miércoles, 29 de abril de 2015

¡No me mires!


Me cuesta mantener la mirada, siempre me costó.

Me cuesta porque sé que, cuando miro a alguien a los ojos, digo demasiado.
Sin abrir la boca, digo demasiado.

La verdad sale por mis ojos, la siento, presiona desde adentro, me seca las pupilas y se dispara directo a la mente ajena.

Es por eso que mentir no sé, y cuando me sale, las pocas veces que me sale, me asusto, me enfrío, me siento electrónica.

Por eso, ¡no me mires! te voy a evitar. Aún en la conversación más simple. Mirarte es el encuentro más vulnerable.


El día que mire y encuentre otra mirada de pupilas secas, será el día que vuelva a mirar.

martes, 30 de septiembre de 2014

No fue amor



Su relación estaba muerta desde el principio. Como esa película Blue Valentine, o esa otra, El amor primera parte. El primer libro que ella le prestó a él, hablaba sobre eso. Era una historia sobre el desapego, donde él moría y ella rearmaba su vida. Su canción era Clara, otra historia, donde el que se quedaba solo era él, y sin vida que retomar, pegado a un recuerdo.

Su vida juntos estaba quebrada desde que empezaron a no planearla. A dejarse llevara por el viento. Creían quererse con locura, no amarse, pero si quererse de una forma tan fuerte como inaceptable. Lo sentían en cada mirada. Pero las miradas, y sobre todo los secretos, no son siempre tan fuertes, ni tan verdaderas como aparentan ser. El tiempo trajo esa ironía. Saber que aquello que parecía único, era múltiple.

Quizás, solo en un rincón remoto de lo que ellos llamaban mintiéndose amor, había una esperanza. Relaciones peores han sobrevivido, las conocían, sus amigos eran los protagonistas. 

Dicen que es lo último que se pierde, la esperanza, pero ellos comenzaron sabiendo que no la tenían. Se mintieron, la intentaron sembrar, pero ambos olían falsedad cuando respiraban profundo.

Y como historia que no tiene principio, tampoco tuvo final. Se disolvió, diluyó, absorbió, procesó, desintegró. Él la dejó de llamar, ella nunca pensó en atender. 

Ambos estuvieron de acuerdo sin saberlo, cada uno a su tiempo, cada uno cuando pudo. Porque se quisieron, eso nunca estuvo en duda, pero no se amaron y eso, eso siempre lo supieron.

domingo, 18 de mayo de 2014

Delirios de domingo



Aprieta las venas saber que nunca estuve enamorada, o que lo estuve demasiadas veces. Se siente como la Línea D a las 8 de la mañana. Sofocante, opresivo, sudoroso, agobiante. Te rodea la angustia al pensar que te dejaron de querer, la noción de que el cambio te aleja. A veces las ganas de dar amor no encuentran destinatario, al contrario que la ira y similar a la suerte. 

Y esas ganas locas de ser y de sentir y de pensar lo que uno quiere ser. Ya no soy la que era y tampoco quiero serlo. Pero por una extraña razón sigo soñando lo que quise ser. Exactamente igual que antes, sin una coma de diferencia. Cuan extraño es querer ser lo que quería ser, sin ser lo que era. 

A veces quisiera ser aquello que no fui, pero siendo lo que soy. La elección de caminos,  desvíos,  vueltas atrás y trotes hacia el futuro. Soy lo que fui,  lo que quise ser, lo que soy, lo que quiero ser. Soy la extraña mezcla de todo eso.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Adicción irreal


Soy adicta a imaginar, debo confesarlo. Cuando pienso en lo que pudo ser o en lo que podría ser produzco endorfinas suficientes para llenarme la panza de felicidad.  Esa felicidad que la realidad rara vez proporciona.

Pienso lo que podría haber sido y lo que podría ser sin diferencia alguna.

Soy adicta a soñar y ya da vergüenza confesarlo. Pero me genera la misma paz el pasado inventado que el quizás idealizado.

Existo queriendo ser y siendo lo que soy sin diferencia alguna.

Soy adicta a escapar, a buscar una salida. Me cuesta entender que el presente impone una razón de batalla ganada. Me reconforta el futuro deseado y el falso pasado.

Hago lo absurdo para no encontrar diferencias en estos mundos paralelos, pero al final, sé que existe sólo uno.

jueves, 6 de marzo de 2014

Mi primer "te amo"




Hubo un día que el llanto me hizo doler la garganta. Desde ese día, cada vez que lloro y mis cuerdas vocales se empiezan a tensar, sé lo que se viene. Recuerdo perfectamente ese día, toda tu violencia se volvió palabras. 

Querías lastimarme, de eso no tengo dudas, elegiste cada una de las cosas que alguna vez te conté para rasguñarme. Tiene buena memoria pensé, mientras contenía todo nuestro pasado en el cuello, justo en la nuca, donde suelen comenzar las contracturas. Ese día te volviste tensión para mi, de la que te marea hasta caer.



Me repetiste que te utilizaba sólo para subir mi autoestima, que no podía querer a nadie, que iba a pasar San Valentín con mis amigas, como si eso fuese algo malo. Lo hice, y fue el mejor día de los enamorados.


Pero el llanto quebró mi garganta después, no enfrente tuyo, nunca enfrente tuyo, siempre después. En ese momento quise parecer calmada, pero admito, nunca fui buena actriz. 


