miércoles, 24 de octubre de 2012

La razón de su vida



Buscó la calle más tranquila para caminar y leer, a la vez. El problema era la luz, la calle más tranquila carecía de luz. Tres cuadras y lo vio. Pelado por elección, estaba invertido. La barba era su mayor atributo. Lo miró, sabía que era él. Se había enamorado, quiso decirle que era la razón de su vida, pero no se animó, siguió caminando y cruzó de calle, justo cuando él tenía que pasar a su lado. Siempre se enamoraba de los hombres del subte, pero esta vez era diferente, había elegido esa calle, esa cuadra.

Se dio cuenta que buscaba el éxito del personaje. La historia de su personaje carecía de cualquier triunfo, pero ella lo buscaba. Le faltaban nueve páginas y sabía que el final era peor. Pero no se imaginó que el desconsuelo estaba escrito. El final le produjo tanta angustia que quiso volver, buscarlo, decirle que su final, “nuestro” final, no iba a ser tan determinante. Determinante, pensó en esa palabra. Pensó en recorrer sus pasos desafiando al tiempo, buscarlo, decirle que iba a cuidar de su perro, que sería de los dos. “Nuestro” perro. “Nuestra” vida.

Recordó lo mal que le hacían los finales, los libros. Su mamá siempre de decía que leyera más despacio, que las páginas no se comían, se disfrutaban. Decidió que tenía razón, pero que la razón no era tan fácil de cumplir. Se acordó de aquel, el que tenía el pelo en el orden correcto, pero la mente desordenada, invertida. Recordó como había vivido a través de esa historia que sí le pertenecía, pero que se había convertido en leyenda, en una fábula con moraleja negativa.

Enseguida cambió sus pensamientos. Su mamá también le decía que invirtiera su tiempo en los pensamientos correctos. Nunca le gustó esa compañía. Era “poca cosa para su hija”.

Releyó el final por última vez. La primera había sido al principio, después de las tres palabras que marcaban el comienzo siempre leía las últimas tres. Era un hábito difícil de cambiar. Y le volvió esa sensación de cómo vivir sin esa historia. De no poder parar de pensar a través de esas oraciones cortas, como de largometraje bizarro.

Su vida, la que le había tocado, le resultaba a veces tan insoportable que necesitaba vivir de ellos, los libros, las historias que la robaban de su tiempo, de su lugar inexistente.

Finalmente pensó que era mejor, la historia con el pelado no iba a resultar, no podía ser tan hipócrita consigo misma, no le gustaban los perros y el estaba acompañado por un ovejero alemán. Decidió que hasta era mejor la conclusión de esa historia, ese cuento, porque habría otros, otras páginas por revolver, a velocidades irreconocibles, total, la vida le iba a alcanzar para vivir otras vidas, reinventar esas otras personalidades. Llegó a su casa y, tras ponerle nombre y fecha, lo guardó en la biblioteca izquierda, en la más importante, según su disposición. Y pensó en ese otro aquel, el de la sonrisa china, quizás ese otro aquel fuese, finalmente, el personaje de su historia.    

miércoles, 29 de agosto de 2012

Nuevas palabras para callar



Sabías que me estaba quedando sin secretos, te los había contado todos. Pero no podía quedarme callada, el miedo a tu ausencia me llevó a explicarte mi sensación más extraña:

A veces, siento que mi vida es una película. Argentina. De esas que tienen silencios prolongados, cotidianos, sin nudo o desenlace. O quizás los tienen, pero son irremediablemente borrosos, como su principio y su final. Me pasa bastante seguido, cuando llego a Constitución y, dueña de un cerebro agotado que no quiere parar, sólo puedo mirar mis pasos. Mis pies saliendo del vagón, pisando el rectángulo amarillo que antecede a la puerta, pisando el cemento sucio de la estación. Pisando sus quebraduras, líneas que memoricé en la primera semana de viajes. Mi cuerpo rebotando con ajenos, la cartera apretada contra el pecho.

