcohol, la imprudencia y el volante no se mezclan, que con eso no se jode, se me personificaba una cuota de irrealidad en el presente. Eran dos cosas difíciles de mezclar, su voz y eso que tanto me marcó, y sin embargo ahí estaba el Flaco, recordándonos que todos podemos ser, que a todos nos puede pasar, y no con el oportunismo que genera una tragedia en el presente, sino manteniendo su apoyo en el tiempo. El si se dejo la camiseta siempre puesta. 

Alguna vez a mi viejo le sorprendió, le pareció simpático y hasta extraño, que disfrutara tanto la música de su juventud. Estoy segura que pensó que era una etapa más, una moda más. Y sin embargo esa música nunca me abandonó. Hoy mi columna es otra más de las miles que surgieron en los medios y que buscan homenajear a alguien que con su arte acompañó a muchos. Cuando una persona así se va (como leí en algún lugar, las palabras no son mías) uno siente que pierde a un familiar. Spinetta logró cercanía con su música. Estar en los momentos más íntimos de miles, por no decir millones. Es como cuando uno recuerda algo por un olor o una sensación. El Flaco es ese olor y esa sensación. 

Y aunque ya no pueda crear más música, desde donde esté, nos dejó de sobra. Sus canciones son de esas que no se gastan, que no se rayan, y que sirven de por vida, para acompañarnos tanto en la memoria como en la calle, cuando uno camina ensordecido por los auriculares, o en la intimidad del presente. Por eso, la mejor forma de agradecerle, por su sinceridad, su brutalidad y por saber combinar tan bien una letra con otra, una palabra tras otra, es seguir escuchándolo y dejándolo seguir acompañándonos en todos los momentos que vendrán.

lunes, 23 de enero de 2012

Muñeca atemporal



Hace algunos años, exactamente en enero de 2006, dejé de usar reloj. Las circunstancias son obviables, pero hacen de la historia algo más que un cuento.

El lugar era Brasil. A mi pesar, fui la única de nueve personas que decidí llevar reloj al viaje. Los celulares estaban desactivados, y salvo interpretar la posición del sol, era la única fuente de información.

Las nueve, yo incluida, teníamos la necesidad de saber a cada rato en qué momento del día nos encontrábamos. Si era la hora de comer, de la siesta, de sortear quién se bañaba primero o simplemente si el horario que imaginábamos se asemejaba o acercaba al que marcaban las agujas.

Al tercer de 24 días, me cansé. Mi mochila se llenaba de arena cada vez que la averiguación se llevaba a cabo en la playa. Mi lectura se veía interrumpida unas cinco, quizás seis veces, mientras esperaba paciente mi turno para el baño. Y ese día lo dejé. A pesar de los “peros” de mis amigas, mi decisión fue irrevocable.
A la vuelta intenté reincorporarlo a mi muñeca, pero libre de ese peso temporal, había cambiado su anatomía, ya no soportaba la molestia de la maya chocando contra ella o el desagrado del calor mezclado con el roce de la piel quemada.

Hace poco me di cuenta que en mi camino hacia la redacción miraba el reloj una vez por parada. En total tengo 19 estaciones y, por lo menos, promediando y sumando las diferentes caminatas, 20 minutos a pie. Eran muchas consultas al celular, hasta que me autoconvencí de que sin importar las veces que mirara el reloj, el tiempo no iba a pasar más rápido.

Los ambientes, las circunstancias, te llevan a apresurar el ritmo de la vida misma. La ansiedad se ve en la aceleración del paso, en la molestia del ritmo. Hasta los latidos se tranquilizan cuando uno decide no pensar, ni mirar, el tiempo.

Se llega cuando se llega y se tarda en ir lo que se tarda en pensar el camino. No importa cuantos segundos conforman una cuadra o si el tren tardó dos minutos más de lo pautado en su cronograma. Cuando el tiempo se precipita, cuando urgen las ganas de alivianar el peso para llegar antes, hay que dejar de mirar el reloj. Pensar que las ganas no se condicionan con la duración, salvo que el tiempo se mida en historias recordadas, es saber que no hay prisa sin apuro.

(Publicado el 15 de enero en la contratapa del Diario La Unión)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Consejos de él, para una soltera como yo


Me quedo con la frase de un amigo: "se llama empezar a vivir".
Entre su ironía y mi cara de “no estoy para esos trotes” hay un viaje largo en el 160 y una historia de caminos.

Mi hipótesis central es que asociar un colectivo a una persona es perder un recorrido para siempre. Para él, esa asociación libre es cagarte un viaje con música deprimente y pensamientos que se terminan apenas pisa el cordón de la vereda.