En un día, en varios momentos, nos despedimos. No supe nada más de vos ni vos de mi, hasta que te volviste un mal sueño. Lo único que me queda es pensar que, aunque me arruinaste mi primer “te amo”, no lo escuché por última vez. Estoy segura que el próximo, el verdadero, el no obsesionado, el libre de celos, el justo, borrará al anterior.

martes, 9 de julio de 2013

No sé si te diste cuenta



Nunca me gustó lavar los platos. No sé si te diste cuenta, porque cada vez que venías a casa no te dejaba ni levantar la mesa, escondía los guantes y lavaba todo a mano pelada, sin dejar un resto de comida, puteando por dentro porque se me saltaba el esmalte. En tu casa hacía lo mismo, aunque comiésemos siempre la misma pizza con servilletas. Lavaba los platos de toda la semana, las tazas de café acumulada, sospechando que eran demasiadas para los días que habían pasado desde mi última visita, las dos copas de vino y los siete vasos con resto de cerveza que habían dejado tus amigos el fin de semana. Hasta metía en el tarrón de las llaves el arito que había encontrado tirado, al lado del sillón.
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No sé si te diste cuenta, pero nunca me gustó la combinación de tu perfume y el jabón berreta que usaba tu vieja para lavarte la ropa. Pero no podía decir nada, por lo menos no la lavaba yo.

Odiaba los gustos de helado que elegías. No sé si te diste cuenta, pero ya nadie pide menta granizada y menos combinada con crema del cielo. Tu falta de buen gusto a la hora de elegir un chocolate demostraba la mezquindad de tus bolsillos. Ahí me di cuenta que ni billetera mata galán, ni galán mata billetera.

Estoy segura que no te diste cuenta, pero fueron más años de desamor que de amor. Pero una vez que rompí el cerco barato de plástico de segunda mano que no me dejaba olvidar, a pesar de ser la más olvidadiza de todas, lo logré. Y ahí estoy segura que sí te diste cuenta. Mi sonrisa valió más que la extensión de la garantía de la heladera que pagamos entre los dos, la que iba a ser reina del departamento que nunca llegó. Te la dejé, yo quería una con freezer no frost y menos peso sentimental en los cajones de la verdura. Y me fui feliz, livianita, con menos tazas para lavar y el orgullo comprado de pozo, baratito y de construcción lenta, ganándole a la inflación con el precio del ladrillo todavía desfasado.  

martes, 2 de julio de 2013

La extraña sensación de no extrañar


Vi a un nene correr, escapando de su hermano, y lo sentí. Ese miedo feliz, lleno de nerviosismo y con la contradicción a cuestas de querer huir y ser atrapado. Esa que sólo le pertenece a la niñez, cuando el escapar es un placer.

Y vi a una nena, desesperada, comiendo el helado que ya cubría toda su mano. Y recordé esas ganas de lo inmediato, de la rapidez, pero saboreando cada minuto, cada pliegue de los dedos.

Hay momentos que sólo se pueden recordar con sensaciones, que ya no vuelven. Y ahora, que miro para otro lado, me acuerdo de aquella vista, la de hace días, meses, años, no tan lejana, pero a la vez tan distante, que sólo se siente con el recuerdo. Y aunque vuelva a los mismos lugares, ya son otros. Y aunque quiera saborear y oler lo que el tiempo me alejó, el hoy ya es otro, y el ayer no es más que un extraño al que miro con la bipolaridad de la simpatía y la pena.

Y lo feliz se mezcla con la extraña sensación de no extrañar lo que ya no está. Los cambios son raros, más aún cuando te sientan bien.

martes, 15 de enero de 2013

La Reja



Los fines de semana y veranos de mi primera infancia transcurrieron en Moreno. En una alpina diseñada y construida por mi papá, bajo el ojo contador de su mujer y el nombre de La Reja.
Es poco lo que recuerdo en imágenes, son los sentidos los que cada tanto me la traen a la memoria. Y esos primeros años inmensamente cargados, sentidos, vuelven a mi. Solos, pensantes, con olores, sonidos, pesos y sabores.

El olor a las gomas quemadas en la ruta cercana, el empacho con nueces verdes, el arenero y el reinado de sus hormigas. La lluvia húmeda, mojando el naylon que cubría la pelopincho, y las gotas sonoras rebotando en la pileta de Oscar, el vecino, que cada tanto visitábamos y se nos asemejaba a un mar de infinitas posibilidades. Y las castañas de cajú, como olvidarlas.

El ladrido de Alan, el perro policía de al lado, al que nunca me dejaban tocar pero que yo creía mío. Las gotas de sudor en verano, al subir la escalera caracol que conducían a los cuartos y que nos habría la puerta al mismísimo infierno, embotado en ese techo a dos aguas. El peso de la máquina de hacer pastas de mi abuela, que ni los ladrones soportaron y abandonaron a mitad de la calle de tierra, llevándose todo lo demás.

La casa en el árbol que nunca fue, inconclusa, prometiendo ser para alguien más. Las hamacas de ruedas de tractor, fuertes, eternas, con agua acumulada en sus canaletas. El juego de living para tomar el té, todo de caña y solo apto para menores de seis o cuerpos delgados que pudiesen ser contenidos por sus brazos. Las antorchas improvisadas con el fuego del asado, con mi amigo de turno; las guerras con semillas de sandía y mi mamá gritando que las íbamos a levantar una por una. Las bolsas con agua colgando en cada esquina, como un rezo para ahuyentar a las moscas y avispas.

El árbol de Navidad más grande del mundo, nunca antes visto, y con las raíces en la tierra, que abrigó mi primer juego de Playmóvil y mi primera Nenuco, que sufrió un corte drástico de pelo y, sin ser reemplazada, tras llantos desconsolados, tuvo a su melliza, con su cabellera hermosamente intacta.

Cuando paso cerca y veo la punta de la alpina, no puedo evitar que mis ojos sean usurpados por la humedad. Quizás porque la viví poco o porque los primeros recuerdos, por más que sean a través de olores, sabores y pesos, son siempre los más fuertes.

Hoy un rayo de día, casi nocturno, y el olor húmedo de las vías del Roca me la devolvieron por un instante, intacta, sentida, inmensamente pesada. A ella y al sapo Carlitos, al barrilete de Bart Simpson que debe seguir colgado, entre los cables que bordean al Acceso Oeste. A las tardes en trineos de cartón y colinas de pasto que parecían eternas en sus caídas.

