
Lo terrible de “enamorarse” cada medio segundo es que después no hay esquina, plaza, bar o quiosco que no te recuerde alguna historia fugaz. Caminar por la ciudad se hace difícil cuando la obsesión pasa por lo que parece llamarse amor. Ese libro que leías mientras tal, la palabra que cada vez que usas te hace acordar a cual. La violencia de los labios de aquel, el dolor de espalda por aguantar el propio peso a upa de tal. De ellos la misma canción, de tal cual el nombre para mis hijos, del otro el quizás, de ese, la espera. De dos, ese miedo a que no pasara, del tercero que el amor a distancia no sirve, aunque viva en la otra cuadra. De todos, otra vez las canciones y la nueva estrategia de asignarles melodías con letras baratas, para después no sufrir porque simplemente no las escuchás más. De los cuatro primeros el duelo eterno. De los cuatro últimos, el duelo de medio día. De ese su mal aliento, de muchos su prejuicios, de algunos sus condicionantes. Es difícil “enamorarse” cada medio segundo, transitar por la ciudad se termina haciendo, cuadra a cuadra, más duro, hasta llegar a cubrir todo el mapa, cortesía del subte, a la salida de otra cita frustrada.