Los bombones rellenos nunca son buenos, si no son de menta tienen licor rancio o algún relleno viscoso de origen desconocido. La misma sensación que me da retornar al sinuoso camino de las citas (sin saber cuando decidí alejarme de esas rutas con derrumbes programados) o como dice él, mi amigo (al cual vamos a mantener bajo el anonimato de ese pronombre), “volver al ruedo”.

Cada vez que huelo la lluvia próxima de verano pienso en el pobre desgraciado que será blanco de mi próximo enamoramiento. El olor de esas gotas despierta mis instintos más clichés y me nubla de romanticismo hasta el próximo invierno, o hasta que el verano le ponga fin a un sentimiento que en algún momento creo indeterminado.

Entre octubre y noviembre encuentro al amor de mi vida para luego abandonarlo (o ser abandonada, lo cual sensibiliza mi lado de drama queen) en febrero, cuando a la magia de los treinta grados le queda poco más de un mes.
“Esa soy yo, la que siempre comete el mismo error de creer que los amores de verano pueden llegar a durar más allá del 21 de marzo”, le digo a él, que ahora me mira con cara de “cuanto falta para tu parada o para que se termine este lamento”.

Y largo mi segunda hipótesis, esta vez cargándola de ironía para que el semáforo dure menos: “No se si es miedo a que baje la temperatura y los hombres decidan ponerse polera o al compromiso”.

Durante un silencioso autodebate, mientras mi amigo responde su teléfono de ringtone rockero, una pareja hace lucha de dedos en la vereda más cercana y acapara mi volátil atención. La historia es así: caminan agarrados de la mano. Instintivamente ella se la aprieta demasiado, por nervios supongo, él (que no es mi él sino el de ella…) intenta estirar los músculos sin que ella lo note. Ella, cada tanto, se la suelta, avergonzada. Él, con ternura, se la vuelve a tomar. Los dedos se estrangulan unos a otros, pero felices, son dedos que mueren entreverados, pero felices.

Mi amigo corta su misteriosa llamada y le digo: “ves, eso quiero yo”, como cuando pasaba por la vidriera de la juguetería que en su nombre tenía la palabra “mundo” y veía la nave espacial playmóvil que completaría mi vida con la misma intensidad que ahora lo haría un hombre. Su respuesta son dos ojos perdidos en las cuencas superiores de su cara.

“Esto lo vas a escribir ¿No?”, se sabe víctima de mi columna, pero hay una autorización oculta en esa frase y en la siguiente: “ya que le hablas a las minas solteras, poné que no sean tan histéricas”. Mi respuesta es un reproche verborrágico, un “no entendés nada”, un caes en la misma que todos lo hombres y en un suspiro que lo saca aún más.

Como todo viaje, se termina. Este colectivo, el 160 tiene una persona asociada, y mi amigo lo sabe. Después de pasar por el boliche donde nos dijimos el primer hola, el bar donde conocimos el adiós (que según mi memoria subjetiva fue mutua) y las cuadras que recorrimos de la mano, pero sin estrangular nuestros dedos, mala señal. No hace falta sacar el google map para explicarle a mi amigo el recorrido de esa frustración, la conoce más que yo.

Pero con miedo a deprimirme en plena cuenta regresiva hacia el verano, con la apertura mental para volver al sinuoso camino de las citas y las ganas de que todo sea más sencillo, me vuelvo a quedar con una frase, mejor dicho una palabra, que me dijo antes de bajarme, dos paradas antes que él: “relájate”.

sábado, 8 de octubre de 2011

Todos

A cinco años...


Solo una vez escribí sobre esto para alguien más. Puedo hablar del tema, la gente a veces se asusta por la facilidad con la cual cuento los hechos. Pero la palabra escrita para mi tiene otra importancia. Es difícil, me cuesta, le da un valor que no puede ser borrado y menos aún si está escrito en un diario. Suelo usar este espacio para reírme del amor, dramatizarlo, actuarlo, mentirlo y hasta sentirlo. Suelo darle vuelta a las palabras, jugar con ellas para que digan lo contrario de lo que suelen decir. Pero esta vez, esta vez quiero ser sencilla y directa, para que se entienda, pero sobre todo, se sienta.

Hace cinco años, el 8 de octubre de 2006, volvía de la escuela que apadrino, en el Paraisal, Quitilipi, Chaco, cuando un camionero ebrio choco el micro en el que viajaba. Nueve compañeros y una profesora fallecieron. Y la vida de muchos otros se modificó, irremediablemente.