Sólo un olor, y su poder de recuerdo. Y esa primera infancia, ya tan lejana, pero tan presente, real como el día que la dejamos atrás, con sus rejas verdes y esa sensación de infinidad.

miércoles, 24 de octubre de 2012

La razón de su vida



Buscó la calle más tranquila para caminar y leer, a la vez. El problema era la luz, la calle más tranquila carecía de luz. Tres cuadras y lo vio. Pelado por elección, estaba invertido. La barba era su mayor atributo. Lo miró, sabía que era él. Se había enamorado, quiso decirle que era la razón de su vida, pero no se animó, siguió caminando y cruzó de calle, justo cuando él tenía que pasar a su lado. Siempre se enamoraba de los hombres del subte, pero esta vez era diferente, había elegido esa calle, esa cuadra.

Se dio cuenta que buscaba el éxito del personaje. La historia de su personaje carecía de cualquier triunfo, pero ella lo buscaba. Le faltaban nueve páginas y sabía que el final era peor. Pero no se imaginó que el desconsuelo estaba escrito. El final le produjo tanta angustia que quiso volver, buscarlo, decirle que su final, “nuestro” final, no iba a ser tan determinante. Determinante, pensó en esa palabra. Pensó en recorrer sus pasos desafiando al tiempo, buscarlo, decirle que iba a cuidar de su perro, que sería de los dos. “Nuestro” perro. “Nuestra” vida.

Recordó lo mal que le hacían los finales, los libros. Su mamá siempre de decía que leyera más despacio, que las páginas no se comían, se disfrutaban. Decidió que tenía razón, pero que la razón no era tan fácil de cumplir. Se acordó de aquel, el que tenía el pelo en el orden correcto, pero la mente desordenada, invertida. Recordó como había vivido a través de esa historia que sí le pertenecía, pero que se había convertido en leyenda, en una fábula con moraleja negativa.

Enseguida cambió sus pensamientos. Su mamá también le decía que invirtiera su tiempo en los pensamientos correctos. Nunca le gustó esa compañía. Era “poca cosa para su hija”.

Releyó el final por última vez. La primera había sido al principio, después de las tres palabras que marcaban el comienzo siempre leía las últimas tres. Era un hábito difícil de cambiar. Y le volvió esa sensación de cómo vivir sin esa historia. De no poder parar de pensar a través de esas oraciones cortas, como de largometraje bizarro.

Su vida, la que le había tocado, le resultaba a veces tan insoportable que necesitaba vivir de ellos, los libros, las historias que la robaban de su tiempo, de su lugar inexistente.

Finalmente pensó que era mejor, la historia con el pelado no iba a resultar, no podía ser tan hipócrita consigo misma, no le gustaban los perros y el estaba acompañado por un ovejero alemán. Decidió que hasta era mejor la conclusión de esa historia, ese cuento, porque habría otros, otras páginas por revolver, a velocidades irreconocibles, total, la vida le iba a alcanzar para vivir otras vidas, reinventar esas otras personalidades. Llegó a su casa y, tras ponerle nombre y fecha, lo guardó en la biblioteca izquierda, en la más importante, según su disposición. Y pensó en ese otro aquel, el de la sonrisa china, quizás ese otro aquel fuese, finalmente, el personaje de su historia.    

miércoles, 29 de agosto de 2012

Nuevas palabras para callar



Sabías que me estaba quedando sin secretos, te los había contado todos. Pero no podía quedarme callada, el miedo a tu ausencia me llevó a explicarte mi sensación más extraña:

A veces, siento que mi vida es una película. Argentina. De esas que tienen silencios prolongados, cotidianos, sin nudo o desenlace. O quizás los tienen, pero son irremediablemente borrosos, como su principio y su final. Me pasa bastante seguido, cuando llego a Constitución y, dueña de un cerebro agotado que no quiere parar, sólo puedo mirar mis pasos. Mis pies saliendo del vagón, pisando el rectángulo amarillo que antecede a la puerta, pisando el cemento sucio de la estación. Pisando sus quebraduras, líneas que memoricé en la primera semana de viajes. Mi cuerpo rebotando con ajenos, la cartera apretada contra el pecho.

Antes de llegar al final, o al principio, justo donde el piso se vuelve diagonal, miro el reloj. Pero la hora no me dice nada. Los ruidos rebotan antes de llegar. Y todo parece detenido en el tiempo, en un tiempo ajeno a ese reloj, tan importante para los que se van y tan sin sentido para los que llegan. El no lugar, el no tiempo me prometen la escena más conmovedora del film.

Cuando llegué a ese punto, ya no me escuchabas. La mitad de tu cuerpo se había ido. Por suerte, tu mitad inferior. ¿Por suerte? Pero igual ya no me escuchabas. Continué con mi relato, intentando seducir a lo que quedaba de vos.

La sensación extraña me pasa cuando estoy rodeada de otros. De demasiados otros. Si hay música de fondo mejor. Pero no te preocupes, nunca tengo el coraje suficiente para piantarme y obligar al resto a cantar conmigo o a bailar una coreografía de movimientos descoordinados. Es que en estos momentos raros, si la música es lo más ajena posible a la situación, mejor. Mucho mejor. Un cha cha chá, por ejemplo, o una cumbia de pasitos cortos y frentes sudadas.

Cuando terminé de explicarte mi extraña sensación me di cuenta que sólo quedaba tu sombrero. Te lo habías olvidado. Quizás lo dejó a propósito, pensé. Y quise también pensar que era tu carta de despedida, que me lo habías dejado para que lo usara el resto de mis días. Pero antes de elaborar el origen de mi ilusión, tu mano volvió por él. Sólo tu mano, el resto de tu cuerpo se quedó esperando a lo lejos, para no sentir la alergia que le producía mi piel.

Y tomé la decisión de alejarme yo también, de tomar el camino opuesto, aunque no fuese mi camino, para dejar de ver tu cuerpo a la distancia, para que los sonidos fuesen directo a mis oídos, sin rebotes, sin ecos. 
Primero se alejó mi cabeza, la madama de la decisión. La siguió el tórax, propietario de mis latidos, y los pies, para no arrepentirme de la apuesta ya jugada. Finalmente el resto, regidos por un orden de importancia que se basó en mi dependencia a tu cuerpo.
 

