domingo, 30 de agosto de 2009

Siete


Ella siempre fue como una margarita. Que si la querían, que si no la querían. Que blanco, que negro. Que rosa, que celeste. La vida siempre le supo a dúos, “como las sombras de los ojos” solía decir, entre una media sonrisa estúpida y una risita nerviosa, cuando le preguntaban por su bipolaridad doméstica. Las cosas se le hacían más fáciles cuando venían en números pares, eran divisibles, y su neurosis obsesiva parecía dormirse ante las mitades equilibradas. Dividía las palabras por sus letras y si acaso una osaba a sobrar la usaba de pared para separar sus dos mitades. La risa y el llanto también venían de a dos. Con la misma intensidad pero en ángulos opuestos. Era casi imposible que ambos se juntaran, pero cuando ocurría, lo impar reinaba el caos y las sensaciones parecían querer escaparse junto a los mocos por su nariz finita y tierna. Las manos se sacudían junto a sus piernas. Las pupilas se le dilataban como aquella vez que pasó por un jardín de floripondio y el hipo venía en un tres por uno. Hacía falta una intervención. En esos momentos, solo un abrazo fuerte y el ruido de una mente en blanco podían calmarla. Tres palmadas y a la cama. Dos cucharadas con la misma cantidad de miel y contar cuatro veces las quebraduras del techo. Un gran suspiro y jugar a no encontrarse. Eso era todo. Las ovejas saltaban de a dos mientras ella se perdía en su sonrisa de dientes bruxados. Ese rechinar era lo que finalmente la llevaba al sueño más profundo. Donde, felizmente, todo terminaba en siete.

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