Antes de llegar al final, o al principio, justo donde el piso se vuelve diagonal, miro el reloj. Pero la hora no me dice nada. Los ruidos rebotan antes de llegar. Y todo parece detenido en el tiempo, en un tiempo ajeno a ese reloj, tan importante para los que se van y tan sin sentido para los que llegan. El no lugar, el no tiempo me prometen la escena más conmovedora del film.

Cuando llegué a ese punto, ya no me escuchabas. La mitad de tu cuerpo se había ido. Por suerte, tu mitad inferior. ¿Por suerte? Pero igual ya no me escuchabas. Continué con mi relato, intentando seducir a lo que quedaba de vos.

La sensación extraña me pasa cuando estoy rodeada de otros. De demasiados otros. Si hay música de fondo mejor. Pero no te preocupes, nunca tengo el coraje suficiente para piantarme y obligar al resto a cantar conmigo o a bailar una coreografía de movimientos descoordinados. Es que en estos momentos raros, si la música es lo más ajena posible a la situación, mejor. Mucho mejor. Un cha cha chá, por ejemplo, o una cumbia de pasitos cortos y frentes sudadas.

Cuando terminé de explicarte mi extraña sensación me di cuenta que sólo quedaba tu sombrero. Te lo habías olvidado. Quizás lo dejó a propósito, pensé. Y quise también pensar que era tu carta de despedida, que me lo habías dejado para que lo usara el resto de mis días. Pero antes de elaborar el origen de mi ilusión, tu mano volvió por él. Sólo tu mano, el resto de tu cuerpo se quedó esperando a lo lejos, para no sentir la alergia que le producía mi piel.

Y tomé la decisión de alejarme yo también, de tomar el camino opuesto, aunque no fuese mi camino, para dejar de ver tu cuerpo a la distancia, para que los sonidos fuesen directo a mis oídos, sin rebotes, sin ecos. 
Primero se alejó mi cabeza, la madama de la decisión. La siguió el tórax, propietario de mis latidos, y los pies, para no arrepentirme de la apuesta ya jugada. Finalmente el resto, regidos por un orden de importancia que se basó en mi dependencia a tu cuerpo.
 

Y así nos quedamos, vos con mis viejos secretos, yo con mis extrañas sensaciones, transitando un camino ajeno que pensaba hacer mío, buscando nuevas palabras para callar y un nuevo cuerpo a quién contárselas. 

lunes, 27 de agosto de 2012

Le Shoebox



Hace un tiempo, ya casi un mes, que vivo en Le ShoeBox (para los que no la conocen, mi pequeño pero adorable monoambiente). Vivir en pocos metros cuadrados tiene sus desventajas, pero también sus beneficios. En la no tan larga lista de contras se destaca el orden: si dejas una remera tirada, parece que acumulaste la ropa de una semana y las paredes te empiezan a acorralar. Una pelusa se asemeja a esas bolas que dan vueltas por el desierto. Tener una mesa sin sillas está bárbaro, porque ocupa poco lugar, pero su utilidad pasa a ser nula. Sin embargo, esas cuatro paredes, por más encima que se te vengan, son tuyas. Encantadoramente tuyas. 

Debo admitir que me volví más pulcra desde que tengo menos baldosas. Me involucro con cada azulejo, los platos están siempre limpios y las manchas en los vidrios se están volviendo una nueva adicción. Levantarse y mirar por esa ventana, saludar al sol, respirar profundo y desperezarse con una sonrisa. Por más que dure lo que tardo en atravesar la puerta, vale la pena.

En la cocina entramos yo y yo, pero desde su ventana veo los árboles más altos de la plaza, la misma que me vio crecer.