Y así nos quedamos, vos con mis viejos secretos, yo con mis extrañas sensaciones, transitando un camino ajeno que pensaba hacer mío, buscando nuevas palabras para callar y un nuevo cuerpo a quién contárselas. 

lunes, 27 de agosto de 2012

Le Shoebox



Hace un tiempo, ya casi un mes, que vivo en Le ShoeBox (para los que no la conocen, mi pequeño pero adorable monoambiente). Vivir en pocos metros cuadrados tiene sus desventajas, pero también sus beneficios. En la no tan larga lista de contras se destaca el orden: si dejas una remera tirada, parece que acumulaste la ropa de una semana y las paredes te empiezan a acorralar. Una pelusa se asemeja a esas bolas que dan vueltas por el desierto. Tener una mesa sin sillas está bárbaro, porque ocupa poco lugar, pero su utilidad pasa a ser nula. Sin embargo, esas cuatro paredes, por más encima que se te vengan, son tuyas. Encantadoramente tuyas. 

Debo admitir que me volví más pulcra desde que tengo menos baldosas. Me involucro con cada azulejo, los platos están siempre limpios y las manchas en los vidrios se están volviendo una nueva adicción. Levantarse y mirar por esa ventana, saludar al sol, respirar profundo y desperezarse con una sonrisa. Por más que dure lo que tardo en atravesar la puerta, vale la pena.

En la cocina entramos yo y yo, pero desde su ventana veo los árboles más altos de la plaza, la misma que me vio crecer.

Tengo un cactus, una máquina de escribir, una cama y una heladera que, por ahora, no enfría. Tengo cuatro paredes, o más, pero que no dejan de ser cuatro. Tengo una silla que no combina, que incomoda, pero que espero que sean más.  Y que lleguen con un espejo y un sillón violeta. O quizás fucsia. Y con una cafetera de medio litro. O quizás mejor de litro entero.
Mi biblioteca es la de siempre, ordenada de la misma forma, pero diferente. Cambió el capricho: ahora los autores se mezclan más, salvo ellos, los imprescindibles. Ahora, por lógica arquitectónica, los imprescindibles están a la derecha, entre la mesita de luz y la cama. 
No tengo cortinas, o casi. Tengo cortinas que dejan entrar a la luz con una visibilidad que impacta. Bienvenida luz, qué haremos cuando llegue el verano…
Y finalmente tengo está esta experiencia nueva, singular pero no solitaria. Ahora vivo sola, o mejor dicho, conmigo misma. Vivimos nosotras, las de siempre, las que tienen tres sueños que por las dudas se callan, aunque eso nunca impidió que no se cumplieran. Las cuatro, con su bipolaridad a cuestas y su extraña, a veces incómoda, locura. Bienvenido sea.

lunes, 16 de julio de 2012

Ana



No le pidas que duerma con los ojos abiertos porque no es posible. Los sueños no son los mismos, no le agradan, nunca se cumplen.

Ana giró la cabeza, la torció lo suficiente como para que se le desprendiera. Los músculos se tensaron, la piel pidió ser arrancada, el dolor se volvió costumbre. Sólo quería girar sus pensamientos, tornarlos hacia el otro lado, el lado que debía ser. Como si la mental se construyera en semejanza a la fuerza física, entendiendo que el cerebro es un órgano que puede ser entrenado. Entendiendo que el corazón, aunque simplemente fuese la máquina de bombear, también.

A Ana la llena el pasado inventado y el futuro con pocas oportunidades. De todos los vicios, es su preferido. El que más sonrisas le saca. Aunque lamenta que su eje principal sea la falta de realidad. Ana es fantasiosa, pero no tarada. Sabe que lo que hace está mal. Sabe que le podrían cortar las manos por ello. Pero al final nunca le importa. Al final vale más ese viaje con sueños que los callos por caminar descalza y sentir el suelo.
Ana, solo ella, sabe su destino. Y lo acepta, por la simple razón de no tener el valor para cambiarlo. Escupir para arriba, y no tener la fuerza para moverse, siempre trae el mismo resultado.
Ana finalmente pide que le corten la cabeza, es la mejor solución. El andar del cuerpo será más liviano y los pies no tendrán callos por la falta de sobrepeso. Pero antes de arrodillarse, sonríe una vez más. Ana está pensando en su pasado imaginario, el futuro con pocas oportunidades ya dejó de ser una opción.

jueves, 23 de febrero de 2012

El Flaco


No recuerdo la primera vez que escuché “Muchacha ojos de papel”, pero sí esas vacaciones en Gessell, las primeras sola, los que me hacían sentirme “grande”, conviviendo con cinco o seis amigas en un departamento de tres ambientes.

Algunas pedían que por favor eligiéramos otro disco, que dejáramos de escuchar el cd grabado con 11 canciones entre las cuales estaba esa, y que poníamos una y otra vez mientras nos arreglábamos para salir. Teníamos 15 y 16. Recuerdo un silencio sepulcral, primero, y un coro desafinado que intentaba entonar “no llores más muchacha, corazón de tiza”. Lo otro que se me aparece segundo en la memoria, salteándose unos cuantos escalones en la cronología de mí vida, es que uno de esos amores cortos, pero lindos, de los que quedan como un guiño feliz en el alma, me regaló Cantata de puentes amarillos. Me la pasó por msn, y cuando la escuché literalmente me crujió el corazón. Y por último, volviendo caprichosamente atrás en el tiempo, aparece en mi memoria el campamento de sexto grado, cinco amigas y yo, rodeando los parlantes del discman, para aprendernos de memoria las canciones de Almendra y Sui Generis. Fue en uno de esos días que aprendí que la voz del Flaco era demasiado profunda para algunos momentos, que no iba con todos, que debía guardarse para esos, para los especiales. 