Recuerdo cada detalle de ese día. El antes y el después. El ir enterándome de a poco de lo que había sucedido y pensar que eso no podía estar pasándome a mí. Hay cosas que uno jamás va a poder olvidar y aprende a vivir con ellas, pero cuando la realidad se convierte en una hecho constante, duele aún más.
Como periodista me toca ver y editar noticias sobre accidentes todos los días. Como persona, me toca revivirlos en los medios, todos los días. Y cada vez se me encoge un poquito más el alma. Se vuelve a estirar, con el tiempo se vuelve a acomodar en su lugar, pero eso no significa que no duela.

 No es accidente lo que se puede evitar. Eso es lo que aprendí a la fuerza hace cinco años. No es accidente si realmente se puede evitar, pero sobre todo si se quiere, si esta la voluntad. Porque ese conductor decidió manejar en ese estado, pero si los bares al costado de la ruta no vendieran alcohol, no se hubiese podido emborrachar. Si existieran más controles en las rutas, mejores rutas, si los peajes reportaran cuando ven algo extraño, al igual que otros conductores, si todos decidiéramos no hacer la vista gorda, es camionero ebrio no hubiese llegado al punto de conducir casi en coma alcohólico, por la ruta 11. Y doce personas, en total, no hubiesen perdido la vida. 

1.2 millones de seres humanos mueren anualmente en el mundo por accidentes de tránsito. Durante 2010, 7.659 argentinos perdieron la vida en las calles y rutas del país, 21 cada día, 638 cada mes. Lideramos el ranking mundial y esta vez, ser los primeros, no es un orgullo nacional.

Tantas veces me pelee con amigos que luego del accidente siguieron manejando ebrios, como si ellos fueran inmunes. "Yo puedo manejar, voy más lento, pero puedo". "Tengo buenos reflejos". “No tomé tanto, he manejado estando peor”. Son todas excusas baratas, pretextos que pueden quitarle la vida no solo a uno, sino muchos, miles.

Hace poco, luego de un pequeño choque que tuve yendo al trabajo, alguien me dijo: "vos tenes algo con los accidentes". En ninguno de los dos iba manejando yo. Aun así, no tengo algo con los choques ni los choques tienen algo conmigo. Porque no pasa una sola vez, no pasa dos,  pasa miles de veces por día.

No sé cuanto efecto tendrán estas palabras, pero por lo menos a mi me sirve escribirlo. No es muy difícil de entender, si manejas no tomes. Si vez que el conductor a cargo tomó, no te subas, sacale las llaves, no lo dejes manejar.

Que una de las mayores epidemias del mundo se podría evitar tan solo tomando conciencia, pero que aún así no lo logramos, es una de las mayores estupideces que escuché en mi vida.

Miles de vidas se modifican irremediablemente por día y no hablo solo de las que se pierden, sino las de sus familias, amigos, las que lograron sobrevivir pero que van a llevar una marca siempre, cada vez  que la calle se los recuerde.

Divididos, en su disco Amapola del 66, en homenaje a los que perdieron la vida ese 8 de octubre interpretan una canción que en su estribillo dice: Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser. Y más allá de la verdad que encierran estas palabras, y más allá de que no te interese pensar en nadie más que en vos, desde tu egoísmo aunque sea… no mates, respetá, por favor, a los que optamos por seguir viviendo. 


(Columna publicada el 9 de octubre en el Diario La Unión)

domingo, 21 de agosto de 2011

Chamuyo en Red


Es cuestión de actitud. Ya lo decía Fito. El chamuyo a través de redes sociales queda más en la actitud cibernética del posible candidato que en las ganas de que se haga realidad. El tema ahí son los ex, los muertos en el placard y esos que siempre te parecieron lindos pero que ni por casualidad te animás al “¿Perdón, nos conocemos?"

No soy de las que creen que el futuro amoroso se puede encontrar online, conozco casos, pero creo que son como esas enfermedades raras, que se cuentan por millón. Pero tampoco lo creo un mal innecesario, se puede, cada tanto, darle bola al chat de ese desconocido que sí te dice “¿Perdón, nos conocemos?”. Mal no le hace a nadie, y como mucho, el inhumano pero efectivo “eliminar” siempre está a dos clicks de distancia.

La cuestión es cuando el amigo de tu amigo que conociste durante unos breves quince minutos, en una fiesta olvidable pero presente en tu memora gracias a él, te agrega a Facebook. Lo normal es que te dedique un “¿Te acordás de mi?”, pero suele ser más común que quede todo ahí o que se dedique a mirar tus álbumes de fotos a que te hable. He ahí la cuestión, ¿Para qué agregar a alguien si no le vas a hablar? Cuando el chamuyo no llega a ser ni monosílabo, es cuando más odio me genera.