Tengo un cactus, una máquina de escribir, una cama y una heladera que, por ahora, no enfría. Tengo cuatro paredes, o más, pero que no dejan de ser cuatro. Tengo una silla que no combina, que incomoda, pero que espero que sean más.  Y que lleguen con un espejo y un sillón violeta. O quizás fucsia. Y con una cafetera de medio litro. O quizás mejor de litro entero.
Mi biblioteca es la de siempre, ordenada de la misma forma, pero diferente. Cambió el capricho: ahora los autores se mezclan más, salvo ellos, los imprescindibles. Ahora, por lógica arquitectónica, los imprescindibles están a la derecha, entre la mesita de luz y la cama. 
No tengo cortinas, o casi. Tengo cortinas que dejan entrar a la luz con una visibilidad que impacta. Bienvenida luz, qué haremos cuando llegue el verano…
Y finalmente tengo está esta experiencia nueva, singular pero no solitaria. Ahora vivo sola, o mejor dicho, conmigo misma. Vivimos nosotras, las de siempre, las que tienen tres sueños que por las dudas se callan, aunque eso nunca impidió que no se cumplieran. Las cuatro, con su bipolaridad a cuestas y su extraña, a veces incómoda, locura. Bienvenido sea.

lunes, 16 de julio de 2012

Ana



No le pidas que duerma con los ojos abiertos porque no es posible. Los sueños no son los mismos, no le agradan, nunca se cumplen.

Ana giró la cabeza, la torció lo suficiente como para que se le desprendiera. Los músculos se tensaron, la piel pidió ser arrancada, el dolor se volvió costumbre. Sólo quería girar sus pensamientos, tornarlos hacia el otro lado, el lado que debía ser. Como si la mental se construyera en semejanza a la fuerza física, entendiendo que el cerebro es un órgano que puede ser entrenado. Entendiendo que el corazón, aunque simplemente fuese la máquina de bombear, también.

A Ana la llena el pasado inventado y el futuro con pocas oportunidades. De todos los vicios, es su preferido. El que más sonrisas le saca. Aunque lamenta que su eje principal sea la falta de realidad. Ana es fantasiosa, pero no tarada. Sabe que lo que hace está mal. Sabe que le podrían cortar las manos por ello. Pero al final nunca le importa. Al final vale más ese viaje con sueños que los callos por caminar descalza y sentir el suelo.
Ana, solo ella, sabe su destino. Y lo acepta, por la simple razón de no tener el valor para cambiarlo. Escupir para arriba, y no tener la fuerza para moverse, siempre trae el mismo resultado.
Ana finalmente pide que le corten la cabeza, es la mejor solución. El andar del cuerpo será más liviano y los pies no tendrán callos por la falta de sobrepeso. Pero antes de arrodillarse, sonríe una vez más. Ana está pensando en su pasado imaginario, el futuro con pocas oportunidades ya dejó de ser una opción.

jueves, 23 de febrero de 2012

El Flaco


No recuerdo la primera vez que escuché “Muchacha ojos de papel”, pero sí esas vacaciones en Gessell, las primeras sola, los que me hacían sentirme “grande”, conviviendo con cinco o seis amigas en un departamento de tres ambientes.

Algunas pedían que por favor eligiéramos otro disco, que dejáramos de escuchar el cd grabado con 11 canciones entre las cuales estaba esa, y que poníamos una y otra vez mientras nos arreglábamos para salir. Teníamos 15 y 16. Recuerdo un silencio sepulcral, primero, y un coro desafinado que intentaba entonar “no llores más muchacha, corazón de tiza”. Lo otro que se me aparece segundo en la memoria, salteándose unos cuantos escalones en la cronología de mí vida, es que uno de esos amores cortos, pero lindos, de los que quedan como un guiño feliz en el alma, me regaló Cantata de puentes amarillos. Me la pasó por msn, y cuando la escuché literalmente me crujió el corazón. Y por último, volviendo caprichosamente atrás en el tiempo, aparece en mi memoria el campamento de sexto grado, cinco amigas y yo, rodeando los parlantes del discman, para aprendernos de memoria las canciones de Almendra y Sui Generis. Fue en uno de esos días que aprendí que la voz del Flaco era demasiado profunda para algunos momentos, que no iba con todos, que debía guardarse para esos, para los especiales. 