Ya de grande, Spinetta se sumó a la cruzada de uno de los momentos más difíciles de mi vida. Cada vez que lo vi en un recital, en una foto o una entrevista con la remera de Conduciendo a Conciencia, recordando que el alcohol, la imprudencia y el volante no se mezclan, que con eso no se jode, se me personificaba una cuota de irrealidad en el presente. Eran dos cosas difíciles de mezclar, su voz y eso que tanto me marcó, y sin embargo ahí estaba el Flaco, recordándonos que todos podemos ser, que a todos nos puede pasar, y no con el oportunismo que genera una tragedia en el presente, sino manteniendo su apoyo en el tiempo. El si se dejo la camiseta siempre puesta. 

Alguna vez a mi viejo le sorprendió, le pareció simpático y hasta extraño, que disfrutara tanto la música de su juventud. Estoy segura que pensó que era una etapa más, una moda más. Y sin embargo esa música nunca me abandonó. Hoy mi columna es otra más de las miles que surgieron en los medios y que buscan homenajear a alguien que con su arte acompañó a muchos. Cuando una persona así se va (como leí en algún lugar, las palabras no son mías) uno siente que pierde a un familiar. Spinetta logró cercanía con su música. Estar en los momentos más íntimos de miles, por no decir millones. Es como cuando uno recuerda algo por un olor o una sensación. El Flaco es ese olor y esa sensación. 

Y aunque ya no pueda crear más música, desde donde esté, nos dejó de sobra. Sus canciones son de esas que no se gastan, que no se rayan, y que sirven de por vida, para acompañarnos tanto en la memoria como en la calle, cuando uno camina ensordecido por los auriculares, o en la intimidad del presente. Por eso, la mejor forma de agradecerle, por su sinceridad, su brutalidad y por saber combinar tan bien una letra con otra, una palabra tras otra, es seguir escuchándolo y dejándolo seguir acompañándonos en todos los momentos que vendrán.

lunes, 23 de enero de 2012

Muñeca atemporal



Hace algunos años, exactamente en enero de 2006, dejé de usar reloj. Las circunstancias son obviables, pero hacen de la historia algo más que un cuento.

El lugar era Brasil. A mi pesar, fui la única de nueve personas que decidí llevar reloj al viaje. Los celulares estaban desactivados, y salvo interpretar la posición del sol, era la única fuente de información.

Las nueve, yo incluida, teníamos la necesidad de saber a cada rato en qué momento del día nos encontrábamos. Si era la hora de comer, de la siesta, de sortear quién se bañaba primero o simplemente si el horario que imaginábamos se asemejaba o acercaba al que marcaban las agujas.

Al tercer de 24 días, me cansé. Mi mochila se llenaba de arena cada vez que la averiguación se llevaba a cabo en la playa. Mi lectura se veía interrumpida unas cinco, quizás seis veces, mientras esperaba paciente mi turno para el baño. Y ese día lo dejé. A pesar de los “peros” de mis amigas, mi decisión fue irrevocable.
A la vuelta intenté reincorporarlo a mi muñeca, pero libre de ese peso temporal, había cambiado su anatomía, ya no soportaba la molestia de la maya chocando contra ella o el desagrado del calor mezclado con el roce de la piel quemada.

Hace poco me di cuenta que en mi camino hacia la redacción miraba el reloj una vez por parada. En total tengo 19 estaciones y, por lo menos, promediando y sumando las diferentes caminatas, 20 minutos a pie. Eran muchas consultas al celular, hasta que me autoconvencí de que sin importar las veces que mirara el reloj, el tiempo no iba a pasar más rápido.

Los ambientes, las circunstancias, te llevan a apresurar el ritmo de la vida misma. La ansiedad se ve en la aceleración del paso, en la molestia del ritmo. Hasta los latidos se tranquilizan cuando uno decide no pensar, ni mirar, el tiempo.

Se llega cuando se llega y se tarda en ir lo que se tarda en pensar el camino. No importa cuantos segundos conforman una cuadra o si el tren tardó dos minutos más de lo pautado en su cronograma. Cuando el tiempo se precipita, cuando urgen las ganas de alivianar el peso para llegar antes, hay que dejar de mirar el reloj. Pensar que las ganas no se condicionan con la duración, salvo que el tiempo se mida en historias recordadas, es saber que no hay prisa sin apuro.

(Publicado el 15 de enero en la contratapa del Diario La Unión)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Consejos de él, para una soltera como yo


Me quedo con la frase de un amigo: "se llama empezar a vivir".
Entre su ironía y mi cara de “no estoy para esos trotes” hay un viaje largo en el 160 y una historia de caminos.

Mi hipótesis central es que asociar un colectivo a una persona es perder un recorrido para siempre. Para él, esa asociación libre es cagarte un viaje con música deprimente y pensamientos que se terminan apenas pisa el cordón de la vereda.

Los bombones rellenos nunca son buenos, si no son de menta tienen licor rancio o algún relleno viscoso de origen desconocido. La misma sensación que me da retornar al sinuoso camino de las citas (sin saber cuando decidí alejarme de esas rutas con derrumbes programados) o como dice él, mi amigo (al cual vamos a mantener bajo el anonimato de ese pronombre), “volver al ruedo”.

Cada vez que huelo la lluvia próxima de verano pienso en el pobre desgraciado que será blanco de mi próximo enamoramiento. El olor de esas gotas despierta mis instintos más clichés y me nubla de romanticismo hasta el próximo invierno, o hasta que el verano le ponga fin a un sentimiento que en algún momento creo indeterminado.

Entre octubre y noviembre encuentro al amor de mi vida para luego abandonarlo (o ser abandonada, lo cual sensibiliza mi lado de drama queen) en febrero, cuando a la magia de los treinta grados le queda poco más de un mes.
“Esa soy yo, la que siempre comete el mismo error de creer que los amores de verano pueden llegar a durar más allá del 21 de marzo”, le digo a él, que ahora me mira con cara de “cuanto falta para tu parada o para que se termine este lamento”.

