Me quedo con la frase de un
amigo: "se llama empezar a vivir".
Entre su ironía y mi cara de
“no estoy para esos trotes” hay un viaje largo en el 160 y una historia de
caminos.
Mi hipótesis central es que
asociar un colectivo a una persona es perder un recorrido para siempre. Para
él, esa asociación libre es cagarte un viaje con música deprimente y
pensamientos que se terminan apenas pisa el cordón de la vereda.
Los bombones rellenos nunca son buenos, si no
son de menta tienen licor rancio o algún relleno viscoso de origen desconocido.
La misma sensación que me da retornar al sinuoso camino de las citas (sin saber
cuando decidí alejarme de esas rutas con derrumbes programados) o como dice él,
mi amigo (al cual vamos a mantener bajo el anonimato de ese pronombre), “volver
al ruedo”.
Cada vez que huelo la lluvia próxima
de verano pienso en el pobre desgraciado que será blanco de mi próximo
enamoramiento. El olor de esas gotas despierta mis instintos más clichés y me
nubla de romanticismo hasta el próximo invierno, o hasta que el verano le ponga
fin a un sentimiento que en algún momento creo indeterminado.
Entre octubre y noviembre encuentro al amor
de mi vida para luego abandonarlo (o ser abandonada, lo cual sensibiliza mi
lado de drama queen) en febrero, cuando a la magia de los treinta grados le
queda poco más de un mes.
“Esa soy yo, la que siempre comete el mismo
error de creer que los amores de verano pueden llegar a durar más allá del 21
de marzo”, le digo a él, que ahora me mira con cara de “cuanto falta para tu
parada o para que se termine este lamento”.
Y largo mi segunda hipótesis, esta vez
cargándola de ironía para que el semáforo dure menos: “No se si es miedo a que baje
la temperatura y los hombres decidan ponerse polera o al compromiso”.
Durante un silencioso autodebate, mientras mi
amigo responde su teléfono de ringtone rockero, una pareja hace lucha de dedos
en la vereda más cercana y acapara mi volátil atención. La historia es así: caminan
agarrados de la mano. Instintivamente ella se la aprieta demasiado, por
nervios supongo, él (que no es mi él sino el de ella…) intenta estirar los
músculos sin que ella lo note. Ella, cada tanto, se la suelta, avergonzada. Él,
con ternura, se la vuelve a tomar. Los dedos se estrangulan unos a otros, pero
felices, son dedos que mueren entreverados, pero felices.
Mi amigo corta su misteriosa llamada y le
digo: “ves, eso quiero yo”, como cuando pasaba por la vidriera de la juguetería
que en su nombre tenía la palabra “mundo” y veía la nave espacial playmóvil que
completaría mi vida con la misma intensidad que ahora lo haría un hombre. Su
respuesta son dos ojos perdidos en las cuencas superiores de su cara.
“Esto lo vas a escribir ¿No?”, se sabe
víctima de mi columna, pero hay una autorización oculta en esa frase y en la
siguiente: “ya que le hablas a las minas solteras, poné que no sean tan
histéricas”. Mi respuesta es un reproche verborrágico, un “no entendés nada”,
un caes en la misma que todos lo hombres y en un suspiro que lo saca aún más.
Como todo viaje, se termina. Este colectivo,
el 160 tiene una persona asociada, y mi amigo lo sabe. Después de pasar por el
boliche donde nos dijimos el primer hola, el bar donde conocimos el adiós (que
según mi memoria subjetiva fue mutua) y las cuadras que recorrimos de la mano,
pero sin estrangular nuestros dedos, mala señal. No hace falta sacar el google
map para explicarle a mi amigo el recorrido de esa frustración, la conoce más
que yo.
Pero con miedo a deprimirme en plena cuenta
regresiva hacia el verano, con la apertura mental para volver al sinuoso camino
de las citas y las ganas de que todo sea más sencillo, me vuelvo a quedar con
una frase, mejor dicho una palabra, que me dijo antes de bajarme, dos paradas
antes que él: “relájate”.

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