La otra cuestión es cuando cambiás tu estado civil. Siempre fui de las que deja ese casillero vacío, pero un día se me dio por asumir públicamente mi soltería y fue menos productivo que chupar ostias. Lluvia de comentarios. Que si antes no estabas soltera, que si acabás de cortar y con quién, porqué una chica como vos esta sola (¿una chica como qué? ¿Con esta cantidad enorme de problemas psicológicos? ¿Con cuatro piernas como reina de circo? Ahh no, solo era chamuyo…). La verdad es que hubiese sido menos efectivo y más productivo gritarlo por la ventana y que me contesten tan solo un par de locos.

Pero sin perder el hilo de esta conversación (mental y pública), aceptemos que, cada tanto, esos mensajitos perdidos de extraños nos hacen bien al ego y al autoestima (claro que son cosas diferentes). Por eso, quedarse hasta las tres de la mañana conociendo a un posible compañero de departamento, cuando tenes bien en claro que te vas a mudar sola, no siempre está tan mal. Te acompaña en el insomnio, te saca una sonrisa cuando al otro día te levantás y recordás la conversación y es, quizás, un posible futuro candidato. ¡Ojo! amigos de amigos eh. Nada de desconocidos que pueden tener un cuchillo escondido detrás de la camisa en la primera cita.

Por eso, a pesar de que la hiperconectividad tiene sus contras y que, aunque no le quieras dar tu teléfono a algún androide insoportable se las va a arreglar para encontrarte online, seamos realistas: en épocas de príncipes flacos y donde el azul se convirtió en marrón, quizás, solo quizás, el caballero que esperás llegue a través del cable Modem.

sábado, 20 de agosto de 2011

Caminando libros



Suelo tener la tendencia suicida caminar y leer a la vez. Si, y también puedo masticar chicle. Conozco los caminos a mi casa con menos gente, para tropezarme lo menos posible, y los departamentos que se iluminan solos de noche, para aprovechar la luz. Más de una vez estuve al borde de la muerte y me salvó un bocinazo. Me he quedado parada por tiempos indefinibles en las esquinas esperando que el semáforo cambie, cuando ya lo había hecho varios pares de veces. También he pisado varios “regalos”, que de suerte no tienen nada, por andar mirando en la dirección correcta, pero sumergida entre las hojas.

Espero a mis citas con un libro en la mano y si es necesario, un lápiz o resaltador. Apoyada en alguna pared, o esperando que me abran la puerta. Espero así porque son esos mundos, los que se dibujan entre las letras, los que me sacan el nerviosismo del primer encuentro que suele durarme, por lo menos, hasta la decimonovena cita. Pero cuando el susodicho arriba, lo guardo rápido, para que no se note el nerviosimo trasmitido a mis manos. 

Cuando la lectura lo permite, camino a su ritmo. Pasitos cortos o largos, dependiendo de la gramática. Saltitos espásticos o ritmo simétrico, según el personaje. Creo que fue Romeo y Julieta quien me cobró un bastante doloroso esguince, porque convengamos que creerse Julieta en medio de una avenida no tiene nada de seguro.

Es que hay libros, personajes, que permiten un caminar distinto, que permiten ser caminados. El balance de ritmo y miradas furtivas hacia adelante depende proporcionalmente del volumen del tono, pero no de la cantidad de páginas sino del peso de cada historia. He visto varios lectores sueltos en la ciudad. He visto como las baldosas sueltas se ensañan con ellos y como los demás se molestan por la pérdida de equilibrio cuando sueltan el caño del colectivo. Hasta me he topado con lectores sueltos que llevan el mismo ejemplar que yo, coincidencia que se merece una sonrisa y un mostrar de página, para saber por dónde anda cada uno. 

Por eso, sin ánimo de contagiar, tan solo siendo una modesta invitación, un aliento hacia una experiencia nueva, proclamo a la lectura caminante como la fusión de dos aventuras, la de caminar por esta ciudad y la de andar por esa otra, la que se lleva entre mano y mano, con ritmos disímiles y con tropiezos bien merecidos, la que cambia según el encuadernado. Y con esa bipolaridad de mundos, llevarse por delante a más de uno, que quizás no esté leyendo el mismo libro, pero él o ella ya lo haya hecho y, juntos, poder terminar esa nueva historia.