Y largo mi segunda hipótesis, esta vez cargándola de ironía para que el semáforo dure menos: “No se si es miedo a que baje la temperatura y los hombres decidan ponerse polera o al compromiso”.

Durante un silencioso autodebate, mientras mi amigo responde su teléfono de ringtone rockero, una pareja hace lucha de dedos en la vereda más cercana y acapara mi volátil atención. La historia es así: caminan agarrados de la mano. Instintivamente ella se la aprieta demasiado, por nervios supongo, él (que no es mi él sino el de ella…) intenta estirar los músculos sin que ella lo note. Ella, cada tanto, se la suelta, avergonzada. Él, con ternura, se la vuelve a tomar. Los dedos se estrangulan unos a otros, pero felices, son dedos que mueren entreverados, pero felices.

Mi amigo corta su misteriosa llamada y le digo: “ves, eso quiero yo”, como cuando pasaba por la vidriera de la juguetería que en su nombre tenía la palabra “mundo” y veía la nave espacial playmóvil que completaría mi vida con la misma intensidad que ahora lo haría un hombre. Su respuesta son dos ojos perdidos en las cuencas superiores de su cara.

“Esto lo vas a escribir ¿No?”, se sabe víctima de mi columna, pero hay una autorización oculta en esa frase y en la siguiente: “ya que le hablas a las minas solteras, poné que no sean tan histéricas”. Mi respuesta es un reproche verborrágico, un “no entendés nada”, un caes en la misma que todos lo hombres y en un suspiro que lo saca aún más.

Como todo viaje, se termina. Este colectivo, el 160 tiene una persona asociada, y mi amigo lo sabe. Después de pasar por el boliche donde nos dijimos el primer hola, el bar donde conocimos el adiós (que según mi memoria subjetiva fue mutua) y las cuadras que recorrimos de la mano, pero sin estrangular nuestros dedos, mala señal. No hace falta sacar el google map para explicarle a mi amigo el recorrido de esa frustración, la conoce más que yo.

Pero con miedo a deprimirme en plena cuenta regresiva hacia el verano, con la apertura mental para volver al sinuoso camino de las citas y las ganas de que todo sea más sencillo, me vuelvo a quedar con una frase, mejor dicho una palabra, que me dijo antes de bajarme, dos paradas antes que él: “relájate”.

sábado, 8 de octubre de 2011

Todos

A cinco años...


Solo una vez escribí sobre esto para alguien más. Puedo hablar del tema, la gente a veces se asusta por la facilidad con la cual cuento los hechos. Pero la palabra escrita para mi tiene otra importancia. Es difícil, me cuesta, le da un valor que no puede ser borrado y menos aún si está escrito en un diario. Suelo usar este espacio para reírme del amor, dramatizarlo, actuarlo, mentirlo y hasta sentirlo. Suelo darle vuelta a las palabras, jugar con ellas para que digan lo contrario de lo que suelen decir. Pero esta vez, esta vez quiero ser sencilla y directa, para que se entienda, pero sobre todo, se sienta.

Hace cinco años, el 8 de octubre de 2006, volvía de la escuela que apadrino, en el Paraisal, Quitilipi, Chaco, cuando un camionero ebrio choco el micro en el que viajaba. Nueve compañeros y una profesora fallecieron. Y la vida de muchos otros se modificó, irremediablemente.

Recuerdo cada detalle de ese día. El antes y el después. El ir enterándome de a poco de lo que había sucedido y pensar que eso no podía estar pasándome a mí. Hay cosas que uno jamás va a poder olvidar y aprende a vivir con ellas, pero cuando la realidad se convierte en una hecho constante, duele aún más.
Como periodista me toca ver y editar noticias sobre accidentes todos los días. Como persona, me toca revivirlos en los medios, todos los días. Y cada vez se me encoge un poquito más el alma. Se vuelve a estirar, con el tiempo se vuelve a acomodar en su lugar, pero eso no significa que no duela.

 No es accidente lo que se puede evitar. Eso es lo que aprendí a la fuerza hace cinco años. No es accidente si realmente se puede evitar, pero sobre todo si se quiere, si esta la voluntad. Porque ese conductor decidió manejar en ese estado, pero si los bares al costado de la ruta no vendieran alcohol, no se hubiese podido emborrachar. Si existieran más controles en las rutas, mejores rutas, si los peajes reportaran cuando ven algo extraño, al igual que otros conductores, si todos decidiéramos no hacer la vista gorda, es camionero ebrio no hubiese llegado al punto de conducir casi en coma alcohólico, por la ruta 11. Y doce personas, en total, no hubiesen perdido la vida. 

1.2 millones de seres humanos mueren anualmente en el mundo por accidentes de tránsito. Durante 2010, 7.659 argentinos perdieron la vida en las calles y rutas del país, 21 cada día, 638 cada mes. Lideramos el ranking mundial y esta vez, ser los primeros, no es un orgullo nacional.

Tantas veces me pelee con amigos que luego del accidente siguieron manejando ebrios, como si ellos fueran inmunes. "Yo puedo manejar, voy más lento, pero puedo". "Tengo buenos reflejos". “No tomé tanto, he manejado estando peor”. Son todas excusas baratas, pretextos que pueden quitarle la vida no solo a uno, sino muchos, miles.

Hace poco, luego de un pequeño choque que tuve yendo al trabajo, alguien me dijo: "vos tenes algo con los accidentes". En ninguno de los dos iba manejando yo. Aun así, no tengo algo con los choques ni los choques tienen algo conmigo. Porque no pasa una sola vez, no pasa dos,  pasa miles de veces por día.

No sé cuanto efecto tendrán estas palabras, pero por lo menos a mi me sirve escribirlo. No es muy difícil de entender, si manejas no tomes. Si vez que el conductor a cargo tomó, no te subas, sacale las llaves, no lo dejes manejar.