Ya de grande, Spinetta se sumó a la cruzada de uno de los momentos más difíciles de mi vida. Cada vez que lo vi en un recital, en una foto o una entrevista con la remera de Conduciendo a Conciencia, recordando que el alcohol, la imprudencia y el volante no se mezclan, que con eso no se jode, se me personificaba una cuota de irrealidad en el presente. Eran dos cosas difíciles de mezclar, su voz y eso que tanto me marcó, y sin embargo ahí estaba el Flaco, recordándonos que todos podemos ser, que a todos nos puede pasar, y no con el oportunismo que genera una tragedia en el presente, sino manteniendo su apoyo en el tiempo. El si se dejo la camiseta siempre puesta. 

Alguna vez a mi viejo le sorprendió, le pareció simpático y hasta extraño, que disfrutara tanto la música de su juventud. Estoy segura que pensó que era una etapa más, una moda más. Y sin embargo esa música nunca me abandonó. Hoy mi columna es otra más de las miles que surgieron en los medios y que buscan homenajear a alguien que con su arte acompañó a muchos. Cuando una persona así se va (como leí en algún lugar, las palabras no son mías) uno siente que pierde a un familiar. Spinetta logró cercanía con su música. Estar en los momentos más íntimos de miles, por no decir millones. Es como cuando uno recuerda algo por un olor o una sensación. El Flaco es ese olor y esa sensación. 

Y aunque ya no pueda crear más música, desde donde esté, nos dejó de sobra. Sus canciones son de esas que no se gastan, que no se rayan, y que sirven de por vida, para acompañarnos tanto en la memoria como en la calle, cuando uno camina ensordecido por los auriculares, o en la intimidad del presente. Por eso, la mejor forma de agradecerle, por su sinceridad, su brutalidad y por saber combinar tan bien una letra con otra, una palabra tras otra, es seguir escuchándolo y dejándolo seguir acompañándonos en todos los momentos que vendrán.

lunes, 23 de enero de 2012

Muñeca atemporal



Hace algunos años, exactamente en enero de 2006, dejé de usar reloj. Las circunstancias son obviables, pero hacen de la historia algo más que un cuento.

El lugar era Brasil. A mi pesar, fui la única de nueve personas que decidí llevar reloj al viaje. Los celulares estaban desactivados, y salvo interpretar la posición del sol, era la única fuente de información.

Las nueve, yo incluida, teníamos la necesidad de saber a cada rato en qué momento del día nos encontrábamos. Si era la hora de comer, de la siesta, de sortear quién se bañaba primero o simplemente si el horario que imaginábamos se asemejaba o acercaba al que marcaban las agujas.

Al tercer de 24 días, me cansé. Mi mochila se llenaba de arena cada vez que la averiguación se llevaba a cabo en la playa. Mi lectura se veía interrumpida unas cinco, quizás seis veces, mientras esperaba paciente mi turno para el baño. Y ese día lo dejé. A pesar de los “peros” de mis amigas, mi decisión fue irrevocable.
A la vuelta intenté reincorporarlo a mi muñeca, pero libre de ese peso temporal, había cambiado su anatomía, ya no soportaba la molestia de la maya chocando contra ella o el desagrado del calor mezclado con el roce de la piel quemada.

Hace poco me di cuenta que en mi camino hacia la redacción miraba el reloj una vez por parada. En total tengo 19 estaciones y, por lo menos, promediando y sumando las diferentes caminatas, 20 minutos a pie. Eran muchas consultas al celular, hasta que me autoconvencí de que sin importar las veces que mirara el reloj, el tiempo no iba a pasar más rápido.

Los ambientes, las circunstancias, te llevan a apresurar el ritmo de la vida misma. La ansiedad se ve en la aceleración del paso, en la molestia del ritmo. Hasta los latidos se tranquilizan cuando uno decide no pensar, ni mirar, el tiempo.

Se llega cuando se llega y se tarda en ir lo que se tarda en pensar el camino. No importa cuantos segundos conforman una cuadra o si el tren tardó dos minutos más de lo pautado en su cronograma. Cuando el tiempo se precipita, cuando urgen las ganas de alivianar el peso para llegar antes, hay que dejar de mirar el reloj. Pensar que las ganas no se condicionan con la duración, salvo que el tiempo se mida en historias recordadas, es saber que no hay prisa sin apuro.

(Publicado el 15 de enero en la contratapa del Diario La Unión)