Que una de las mayores epidemias del mundo se podría evitar tan solo tomando conciencia, pero que aún así no lo logramos, es una de las mayores estupideces que escuché en mi vida.

Miles de vidas se modifican irremediablemente por día y no hablo solo de las que se pierden, sino las de sus familias, amigos, las que lograron sobrevivir pero que van a llevar una marca siempre, cada vez  que la calle se los recuerde.

Divididos, en su disco Amapola del 66, en homenaje a los que perdieron la vida ese 8 de octubre interpretan una canción que en su estribillo dice: Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser. Y más allá de la verdad que encierran estas palabras, y más allá de que no te interese pensar en nadie más que en vos, desde tu egoísmo aunque sea… no mates, respetá, por favor, a los que optamos por seguir viviendo. 


(Columna publicada el 9 de octubre en el Diario La Unión)

domingo, 21 de agosto de 2011

Chamuyo en Red


Es cuestión de actitud. Ya lo decía Fito. El chamuyo a través de redes sociales queda más en la actitud cibernética del posible candidato que en las ganas de que se haga realidad. El tema ahí son los ex, los muertos en el placard y esos que siempre te parecieron lindos pero que ni por casualidad te animás al “¿Perdón, nos conocemos?"

No soy de las que creen que el futuro amoroso se puede encontrar online, conozco casos, pero creo que son como esas enfermedades raras, que se cuentan por millón. Pero tampoco lo creo un mal innecesario, se puede, cada tanto, darle bola al chat de ese desconocido que sí te dice “¿Perdón, nos conocemos?”. Mal no le hace a nadie, y como mucho, el inhumano pero efectivo “eliminar” siempre está a dos clicks de distancia.

La cuestión es cuando el amigo de tu amigo que conociste durante unos breves quince minutos, en una fiesta olvidable pero presente en tu memora gracias a él, te agrega a Facebook. Lo normal es que te dedique un “¿Te acordás de mi?”, pero suele ser más común que quede todo ahí o que se dedique a mirar tus álbumes de fotos a que te hable. He ahí la cuestión, ¿Para qué agregar a alguien si no le vas a hablar? Cuando el chamuyo no llega a ser ni monosílabo, es cuando más odio me genera.

La otra cuestión es cuando cambiás tu estado civil. Siempre fui de las que deja ese casillero vacío, pero un día se me dio por asumir públicamente mi soltería y fue menos productivo que chupar ostias. Lluvia de comentarios. Que si antes no estabas soltera, que si acabás de cortar y con quién, porqué una chica como vos esta sola (¿una chica como qué? ¿Con esta cantidad enorme de problemas psicológicos? ¿Con cuatro piernas como reina de circo? Ahh no, solo era chamuyo…). La verdad es que hubiese sido menos efectivo y más productivo gritarlo por la ventana y que me contesten tan solo un par de locos.

Pero sin perder el hilo de esta conversación (mental y pública), aceptemos que, cada tanto, esos mensajitos perdidos de extraños nos hacen bien al ego y al autoestima (claro que son cosas diferentes). Por eso, quedarse hasta las tres de la mañana conociendo a un posible compañero de departamento, cuando tenes bien en claro que te vas a mudar sola, no siempre está tan mal. Te acompaña en el insomnio, te saca una sonrisa cuando al otro día te levantás y recordás la conversación y es, quizás, un posible futuro candidato. ¡Ojo! amigos de amigos eh. Nada de desconocidos que pueden tener un cuchillo escondido detrás de la camisa en la primera cita.

Por eso, a pesar de que la hiperconectividad tiene sus contras y que, aunque no le quieras dar tu teléfono a algún androide insoportable se las va a arreglar para encontrarte online, seamos realistas: en épocas de príncipes flacos y donde el azul se convirtió en marrón, quizás, solo quizás, el caballero que esperás llegue a través del cable Modem.

sábado, 20 de agosto de 2011

Caminando libros



Suelo tener la tendencia suicida caminar y leer a la vez. Si, y también puedo masticar chicle. Conozco los caminos a mi casa con menos gente, para tropezarme lo menos posible, y los departamentos que se iluminan solos de noche, para aprovechar la luz. Más de una vez estuve al borde de la muerte y me salvó un bocinazo. Me he quedado parada por tiempos indefinibles en las esquinas esperando que el semáforo cambie, cuando ya lo había hecho varios pares de veces. También he pisado varios “regalos”, que de suerte no tienen nada, por andar mirando en la dirección correcta, pero sumergida entre las hojas.

Espero a mis citas con un libro en la mano y si es necesario, un lápiz o resaltador. Apoyada en alguna pared, o esperando que me abran la puerta. Espero así porque son esos mundos, los que se dibujan entre las letras, los que me sacan el nerviosismo del primer encuentro que suele durarme, por lo menos, hasta la decimonovena cita. Pero cuando el susodicho arriba, lo guardo rápido, para que no se note el nerviosimo trasmitido a mis manos. 

Cuando la lectura lo permite, camino a su ritmo. Pasitos cortos o largos, dependiendo de la gramática. Saltitos espásticos o ritmo simétrico, según el personaje. Creo que fue Romeo y Julieta quien me cobró un bastante doloroso esguince, porque convengamos que creerse Julieta en medio de una avenida no tiene nada de seguro.

Es que hay libros, personajes, que permiten un caminar distinto, que permiten ser caminados. El balance de ritmo y miradas furtivas hacia adelante depende proporcionalmente del volumen del tono, pero no de la cantidad de páginas sino del peso de cada historia. He visto varios lectores sueltos en la ciudad. He visto como las baldosas sueltas se ensañan con ellos y como los demás se molestan por la pérdida de equilibrio cuando sueltan el caño del colectivo. Hasta me he topado con lectores sueltos que llevan el mismo ejemplar que yo, coincidencia que se merece una sonrisa y un mostrar de página, para saber por dónde anda cada uno. 

Por eso, sin ánimo de contagiar, tan solo siendo una modesta invitación, un aliento hacia una experiencia nueva, proclamo a la lectura caminante como la fusión de dos aventuras, la de caminar por esta ciudad y la de andar por esa otra, la que se lleva entre mano y mano, con ritmos disímiles y con tropiezos bien merecidos, la que cambia según el encuadernado. Y con esa bipolaridad de mundos, llevarse por delante a más de uno, que quizás no esté leyendo el mismo libro, pero él o ella ya lo haya hecho y, juntos, poder terminar esa nueva historia.

miércoles, 27 de julio de 2011

Cada cinco minutos



Me desperté tarde. Nunca supe poner la alarma, cada noche te pasaba mi celular y te decía la hora exacta, siempre impar, en la que tenía que levantarme.

No llegué ni a bañarme. Con el pelo engrasado, unos dientes mal cepillados y manchas de desodorante en la camisa negra, me subí al primer taxi que encontré. Con vos nunca me tomaba otra cosa que colectivos. No hace falta, decías. Las cuadras que había que caminar era lo que nos terminaba de poner de buen humor, los dos con los ojos todavía semi cerrados, pero de la mano, siempre de la mano.

Al llegar al punto Q, como lo llamabas, me colgaba de tu cuello ejerciendo el peso necesario para que te inclinaras hacia mi, y te besaba rápido, esperando que vos lo alargaras, lo eternizaras, hasta el momento del reencuentro, cuando los dos nos acurrucábamos en tu sillón preferido.

Ahora estoy llegando tarde, quizás es mejor que no vaya. Yo diría que es mejor que no vaya. Llegar tarde a una entrevista de trabajo es como pedir que te echen antes de entrar. Y todo es tu culpa, o la mía, o la de ambos. Ya no importa. Otra entrevista más perdida y el departamento que ya no se paga de a dos. Y vos y tu valija, y tus cajas, y mi planta, que se fueron hace 27 días.

Mañana voy a aprender a poner la alarma. El problema es que vos eras mi alarma. Yo la apagaba cada cinco minutos, cada nuevo aviso. Pero eras vos el que la ponía media hora antes, porque sabías que 30 minutos después me ibas a despertar, con un millón de besos y las palabras justas para recordarme que llegaba tarde. Yo sabía de tu truco, pero nunca te decia nada, y esperaba esa media hora haciéndome la dormida, ansiosa por tu millón de besos.

Si digo porque te fuiste, perdería su mágico dramatismo. Dejémoslo en que vaciaste tu parte del placard y, sin mirar por la ventana como hacías cada vez que partías, te largaste. Por eso supe que no ibas a volver. Porque algo te dijo, y me dijo, que era mejor que no volvieras.

Y en la cotidianeidad nos extrañamos. Los primeros tres días dormí con tu almohada entre mis piernas. Y supongo que con algo supliste mis abrazos. Al cuarto cambié las sábanas, tu olor ya no hacía efecto, solo me desvelaba. Al quinto saqué tus libros, los metí en una caja esperando que volvieses por ellos, en algún momento en el que yo no estuviese. Al onceavo saqué tus dvds, tus favoritos de la computadora que compartíamos y te guardé los archivos en un dvd. A las tres semanas ya no quedaban rastros tuyos y supe que no ibas a volver, tiré todas tus cosas.

Pasado voy a aprender a poner la alarma. Va a ser día impar, va a ser un mejor día para dejarte ir. Porque te voy a dejar ir, si, cada cinco minutos un poquito más, hasta que la media hora se haya completado y sin tus besos, me despierte para empezar de nuevo.

domingo, 17 de julio de 2011

Pozo Ciego



No es que te necesite, pero estoy sintiendo un vacío en mi pozo ciego. Es como un hoyito en un saco de arena. Una permeabilidad en la cañería de mi baño. Algo se está filtrando y no sé dónde está esa gotera que me arruina los pensamientos. Creo que es mi culpa. Nunca supe leer tus actitudes. Siempre me guié por las dos o tres palabras que decías en cada oración, pero no quise notar que las decías de espaldas, mirando hacia abajo, por donde pasaba el hilito de líquido que salía de mi cabeza e inundaba tus alcantarillas.
Es que tengo esa horrible obsesión con las palabras. Podías dejarme esperando por horas en una esquina, o ni siquiera aparecer, pero yo prefería leer una y otra vez el “llego tarde”, borroneado por la poca batería de mi celular y consolándome, por lo menos me habías mandado un mensaje.
Siempre pensé que me dejabas ganar en el pool, y que luego actuabas como mal perdedor para que yo me sintiera bien y me acercase a tu oreja para susurrarte que los perdedores también tienen recompensa. Fue hasta hace poco que entendí que ni siquiera te importaba que los viejos del fondo me mirasen el culo. Solo necesitabas tu cerveza de cinco grados que le mangueabas al chino con la excusa de no tener cambio.
No pensaba que tus silencios y la forma en que tus cejas se contorneaban al escucharme hablar tuviesen tanto sentido. Tanta amargura impertinente. Tanto vacío de atención.
Tendría que haberme fijado más en tus actitudes. En esas ganas locas por dejarme en mi casa lo más temprano posible, de planchar el lado de tu cama que supuestamente “me” pertenecía, cada vez que iba al baño. Tendría que haberme dado cuenta que no era bienvenida. Que te molestaba mi sombra sobre el televisor en el partido del domingo.
En verdad, me di cuenta. No puedo negarlo. Me di cuenta y en la balanza pesaron más tus palabras murmuradas que tu indiferencia silenciada. Pero solo hasta hoy. Hoy, mientras lo pienso, cierro el hoyito de mi cerebro. Ya no gotea más ese líquido espeso que cae cada vez que pienso que te extraño. Porque lo pienso pero nunca lo hago. De a poquito el circulito se va cerrando, dejando de existir y yo me olvido del pool, de las esquinas en las que esperaba y de vos. Por fin me atrevo a confesarte que no es que no te necesite, sino que mi pozo ciego está empezando a esperar otro amor.